Como si de un cuadro de Edward Hopper se tratara, una ventana sostiene el umbral entre dos mundos aislándolos: dentro y fuera. Queda enmarcada la vida para quien desde dentro, desde la habitación de un hospital en un tiempo anestesiado, cercano a esa epojé escéptica, observa el ininterrumpido devenir de fuera. Una mano al otro lado de la ventana (Sonámbulos Ediciones, 2025) es la primera “novela” del poeta Jorge Pérez Cebrián, quien tras los poemarios La voz sobre las aguas (2019), La lumbre del barquero (2021), De cuánta noche cabe en un espejo (2022, premio Arcipreste de Hita) y Pero nunca los huesos de las aves (2024, premio RNE de Poesía Joven Montemadrid), registra con este texto híbrido una experiencia autobiográfica.
Porque quizá sea éste uno de los hipocentros de Una mano al otro lado de la ventana y del origen de la depresión e ingreso: la pérdida de identidad y pertenencia que siente. El desarraigo se encarna en la necesidad de tener un nombre, que le proporcione una identidad en la que reconocerse; no obstante, ese nombre nunca se pronuncia:
“Quería decirle a ella cuál es mi nombre. Mi nombre seco, asonante, arrítmico. Pero ella viene del mundo de los vivos y trae la luz entre los pasos mientras mis manos vacías encharcan su mirada”.
Y junto al nombre, su integración en el grupo. Los códigos internos, protocolos, medicación, el pijama… Todo ello, contrariamente a desposeerle de su naturaleza, le hermana:
“Allí nada me hacía vulnerable. Todos se presentaban, me daban la mano y me hablaban con una familiaridad, con una intimidad, con una fraternidad que nunca había encontrado en otra parte. Y yo era igual de familiar, de camarada, y por primera vez en mucho tiempo no sentía miedo. (…) pero sólo allí sentía esa pertenencia. Y creo que la palabra era esa. Una asumida pertenencia. Una complicidad humana. En ese salón angosto y con humedades estábamos al mismo nivel: sencillamente al otro lado.”
De este modo, lejos de deshumanizarse en la mímesis, en la igualación se encuentra. Y esta es la razón, sin duda, de que sea a través de los otros pacientes —Gema, Pilar, Natalia, Javier, Joaquín, Robert, Héctor…—, en cuyas voces están los poemas, se desbasten las esquinas de quién creía ser para encontrar quién es:
“Y todo esto que has sido, eres.
Es tu victoria.
Has hecho, como en el mármol,
de esta vaga pobreza tu destino.No escondas tu mirada,
que no tiemble tu voz,
y que sea tenaz tu mano.
Observa.El tiempo que descansa entre tus dedos,
las estrellas que fueron por tus ojos.”
En los poemas cede la voz a los otros pacientes, gestos y vivencias, excavando en ese mundo intestinal caótico y doloroso para agrietar su silencio. Los poemas actúan no sólo estilísticamente, sino también orgánicamente como contraste entre la soledad interior de cada paciente y el exterior, ordenado y pulcro, del hospital. Estos, escritos durante el internamiento, se inscriben fielmente al sentido y estilo de su poética honda y compleja, que transubstancia en palabra su percepción de la realidad. Estos compañeros de comidas y televisión conforman un coro involuntario de voces que quiebra el impuesto aislamiento al compartir el pan y galletas, acogerle y bautizarle dentro del “nosotros”, los de dentro frente a los de fuera, los locos y los cuerdos:
“Cuando vemos a otro humano hemos, inmediatamente, de categorizarlo en un nosotros, en un ellos, en un otro, en peligro, en protección, en cualquier intención que desvele su identidad para nosotros.”
De ahí que el libro no hable tanto de Jorge Pérez Cebrián, como de los otros pacientes: son ellos, con sus realidades fragmentadas y sus heridas visibles o mudas, quienes terminan modelando al narrador, devolviéndole una imagen de sí mismo que no es individual, sino coral.
En esa zona franca, mientras resiste a diluirse, la escritura emerge como espacio en el que ser. La libreta, el rotulador y el portaminas —este último apropiado de manera tan indebida como peligrosa— funcionan menos como útiles de escritura que como pequeños tótems, asideros mentales contra la deriva. Escribir no como gesto estético, sino como mapa infinito para no extraviarse de sí mismo, de no olvidar quién se es cuando la identidad corre el riesgo de reducirse a un historial clínico. La supervivencia en la palabra nos arroja a uno de los márgenes de Una mano al otro lado de la ventana, que, no obstante, es, quizá uno de sus mayores logros, su reflexión en torno al lenguaje, donde resuena el Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas. El mundo se codifica en un lenguaje compartido y necesario para lo humano, mientras asienta certidumbres y convicciones, transcribe una seguridad que le permite ceder ante él y sus límites o premisas, porque:
“Como todas las cosas inasibles, el dolor lucha siempre con el lenguaje. Quisiera ser llanto pero ser preciso. Palabra, pero herida. Así buscamos metáforas o doblamos el dolor hasta que tenga forma de discurso. (…) Y así el dolor se falsea. Se hace lengua. Se temporaliza. Porque ¿cómo expresar que nos duele el mundo? ¿cómo decir que el dolor es un marco infecto de la existencia?”
El dolor se hace lengua, aunque no sin resistencia, y tensa sus estructuras: “quiero hacer del llanto una escultura con palabras. Quiero significarme contra el lenguaje”. Jorge Pérez Cebrián no escapa de su condición de poeta, no sólo por los poemas que pueblan el libro, sino por sus reflexiones en torno a la teoría y escritura poética (y la pintura). No pocas de las ideas que tamizan el libro han sido con amplitud desarrolladas en un reciente artículo publicado aquí, “De lo sagrado en la poesía”. La poesía en tanto revelación e intuición, resquicio sagrado que, como escultor de la palabra, extrae y pule para el lector, haciéndonos también partícipes de sus procesos creativos. El mundo aparece en el poema.
Una mano al otro lado de la ventana nos deja episodios tan descarnados como el recuerdo de dos intentos de suicidio anteriores —2015 y 2017— narrados con una honestidad tan cruda como luminosa, la recreación del peso egipcio de su alma o el diálogo con el niño que aún convive en él. No se trata de una “novela” que verse sólo sobre la salud mental, aunque evidentemente es pulsión y causa, ni tiene la pretensión de exorcizar la precariedad de los recursos destinados en el sistema sanitario para paliar el auge de las enfermedades mentales, ni convocar en el suicidio o su idealización un lamento. Ni confesión ni catarsis, huyendo del desasosiego y la angustia que arrastraron a su autor a ese pabellón de salud mental, este libro es una constatación lúcida y dolida de aquellos días en los que el mundo quedó reducido a un interior blanco y un exterior distante. Y lo hace de una manera absolutamente bella.
La escritura de Jorge Pérez Cebrián no busca explicarse, sino prolongarse, y encuentra en la prosa poética, rítmica y de imágenes angulosas, así como en una hibridación de géneros, la manera de reflejar la complejidad de lo vivido. Alberga este libro la sencillez de un testimonio humano, tierno —en especial al referirse a sus padres o a Olga— de quien asume que nada queda salvo sí mismo. Y debe salvarlo. Esta es la condena de la libertad de Jean-Paul Sartre: asumir que fuera de la ventana la vida discurre y cuya brújula en ella no es sino uno mismo. La salida del hospital no es una redención, sino una exposición renovada a la intemperie de existir cada día, porque escoger vivir no es una cobardía.
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Autor: Jorge Pérez Cebrián. Título: Una mano al otro lado de la ventana. Editorial: Sonámbulos. Venta: Todos tus libros.


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