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Verde dragón

De todas las leyendas de san Jorge y el dragón, la más popular es la incluida en la Leyenda áurea, compilación de vidas de santos escrita en el siglo XIII por el dominico y arzobispo de Génova Jacopo della Voragine. Las hagiografías que contiene son un conjunto de exempla dirigidos a la cristiandad y destinados a obtener, con su lectura, la perfección moral. Entre ellas se encuentra la de Jorge, soldado judeorromano de la ciudad de Lod, que vivió en el siglo IV y se enfrentó a un dragón que tenía atemorizada a toda la ciudad de Silena, en la provincia de Libia. El dragón vivía en un estanque parecido a un mar en las afueras de la urbe. Su olor era pestilente y con su aliento destruía los muros de la ciudad. Cuando pasaba al interior corrompía el aire de tal manera que morían a miles.

Con el fin de aplacar su ira y salvar a la ciudad, los silenos le entregaban cada día dos ovejas vivas para que las devorase. Mas al poco tiempo no fueron suficientes y el rey hubo de promulgar un edicto según el cual debía entregársele una oveja y un joven o una joven de la ciudad, decidido por sorteo. Cuando todos los jóvenes hubieron muerto engullidos, los silenos conminaron al rey a entregar a su propia hija, la princesa. El rey, entre lágrimas, aceptó.

Como imaginará el lector, justo segundos antes de que se presentara el dragón ante la doncella en apuros, frente al estanque que se parecía a un mar, amaneció un apuesto joven que no era otro que Jorge, quien salvó a la dama y mato al dragón previa promesa de los silenos de convertirse todos al catolicismo y construir una gran iglesia en el lugar.

"Esos dragones que emergían de cuevas subterráneas son una metáfora del coronavirus"

Desde la antigüedad, los dragones han encarnado el mal. San Juan en su “Apocalipsis” describe a Satanás como un gran dragón, rojo llameante, con siete cabezas y diez cuernos. En las leyendas suelen vivir en cuevas subterráneas y representan los poderes maléficos de la tierra. Al pensar en esto último, recuerdo un programa de televisión que vi hace solo unos días sobre el “permafrost”, capa de tierra congelada desde hace millones de años, existente en las zonas árticas desde Siberia hasta Canadá. Por efecto del cambio climático, el permafrost se está derritiendo y convirtiéndose en lodo, que deja a la vista mamuts y otros animales prehistóricos, además de toneladas de materia orgánica portadora de virus y bacterias hasta ahora desconocidos, que han sobrevivido el paso de las épocas y emergen a la superficie por la acción del ser humano. Lo anterior ha dado pie a creer que quizá el coronavirus provenga del permafrost y que gracias a los murciélagos u otros animales, llegara desde Siberia hasta la ciudad china de Wuhan en noviembre de 2019, infectando a un pescador que trabajaba en el mercado de mariscos.

La teoría anterior no deja de ser más que una hipótesis indemostrable, pero en caso de ser cierta, nos permitiría colegir que esos dragones que emergían de cuevas subterráneas son una metáfora del coronavirus, y su aliento pestilente capaz de matar a miles de ciudadanos lo es de la COVID-19 y, por ende, el virus y la enfermedad encarnan el mal, la desgracia.

Siguiendo esta conjetura, cuando en el siglo XIII la Leyenda áurea de Jacopo della Voragine se convirtió en best seller europeo traducido a todas las lenguas, quienes leían la hagiografía de Jorge y el dragón no pretendían sino exorcizar su miedo a las epidemias y a los males que contiene el mundo real a través de la lectura.

Marie-Thérèse Walter con el perro de su madre en Alfortville, Francia, en 1930.

El 21 enero de 1939, cuando Picasso pinta el óleo Mujer acostada leyendo, vive entre tres parejas: Olga Khokhlova, de la que se separó en 1935 cuando ella descubrió que iba a tener una hija con su amante; Marie-Thérèse Walter, la amante a quien seduce con diecisiete años y con la que alumbra a Maya Picasso en 1935; y por último Dora Maar, su compañera actual, fotógrafa y musa que desde 1936 vive con él en el estudio de la rue des Grands Augustins, donde, en 1937, fotografiará el proceso creativo del Guernica.

"Picasso, en resumen, detestaba las guerras y, aunque no lo confesara, tenía un miedo atroz a sufrir cualquier daño físico"

Picasso se siente incómodo ante la inminencia de la Segunda Guerra Mundial. Le fastidian las guerras, que le parecen absurdas. Al margen de las filias o fobias por un bando u otro, no ve sentido alguno en que los hombres se maten con cualquier pretexto: en nombre de la patria, en nombre de Dios, en nombre de sus ideales… Ya desde 1914, cuando pudo marchar a la Primera Guerra Mundial, rechazó las invitaciones de sus amigos, que lo increpaban para que defendiese a la patria. En 1936 tampoco quiso volver a España para dar apoyo a la Segunda República durante la Guerra Civil, pese a que había sido nombrado director del Museo del Prado. Algunos de sus amigos catalanes murieron durante el conflicto. En 1937 el gobierno de la Segunda República española no entendió en absoluto el Guernica. Era un cuadro demasiado oscuro y simbólico que no servía para encarnar la defensa de la causa republicana.

Picasso, en resumen, detestaba las guerras y, aunque no lo confesara, tenía un miedo atroz a sufrir cualquier daño físico. No deseaba participar en ellas, ni tomar partido por bando alguno, todos le parecían al cabo fanáticos. Consideraba las contiendas un riesgo para la vida y un estorbo para el trabajo. Solo deseaba encerrarse en el estudio y continuar ejerciendo su pasión devoradora: el arte. Cuando pintaba, dibujaba, grababa o esculpía se olvidaba de que Barcelona había caído en manos de Franco, o de que Hitler amenazaba con invadir Polonia.

Pero esto último sucedió en septiembre, cuando Francia e Inglaterra declararon la guerra a Alemania; sin embargo, aquel sábado, 21 de enero de 1939, la situación en París era de calma tensa. Todo el mundo temía lo inevitable, pero los bombardeos y el confinamiento domiciliario de la población todavía no llegaban… A primera hora de la mañana, su chófer, Marcel Boudin, acudió con el Hispano-Suiza y lo recogió sigilosamente en la puerta del estudio de la rue des Grands Augustins. Dora Maar dormía. Antes de salir saludó silencioso a su secretario personal, Jaume Sabartes. Llevaba bajo el brazo varios cartones y lienzos en blanco y una caja de madera repleta de pinceles, pinturas y lápices.

"De pronto le dio por pensar en el dragón de san Jorge, el monstruo cuyo aliento pestilente de fuego mataba a miles de personas"

Una hora más tarde, Marcel lo dejaba a cincuenta kilómetros de París en dirección Versalles, frente a la reja de la casa de campo de Le Tremblay-sur-Mauldre. A los lados de la reja de forja se extendían muros de piedra recubiertos de hiedra que cobijaban el jardín. Cuando lo vio llegar, Marie-Thérèse Walter sonrió y acudió feliz a abrazarlo. Cerraron con llave la puerta del dormitorio y pasaron más de dos horas mordisqueándose y penetrándose, mientras la pequeña Maya, de cuatro años, desayunaba con la niñera.

Al fin, Picasso se puso los pantalones y salió a abrazar a su hija. Aunque hacía frío, brillaba el sol y la sacó al jardín, para jugar a la comba y a las muñecas mientras la retrataba alegremente en un cartón. Marie-Thérèse seguía desnuda, en la cama. No le importaba que su hija la viera así; sin embargo a él lo invadía de pronto su obsesión burguesa por el decoro y le pidió que se pusiera aquel vestido azul escotado que tanto le gustaba.

Sobre la mesita de noche reposaba el libro que ella leía en aquel momento, La obra maestra desconocida, de Balzac. Marie-Thérèse volvió del armario con el vestido azul sobre el cuerpo, sin ropa interior. Se tendió sobre la cama, abrió el libro y comenzó a leer. Al fondo, había una tosca ventana de tres hojas con el marco metálico pintado de negro y los cristales tintados en verde. Maya jugaba en el suelo con sus muñecas.

Fue entonces cuando él entró de nuevo al cuarto y colocó el viejo caballete frente a la cama. Había puesto en él un gran lienzo y comenzó a dibujar. Para resumir a una mujer, para captar su esencia, bastaban unas solas líneas. Delineó los senos, las caderas, las rodillas dobladas, el pelo rubio de Marie-Thérèse partido por la raya a un lado, los grandes ojos azules. Todo lo trazó a lápiz y a la primera, como acostumbraba, luego lo resaltó con un pincel en color negro.

Ella estaba concentrada en la lectura. Maya se había marchado de la habitación con sus muñecas y Picasso observaba absorto la luz verde que penetraba por la ventana. De pronto le dio por pensar en el dragón de san Jorge, el monstruo cuyo aliento pestilente de fuego mataba a miles de personas, según había leído en la Leyenda áurea, y pensó que aquel verde simbolizaba al monstruo de la guerra y de la destrucción, que acechaba a Francia… Pero, allí dentro, la calma del campo, la niña, la mujer… Todo se encarnaba en su pintura, en sus dibujos, y lo que había tras la ventana dejaba de existir, era una amenaza inocua.

Mujer acostada leyendo (Marie-Thérèse Walter), Pablo Picasso, 1939

Cuando yo era niño, mi padre, que trabajaba hasta tarde, se lamentaba de lo pronto que me iba a dormir. Yo le respondía que no me iba a dormir, sino a leer. Tras volver del colegio y hacer los deberes, conforme oscurecía, añoraba la hora en que me pondría el pijama, me metería bajo las sábanas con olor a detergente y abriría un libro de los Hollister, o de Tintín, o de Los Tres Investigadores, o un clásico juvenil de la colección Tus Libros Anaya, o del Club Joven Bruguera… En esas colecciones leí a Verne, a Salgari, a Stevenson, a Poe, a Mary Shelley…

"Ahora ya no me sumerjo en los mundos ficticios como en la infancia. Soy más bien un vampiro que aguarda la sangre fresca de las páginas"

Ahora, muchos años más tarde, comprendo que mi padre deseaba verme, que anhelaba recuperar el tiempo conmigo. Después de un largo y duro día de trabajo, la familia era su refugio; sin embargo, mi refugio, además de la familia, era la lectura. Había ido alejándome de la realidad porque prefería la ficción. En realidad, yo no pertenecía a mi familia, sino a la familia de los Hollister: vivía en la apócrifa Shoreham, una ciudad cualquiera de Norteamérica, junto al Lago de los Pinos, donde mis padres y hermanos adoptivos pescaban grandes truchas. Los Hollister eran seres de una felicidad y una estabilidad perfectas que, sin embargo, vivían aventuras escabrosas y resolvían crímenes. Para un niño como yo, eran la paradoja de una aventura sin riesgos, en el calor de mi cama.

Todavía hoy sigo sintiendo la misma pasión por la lectura, y aunque no lea en la cama, aguardo el momento de ponerme a leer en cualquier parte, incluso de pie en medio del pasillo. Ahora ya no me sumerjo en los mundos ficticios como en la infancia. Soy más bien un vampiro que aguarda la sangre fresca de las páginas. Desde que decidí ser escritor, libo ese plasma para saber más, para aprender a escribir, para analizar la sintaxis, la semántica, el estilo; para sumergirme en el mundo sin peligros de la literatura, que es, en realidad, un espejo de las dificultades y las pesadillas del mundo real.

Durante el confinamiento del estado de alarma, además de Marta y los niños, fue mi pasión lectora la que me salvó del aburrimiento y la ansiedad. Tras la ventana, el mundo se había parado, pasto del coronavirus y la COVID-19. Las calles de mi ciudad estaban desiertas, como el París ocupado por los nazis, o como la ciudad de Silena cuando el dragón se aproximaba bramando, expulsando aerosoles ardientes por la boca; pero cuando leía, yo era Picasso con su pincel, o san Jorge con su lanza: era dueño del espacio y del tiempo de mi imaginación. Y nunca dejaba de recordar también a mi padre de joven, lamentándose de lo pronto que me iba a dormir.

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