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Vallisoletanías: La sombra de Peláez es alargada

Vallisoletanías: La sombra de Peláez es alargada

Cuando uno está educado en los viajes a larga distancia, las ciudades del entorno se desdibujan en una suerte de paisaje acostumbrado. La viajera empedernida que fui y sigo siendo, a fuerza de horas de vuelo, millas de melancolía y ciudades extrañas, se terminó desacostumbrado a mirar lo cercano, buscando (y casi siempre encontrando) la belleza, los amores y las miradas nuevas en lo desconocido. Nunca le pareció que aquella frase de Durrell “una ciudad es un mundo cuando se ama a uno solo de sus habitantes”, fuese más que eso mismo: una frase, una ocurrencia literaria. Así que, durante los primeros años de la juventud, aquella viajera se dedicó a trazar un itinerario caprichoso por la geografía amplia de su propia aventura. Como un Corto Maltés cualquiera, aquella jovencita, incómoda con el destino ya trazado en la palma de la mano, se dibujó el suyo propio con el filo de un cuchillo. Lo que no podía entender entonces es que su mochila pesada de libros tenía un sentido de huida complaciente y que éste siempre está incompleto si uno no regresa con curiosidad y distancia, al lugar del que partió. Y poco a poco, a medida que fue ampliando su mundo y su biblioteca, fue también comprendiendo a los aventureros que construyeron literatura a partir del paisaje propio, enriqueciendo lo local con una mirada universal. Eso es exactamente lo que ha logrado construir el periodista José F. Peláez en Vallisoletanías (Difácil, 2024), un libro que recoge los textos que este escritor fue publicando en forma de columnas o “fascículos”, a modo de carta fragmentada de amor a su ciudad. En sus textos, el costumbrismo de los días se transforma en el paseo de un escritor que mira pensando un paisaje, amasando las palabras como un artesano que madruga las mañanas sabiendo que la masa, fermentada durante años de vivencias, está lista para alimentar su propia imaginación.

"Peláez no es, desde luego, ese castellano peripatético que arrastra melancolía por las calles"

Los textos de Vallisoletanías, en realidad, no hablan de Valladolid, su ciudad natal (también la de Delibes, la de Julián Marías y la de Francisco Umbral, por rendir pleitesía a la santa tríada pucelana del siglo XX), sino que refieren lo trascendente del hombre solo: el ensayo de la propia voz. Un soliloquio machadiano de aquel que habla solo porque espera hablar a Dios un día. Pero Peláez no es, desde luego, ese castellano peripatético que arrastra melancolía por las calles, todo lo contrario: tiene la palabra punzante del periodista de opinión, entrenado en el arte efímero de contar cada día lo que ocurre en el mundo, y así vuelca toda su capacidad de atracción, todo el dinamismo hermoso y apresurado de su  forma de escribir diaria en estas páginas tranquilas, de manera que el lector siente que está paseando de la mano con la hija por el Campo Grande, sentándose en el Café Teatro, tomándose una copa en un bar, entrando en una iglesia, o mirando la luz cambiante del cielo helado de Valladolid (un frío que al periodista, lejos de amedrentarlo, le anima a salir a la calle, orgulloso de no tener que sufrir los climas de calor meridional que son como “dictaduras tropicales”). Y uno va leyendo estas Vallisoletanías y, sin querer, entrando en el hueco cálido de una mano que te lleva a pasear por los sabores de la infancia, la Semana Santa, la felicidad de la llegada en tren o en coche, los conciertos de música en directo, los olores perdidos recobrados en el atlas de la memoria, pero sobre todo, la cadena irrompible que es tener la certeza de pertenencia a un lugar. Una pertenencia que se hunde en la raíz más antigua del primer ciprés de tierra de Campos y termina en una niña, la hija del periodista que es, en realidad, la protagonista, la depositaria de estos paseos de la memoria.

"Leyendo Vallisoletanías esta viajera a veces sintió la punzada de no haber sido nunca aquella niña a la que su padre mostró con literatura y constancia la ciudad de su infancia"

Leyendo Vallisoletanías esta viajera a veces sintió la punzada de no haber sido nunca aquella niña a la que su padre mostró con literatura y constancia la ciudad de su infancia, preguntándose si tal vez esta orfandad ignorada hasta ahora no la llevó a viajar por el mundo sin parar, para construir ella sola un mundo más grande que pudiese regalar un día a su hijo. Finalmente, una vez cerrado el libro de Valllisoletanías, acabada la última página (“ahí está todo, hija”) uno se pregunta si en esta generación que formamos unos cuantos periodistas y escritores que le damos a la tecla y cobramos por ello, ciudadanos de estos felices años 20 del siglo XXI en los que somos todos un poco huérfanos, Telémacos de la escritura, el único que se salva de esta búsqueda incesante del padre en los libros, las ciudades y los textos propios no sea José F. Peláez, que nunca buscó a su progenitor, sino que encontró en su hija la manera de construirse una alargada, literaria, sombra del ciprés.

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Autor: José F. Peláez. Título: Vallisoletanías. Editorial: Difácil. Venta: Todostuslibros.

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