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Ven donde reina la calma, de Vanessa Vu y Ahmad Katlesh

Ven donde reina la calma, de Vanessa Vu y Ahmad Katlesh

Este libro comenzó como una correspondencia íntima entre la periodista alemana de origen vietnamita Vanessa Vu y el escritor sirio Ahmad Katlesh, pero ha acabado convertido en un diálogo literario sobre el desarraigo, la construcción de puentes y la fuerza del amor frente al odio.

En Zenda reproducimos un fragmento de Ven donde reina la calma: Una indagación (Nota al Margen), de Vanessa Vu y Ahmad Katlesh.

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Querido Ahmad:

Te escribo desde mi antiguo cuarto de infancia, en el que hace más de diez años que se ha detenido el tiempo. En todas las visitas quiero hacer limpieza: tirar cosas inútiles, eliminar reliquias molestas de mi antiguo Yo, hilar tan solo unos pocos recuerdos. De algún modo, he sido siempre demasiado perezosa, y hoy me alegro en secreto de haber engañado a la vida, en este lugar apartado, con una lógica irrevocable: que todo tiene que seguir adelante, sea como fuere. Pero aquí nada ha seguido adelante. Cada año me asombra más la vida que he dejado atrás. Los detalles que he olvidado hace mucho.

Ahora mismo, tan solo te echo de menos. Aunque hemos pasado muy pocos días juntos, estar tan lejos de ti tiene algo de frío, de antinatural. Mis padres han abierto todos los radiadores de la casa, probablemente es su forma de acoger en sus brazos a sus hijos adultos. Por regla general, nos pasamos la mayor parte del tiempo en el salón, a algunos centímetros de distancia unos de otros, cada uno con una pantalla, cada uno con una taza de manzanilla o infusión. Este año mi madre sirvió té de crisantemo y, por eso, hubo nuevo tema de conversación.

Pero ahora todos se han retirado a sus habitaciones, y a la general soledad se ha unido un vacío en el que ni siquiera un radiador muy caliente puede cambiar nada. Es casi como antes, cuando solía sentarme sola al escritorio y me salvaba escribiendo y huyendo a otros mundos. En algún momento llegó Internet, y encontré desconocidos que me contestaban. ¿Sabes por dónde solía moverme más? Mi lugar favorito era la columna de comentarios de las grandes páginas de noticias, allí discutí un día, oculta tras un avatar, sobre política nacional y mundial, y puse a prueba argumentos abstrusos, por puro gusto por el intercambio de golpes. También escribía blogs y chateaba con desconocidos hasta que me pedían una cita o una llamada telefónica. Nunca las aceptaba.

No es que tuviera nada que ocultar. No inventaba nuevos personajes o biografías, era más bien una variante incorpórea y muda de mí misma, e insistía en serlo. Solo quería estar hecha de palabras tecleadas, de ideas, opiniones, conocimientos, y salir con ellas al paso de otras ideas, opiniones y conocimientos. El mundo material, en el que me veía presa —y eso incluía, desde que tengo capacidad de pensar, mi cuerpo—, me repugnaba. De niña, por ejemplo, habría preferido ser un chico. Los otros niños se reían ante mi declaración de que era como ellos, pero me aceptaban en sus bandas, y podía esgrimir palos y correr con ellos por el bosque. ¡No podía gritar como ellos y era la más bajita, pero servía para guardar secretos o transmitir mensajes! Por desgracia, el resto del tiempo tenía que ser una chica, y me entristecía no tener por lo menos la piel clara, o ser rubia, o tener la carita redondeada, o ser encantadora de cualquier otra forma. En el desván, entre viejos cuadernos escolares y blocs de notas, aún quedan viejos dibujos en los que me pintaba blanca como la nieve, con el pelo rizado y grandes ojos redondos, azules y radiantes. Fue probablemente el primer otro Yo que inventé, los siguientes los fui desarrollando palabra a palabra con mi teclado.

Uno de los desconocidos con los que chateaba era el hijo de un reverendo. Sus padres eran misioneros en Papúa Nueva Guinea. Durante semanas, hice que me hablara de la vida en una isla al otro extremo del mundo, y de lo que hacen hoy en día los misioneros… hasta que me escribió que sentía algo por mí. Por miedo a herirlo, respondí de manera ambigua y acepté enviarle fotos, torpes selfis hechos en diagonal con una cámara digital. Pero cada vez sentía más asco de mí misma y de sus «qué preciosa», así que le escribí que no lo amaba. Él se quedó sorprendido y yo, avergonzada.

Otro amigo con el que chateaba era un punki del pueblo de al lado. Tocaba la guitarra, y me gustaba que me recomendara música, Sum 41, Death Cabfor Cutie, Kettcar, esas cosas. Pero él maldecía cada vez más a los neonazis y decía que, si me molestaban, les daría una paliza. Me veía obligada a decepcionarlo una y otra vez. Desde luego que conocía a neonazis (donde yo he crecido no hacía falta buscarlos), pero los mantenía a distancia, como todo el mundo, e incluso si no lo hubiera logrado, lo último que quería era a alguien que se subiera por mi causa a un tren y armara una pelea.

Mi mejor amigo digital era un chico del curso superior al mío, seguimos siendo muy amigos. Era el único extranjero que había en el instituto aparte de mí, su familia había llegado de Bulgaria hacía pocos años. Yo quería relacionarme con él a toda costa, pero no sabía cómo, porque era uno de esos chicos guais que tenían mejor aspecto que el resto, llevaban ropa de marca, sacaban mejores notas, organizaban fiestas y estaban metidos en todo. A mí aquello me intimidaba, así que le escribí con un seudónimo y, sorprendentemente, nos convertimos el uno para el otro en algo así como un diario que respondía. ¿Quizá porque en el chat yo no escuchaba su fuerte acento y él no me veía? Envueltos en esa seguridad, nos escribíamos todas las noches hasta cansarnos.

[…]

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Autores: Vanessa Vu y Ahmad Katlesh. Título: Ven donde reina la calma: Una indagación. Traducción: Carlos Fortea. Editorial: Nota al Margen. Venta: Todos tus libros.

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