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Vázquez-Figueroa, contador de historias

Hay personas a las que parece que les cunde el tiempo mucho más que al resto. Personas que parece que viven mil vidas en una, y además, algunos, escritores, creadores de mil vidas, muchas vidas en cada libro. Alberto Vázquez-Figueroa calculo que ya ha publicado 103 libros, según las cifras que da él recientemente. Tiene 83 años, si no llevo mal la cuenta, y sigue publicando libros sin cesar. Esta mañana le he llamado para preguntarle por los últimos y me dice que estos días presenta Año de fuegos, de la editorial Kolima, y que está terminando uno nuevo, El guardián del Amazonas.

Sus lectores saben, sabemos, que son libros muy divertidos, libros que se mueven en escenarios internacionales o exóticos, libros que siempre tienen un fondo de sabiduría —que es la de Alberto, por supuesto—, pero sin apabullar, sin inundar el relato, la historia, que es lo importante.

Vázquez-Figueroa fue primero, muy joven, profesor de submarinismo. Llegó a navegar con el comandante Cousteau; siempre recuerda de él la siguiente frase: “Para resolver un problema siempre hay que buscar la solución más sencilla”. De hecho, nuestro escritor le hizo caso desde luego a la hora de escribir, porque lo hace de forma fácil, sencilla, rápida… con lo que entra perfectamente en la mente del lector, le mete en la historia y le hace imaginar. Francisco Umbral siempre decía que lo que estaba escrito con facilidad el lector lo leía con facilidad.

"El que hoy es un avezadísimo novelista, escritor profesional, al principio era autor de libros de viajes y cuando su hermano le propuso escribir una novela él se negó, porque pensaba que no tenía imaginación"

Estudió Periodismo en Madrid, cuando la carrera constaba de tres cursos. Hizo un viaje a África para hacer fotos y las llevó a la revista Destino, que se las publicó en primera página. Se ganó la vida durante muchos años como enviado especial y reportero de guerra, cubriendo buena parte de los conflictos de la época, especialmente en África y en América del Sur. Vivió en Venezuela y en Estados Unidos.

El que hoy es un avezadísimo novelista, escritor profesional, al principio era autor de libros de viajes, y cuando su hermano le propuso escribir una novela él se negó, porque pensaba que no tenía imaginación. Así, Manaos al principio fue una grabación magnetofónica, debido a la inseguridad del autor para escribirla. Vázquez-Figueroa grabó el relato y luego su mujer lo pasó a máquina.

Y es que ese dicho castellano de que “quien hace un cesto hace un ciento” es muy cierto, y muy aplicable a algunos escritores españoles como el mismo Vázquez-Figueroa, o a José Luis Olaizola, que presenta próximamente El robo del sumario (Imágica Ediciones) en Madrid. En el caso de Olaizola no son cien novelas, o libros, pero no está muy lejos de esa cifra.

Entre la innumerable obra de Vázquez-Figueroa mis favoritos son: Ícaro, Tuareg, Cienfuegos, Anaconda, El perro, El rey leproso, Coltán, Marea negra, Saúd, El agua prometida, y algunos otros, porque resulta difícil elegir entre tanto título, además tan entretenidos, libros que suelen nacer pegados a la actualidad —“Mis novelas son muy periodísticas”, me dijo en una ocasión Vázquez-Figueroa—, pero que luego pasa el tiempo, y lo que surgió de los periódicos, prácticamente, o de experiencias directamente vividas u observadas por el autor, luego queda como algo perenne.

"La aventura de sus novelas responde a su propia vida, a las peripecias en las que se ha visto inmerso, a lo que ha visto o protagonizado"

Tengo los libros de Vázquez-Figueroa en un largo estante, y lo ocupan entero. Mirarlos es releerlos. Para escribir este artículo los he revisado un poco, disfrutando de sus portadas, abriéndolos y cerrándolos, hojeándolos. Sí, revisarlos es revivirlos, y fueron tiempos muy felices los que empleé leyéndolos.

Estos libros —no sólo las novelas, porque sus viajes y memorias son también muy entretenidos— son de por sí un paseo por el mundo, por buena parte del mundo, de la mano del que lo ha visitado, vivido, conocido, y además pensado y reflexionado. Alberto tiene el afán de colaborar en la construcción de un mundo mejor, y de ahí algunas de sus obras, como precisamente Un mundo mejor. La aventura de sus novelas responde a su propia vida, a las peripecias en las que se ha visto inmerso, a lo que ha visto o protagonizado, o por lo que se ha interesado.

Él dice que no es “un escritor” sino “un contador de historias”. Es un privilegio para España y la literatura española, en mi opinión, tener un autor así. De hecho algunas veces pienso que llamar “escritor” a Vázquez-Figueroa es reducirlo, porque él también es inventor y tantísimas cosas como he escrito en este artículo, y otras que no han cabido.

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