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La edad de oro, de Wang Xiaobo

La edad de oro, de Wang Xiaobo

Durante los primeros años de la Revolución Cultural, el protagonista Wang Er es destinado a una brigada de Trabajo en la fronteriza provincia de Yunnan. Allí conoce a la joven médico Chen Qingyang, con la que inicia una relación adúltera que les lleva a huir a las montañas durante varios meses. Tras volver a la brigada, son obligados a escribir una interminable confesión y a participar en sesiones de acusación pública en las que son humillados repetidamente. Cuando todo termina, ambos son enviados de vuelta a sus lugares de origen y no se vuelven a ver hasta veinte años más tarde, cuando se encuentran por casualidad en un parque de Pekín. Esa noche, en una habitación de hotel, recuerdan viejos tiempos e intentan dilucidar y dar conclusión a su particular historia de amor.

Zenda adelanta las primeras páginas de La edad de oro, de Wang Xiaobo, editado por Galaxia Gutenberg.

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Cumplí veintiún años estando en Yunnan, donde había sido enviado a una brigada de trabajo. Chen Qingyang tenía veintitrés años. Era la médico de la brigada quince situada en la parte alta de la colina, yo estaba en la catorce colina abajo, y un día bajó para discutir conmigo lo de si era o no una golfa.

En aquel momento no la conocía mucho, pero digamos que sabía algo. «Para ser una golfa hay que acostarse con los hombres de otras y yo no me he acostado con nadie desde que mi marido entró en la cárcel hace ya más de un año; y antes tampoco. Por eso, no entiendo por qué todos me llaman golfa», explicó. Habría sido fácil consolarla aplicando simplemente la lógica: si había robado el hombre de otra, ¿dónde estaba dicho hombre? Sin pruebas, el argumento se caía por su propio peso. Sin embargo, no fue eso lo que dije; al contrario, afirmé que sin duda era una golfa.

Chen Qingyang vino a buscarme un rato después de haber estado en su enfermería. Todo porque el jefe de la brigada me había puesto a plantar arroz en vez de mandarme a arar los campos y me pasaba la mayor parte del tiempo agachado. Los que me conocen saben que tengo mal la espalda –además, mido más de 1,90 metros–, por lo que al cabo de un mes no podía soportar el dolor y casi todos los días tenían que pincharme calmantes para poder dormir. En nuestra enfermería todas las agujas estaban descascarilladas y dobladas, y cada vez que me pinchaban me arrancaban trozos de piel; tenía las lumbares como si me hubieran disparado con una escopeta de perdigones y las heridas no terminaban nunca de curarse. Entonces recordé que la médico de la brigada quince había estudiado en Pekín y pensé que seguramente sabría distinguir el ganchillo de las agujas hipodérmicas. Decidí probar suerte. Sin embargo, no había pasado ni media hora desde que había vuelto de su enfermería, cuando Chen Qingyang se presentó en mi habitación para demostrar que no era una golfa.

No despreciaba en absoluto a las golfas, más bien al contrario: «Tienen buen corazón, ayudan a los demás y tratan siempre de no decepcionar», decía. En cierto sentido, incluso las admiraba. Pero la cuestión no era si las golfas eran buenas o no, sino que ella para nada lo era. Igual que si alguien llama perro a un gato a este no debe hacerle ninguna gracia, le sacaba de quicio que todos la llamaran golfa, hasta el punto de que ya no sabía ni quién era.

Vino a mi cabaña vestida igual que en la enfermería, con una simple bata blanca de la que sobresalían sus cuatro extremidades desnudas, si bien ahora calzaba unas sandalias y se había recogido el pelo con un pañuelo. Intenté imaginar qué llevaba debajo. ¿Llevaría algo? Esto demuestra que Chen Qingyang era muy guapa y no se preocupaba en absoluto de si llevaba o no ropa debajo de la bata. Dije que, en efecto, era un golfa, y le di varias razones: «La palabra golfa es una denominación. Si todos dicen que eres una golfa, entonces lo eres y no hay nada que se pueda argumentar. Igualmente, si todos dicen que has robado los hombres de otras, es que lo has hecho y tampoco se puede objetar nada. Respecto a por qué todos dicen que eres una golfa, en mi opinión es porque la gente en general piensa que si una mujer casada no se acuesta con los hombres de otras, entonces debe de tener la piel oscura y las tetas caídas. Tú no tienes la piel oscura, sino blanca, y tus tetas no están caídas, sino todo lo contrario, por lo que necesariamente tienes que ser una golfa. Y si no quieres serlo, sólo tienes que conseguir tener la piel oscura y las tetas caídas y ya nadie dirá nada. Como imagino que no estás dispuesta a realizar semejante sacrificio personal, lo único que puedes hacer es acostarte con los hombres de otras. De esta forma, te puedes considerar golfa y los demás ya no tienen que preocuparse de saber si vas por ahí robando maridos para decidir cómo han de llamarte; al contrario, tienes la obligación de recordarles que ya no tienen derecho a decirte golfa». Tras escucharme, se puso roja de rabia y parecía a punto de darme una de sus famosas bofetadas. Sin embargo, al momento pareció desinflarse. «Está bien. Si quieren golfa, pues golfa. Pero lo de la piel oscura y las tetas caídas no es asunto tuyo. Y si le sigues dando muchas vueltas es muy posible que te acabes llevando una bofetada».

Todavía recuerdo la escena de aquella conversación, hace ya más de veinte años. Tenía el pelo enmarañado, la cara reseca y amarillenta, los labios cortados con restos pegados de tabaco, y vestía mi viejo uniforme militar lleno de agujeros remendados con trozos de esparadrapo. Sentado de piernas cruzadas sobre el camastro de madera tenía toda la pinta de un canalla. Te puedes imaginar las ganas que le entraron a Chen Qingyang de soltarme una bofetada tras oírme hablar de sus tetas. Estaba un poco neurótica, pero en realidad era porque todos acudían a su enfermería sin estar enfermos; no iban a ver a la doctora, sino a la golfa. Yo era la excepción. Tenía las lumbares como si Zhu Bajie me hubiera pegado dos coces. Aunque me hubiera inventado los dolores, los agujeros de mi espalda eran motivo suficiente para justificar mi visita. De hecho, fueron aquellos agujeros los que hicieron concebir a Chen Qingyang la esperanza de que quizás a mí podría demostrarme que no era una golfa. Que una persona lo reconociese no era igual que nadie lo hiciese. Sin embargo, terminé decepcionándola.

En realidad, no era tan fácil demostrarlo y sólo podía demostrar lo que no necesita ser demostrado. En primavera, un día el jefe de la brigada vino a verme diciendo que yo había dejado ciega del ojo izquierdo a su perra y que ahora cuando miraba giraba excesivamente la cabeza igual que una bailarina de ballet. A partir de ese momento, empezó a buscarme problemas. Tras pensar en ello detenidamente, llegué a la conclusión de que si quería demostrar mi inocencia debía ser cierta alguna de las siguientes afirmaciones:

1. Mi jefe no tenía una perra.

2. A la perra le faltaba el ojo izquierdo de nacimiento.

3. Yo no tenía brazos y por lo tanto no tenía forma de coger un arma ni disparar.

Ninguna de las tres se sostenía en pie. Efectivamente, el jefe de la brigada tenía un perro hembra de color marrón cuyo ojo izquierdo había resultado fatalmente dañado tras ser golpeado con un objeto contundente, por supuesto, después de haber nacido; y yo, no sólo tengo capacidad para coger un arma y disparar, sino que además lo hago con gran puntería. No hacía mucho, Luo Xiaosi me había prestado un rifle de aire comprimido con el que maté una rata de al menos un kilo que andaba por el granero disparándole un haba seca de soja verde. Claro que en nuestra brigada había muchos con buena puntería, entre ellos Luo Xiaosi. El rifle era suyo, y es más, cuando dejó ciega a la perra del jefe yo estaba a su lado. Pero no podía delatarle, nos llevábamos muy bien. Además, si el jefe no hubiese tenido sus razones para exculparlo públicamente, no me habría elegido a mí como chivo expiatorio. Por eso no dije nada; y no decir nada es consentir tácitamente. Después, al llegar la primavera me envió a los campos de arroz donde mi figura se recortaba en el paisaje como un poste de luz doblado, y durante la cosecha me mandaba todos los días a pastar los búfalos para evitar que comiera caliente. Por supuesto, no se puede decir que todo aquello no me importara. Un día que estaba en la montaña y justamente llevaba conmigo el rifle de Luo Xiaosi, casualmente pasó por allí la perra del jefe. De un disparo la dejé ciega del ojo derecho. Pensé, ciega del ojo izquierdo y del ojo derecho no va a poder volver corriendo a los brazos de su dueño… Dios sabe dónde acabó la pobre.

En aquella época, aparte de subir a la montaña a pastorear los búfalos, me pasaba el resto del tiempo tirado en mi habitación. Tenía la impresión de que nada tenía que ver conmigo. Entonces, un día Chen Qingyang vino a verme de nuevo diciendo que se había extendido el rumor de que estaba golfeando conmigo y me pidió que lo desmintiera públicamente. Tras reflexionar un instante, respondí que para demostrar que entre nosotros no había nada era suficiente con que fuera cierta alguna de las siguientes proposiciones:

1. Chen Qingyang era virgen.

2. Yo era incapaz sexualmente.

Como ambas eran difíciles de justificar y no había forma de rebatir las acusaciones, expliqué que me inclinaba más por demostrar lo contrario. Tras escucharme, Chen Qingyang se puso lívida y a continuación se ruborizó de pies a cabeza. Después, se levantó sin decir nada y desapareció por la puerta.

Chen Qingyang dijo que desde el principio me había comportado como un canalla. La primera vez que vino a pedirme que demostrara que no era una golfa, yo había puesto cara de póquer y no había dicho más que tonterías. La segunda vez me pidió que demostrara que no había nada entre nosotros, y yo en cambio sugerí muy en serio que debíamos acostarnos. Por eso, había decidido que tarde o temprano iba a darme una bofetada. Si hubiera sabido que tenía esa idea, probablemente no habría ocurrido lo que terminó pasando después.

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Autor: Wang Xiaobo. Traductor: Miguel Sala Montoro. Título: La edad de oroEditorial: Galaxia Gutenberg. VentaAmazon, Fnac y Casa del Libro.

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