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Una rata palermitana

Una rata palermitana

Al llegar a una ciudad cualquiera se debe evitar el trazo grueso del observador de taxi. Es uno de tantos consejos que te deslizaba David Gistau y tú aprehendías como palabra de Dios. Decía el profeta de lo nuestro que hay que pisar las calles, deambular por ellas, mirar a sus balcones, atender al paso lento o apresurado de los aborígenes y sí, abrir las orejas porque una ciudad lo es por sus aceras tanto como por sus sonidos, quedos, estridentes, armónicos, chirriantes.

"Supongo que el carné siciliano no está homologado con ninguno más del orbe, quizá el de El Cairo"

Palermo es bella, una señorona con mala vejez pero que conserva intacto su atractivo. La que tuvo, retuvo para sonreír al visitante, agitarlo en un caos que no espera a que te aclimates. Palermo se pasea con miedo no a sus gentes, afables, educadas, sino a sus pasos de cebra, sus adoquines levantados, las aceras tan estrechas que obligan a lanzarse a la calzada con pulsión casi suicida y el palermitano ya dirá. Que Santa Rosalía te proteja en la pasagiatta y mucho, muchísimo más, si en un acto de inconsciencia, o de heroísmo, decides alquilar un coche para recorrer una isla de historia emboscada a cada quiebro del camino. Supongo que el carné siciliano no está homologado con ninguno más del orbe, quizá el de El Cairo. El intermitente es solo un adorno, manda el berrido de la bici, la moto, el auto, todos componen la sinfonía desafinada de una ciudad que no duerme, que se arroja a esas calles mugrientas para echarle un pulso a la vida.

"Podría ser de otra forma pero entonces no sería Palermo. Imposible imaginar una rata muerta en una vía de Madrid"
Y la vida o es sucia o es un decorado. La postal que llevo en la retina es la de una urbe arrabalera, desordenada, chillona, histérica, que concibo hostil para el jubilado, el ciego, el inválido y seguro, lo he comprobado, el esclerótico que soy. Podría ser de otra forma pero entonces no sería Palermo. Imposible imaginar una rata muerta en una vía de Madrid. Imposible al menos que esa rata, tirada junto al semáforo, siga allí al cuarto día de estancia en la capital siciliana. La basura, una rata despanzurrada lo es, se recoge cuando se puede, se quiere, nunca cuando se debe. Un cuando brota que explica también esa forma de ser tan de allí. Quizá está todo estudiado, porque una perla es siempre más hermosa flotando sobre una ciénaga. Puro contraste. Palermo está llena de joyas hermosísimas que aun desconchadas, ennegrecidas por el humo de miles de coches, salpican la ciudad como un rimero bellísimo, las cuentas de un collar roto que desperdiga fulgores allá donde todo parece hollín.
Merece la pena sumergirse en Palermo. Te abraza, te irrita , te remueve, te asusta, te agita, te mece, celebra al fin la anarquía de la vida. ¿Vivir no era eso?
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Josey Wales
Josey Wales
1 año hace

La Revolución francesa nunca llegó a Sicilia, ni siquiera cuando Garibaldi creyó apoderarse de ella. El espíritu del Príncipe de Salina siempre reirá a carcajada limpia cuando llegue el guiri, mostrando indecentemente sus pantorrillas, más indecentes aún, y se queje de la barbarie de tender en el exterior y de no respetar los semáforos. Para mí, Sicilia es lo más parecido a la vieja España que echo de menos. Sucia y magnífica, andrajosa y fuerte, ceremoniosa y anárquica, de corazón ancho para el bien y para el mal.