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Víctor Erice a la luz de Robert Walser, o al revés

Víctor Erice a la luz de Robert Walser, o al revés

En una sala de cine el espectador se diluye cuando las luces se apagan. Se confunde con otros vecinos de butaca a la espera de que unas imágenes puedan trastocarnos. En buena parte no estamos, dejamos de ser nosotros durante rato, aunque no del todo, pues nuestras tibias señas de identidad permanecen, aunque algo ocultas por la oscuridad y apenas iluminadas por una lejana y temblorosa vela. Pero (siempre hay un «pero», siempre late un «sin embargo»), quizá estemos huyendo. Otra cuestión es si lo hacemos de modo deliberado.

La película Cerrar los ojos, de Víctor Erice, estrenada este pasado fin de semana, gira sobre la misteriosa desaparición (o huida) de un actor conocido. La misma mañana en que fui al cine casualmente había estado enredado, una vez más, entre las páginas de Paseos con Robert Walser (Siruela), las conversaciones que el editor y amigo Carl Seelig mantuvo durante años con el esquivo escritor suizo. Walser (1878) se dedicó a escribir, sin apenas reconocimiento en vida, sobre la nada, sobre la niebla de los días, por Berlín y Berna, y desde 1929 en «sanatorios» psiquiátricos. Sin miedo ni esperanza. Esta máxima, con la que salían a la arena los gladiadores romanos, también, curiosamente, aparece en la película.

¿Miedo? ¿Qué miedo puede tener Erice a sus 83 años? ¿Y qué puede temer un interno de un manicomio si ya está condenado en vida? Esperanza. Esperanza en qué, por qué. Erice y Walser han hecho lo que han hecho por el mero placer de hacerlo, ajenos a corrientes en boga, a reconocimientos. Solos. Uno, el cineasta, cierto que rodeado por un equipo, pero por sendas, por carreteras secundarias, no por autopistas de peaje. El otro apenas colaboró en algún momento con un hermano pintor, algo le publicaron y luego se lo tragó la nieve; de hecho, murió en la Navidad de 1956, de un síncope mientras andaba solitario por una de las suaves montañas que rodean el psiquiátrico de Herisau donde residía.

En la película de Erice, un director, interpretado por Manolo Solo, busca, intrigado, a su mejor amigo, que también ha sido actor y lleva años desaparecido, encarnado por José Coronado. No sabe si se suicidó, si quiso empezar una nueva vida con otro nombre en algún lugar donde nadie pudiera reconocerlo… Ay, ese sueño de ser otro. ¿Con qué derecho han de buscarle a uno? ¿Cuántas personas se fugan, sin mirar atrás, cada día? ¿Por qué ese empeño en encontrarlas? Walser se escondió del mundo. O le escondieron. O se dejó esconder. “¿Estamos haciendo lo conveniente?”, le preguntó a su hermana Lisa a las puertas de entrar en un psiquiátrico por primera vez. Ya nunca vivió «fuera».

La sombra del suicidio se sugiere en el inicio de la película. Walser lo intentó varias veces antes de ingresar en Waldau. La espesura de los días. Y sus noches. Los desajustes de la mente. Esos viajes imaginarios. Sueños no conseguidos, dudas, remordimientos. O voces de no se sabe dónde, en el caso de Walser. No es fácil, por supuesto que no lo es, encontrar un lugar más o menos habitable, aceptable, en el mundo. ¿Está el peligro fuera? Esto escribió Xavier de Maistre al comienzo de su Viaje alrededor de mi habitación ya en 1794: “¿Existe, en efecto, un ser lo bastante desgraciado, lo bastante abandonado para no poseer un cuartucho donde poder retirarse y esconderse de todo el mundo?”. (Antes de seguir: ese «ya» de «ya en 1794» debería sobrar; quizá lo haya escrito llevado por la fecha, tan lejana. Pero, ¿es que se trata de un tema contemporáneo, es que no se desaparecía antes del siglo XVIII? Y no me refiero a un retiro en la campiña tras años de lucha en la legión romana por las Galias, sino al simple hecho de embarcar donde fuera mirando allende los mares y sin billete de vuelta).

Próximos a estos personajes que con frecuencia rayan algún tipo de locura (aunque no necesariamente) figuran también muchos ciudadanos anónimos que prefieren vivir a salto de mata, en un malabarismo que, desde la barrera, hasta puede ser atractivo. ¿Se acuerda usted de El secreto de Joe Gould (Anagrama) de Joseph Mitchell? Sí, aquel hijo de buena (sobre todo rica) familia de Massachusetts que tras estudiar nada menos que en Harvard prefirió ser un profeta con harapos y barba a lo Walt Whitman por las calles de Nueva York recopilando datos e ideas para forjar toda una «Historia oral de nuestro tiempo» que podría romper todas las costuras de la literatura. Aquel hombre, en su segunda vida, al menos buscaba ser escuchado; otros, más en la «línea Walser», prefieren el anonimato, tipo Bartleby el escribiente. No deja de ser curioso que el mismo autor que escribió esa huida hacia dentro sea el mismo hombre, Herman Melville, que se hizo a la aventura en la mar durante cuatro años, entre el servicio naval y barcos convencionales, antes de plantarse y dejarnos Moby Dick.

Vila-Matas sí que sabe de escritores o personajes que hicieron del sfumato una de las bellas artes. Borrar las huellas. O confundirlas. Habría que releer su Doctor Pasavento, donde de todo esto trata con la presencia no presente de Walser, quien bastante tenía ya con lo suyo. Como coda, los dos primeros versos que escribió (el de Biel, no el barcelonés) sobre el cuadro Apolo y Diana, de Lucas Cranach, recogido en Ante la pintura (Siruela) y que leí dos horas antes de ver la película de Erice. En un imaginario diálogo, Apolo, con su arco y tres flechas en la mano izquierda, se pregunta mirando a su hermana gemela: “¿Qué buscaba yo todo el día / cegado el sentido?”.

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