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Vida monacal

Hace un par de años publiqué en Zenda un relato titulado “Leer a Dostoievski”. El protagonista era un lector tan apasionado por el escritor ruso que comenzaba a leer sus grandes novelas de forma compulsiva y el mundo a su alrededor se desvanecía: su familia, sus amistades, su trabajo desaparecieron; nadie respondía a sus llamadas ni a sus mensajes, de modo que no le quedaba otra que dedicarse a leer Crimen y castigo, El idiota, Los demonios, El adolescente. Lo cual hacía con sumo placer, olvidándose de comer y durmiendo a cualquiera hora del día o la noche. Mi protagonista sin nombre despertaba de madrugada y salía a estirar las piernas antes de comenzar el siguiente capítulo. Caminaba por las calles vacías a la luz de las farolas y se preguntaba dónde estaría su familia; qué habría sido de su trabajo.

A diferencia de mi personaje, mientras yo releo con pasión Los hermanos Karamazov, la última y la más insondable de las novelas de Dostoievski, lo hago tras salir del trabajo y rodeado de niños. Más que una pasión solitaria y absorbente, la lectura es para mí una suerte de prurito heroico. Durante las tardes veraniegas, bajo el calor del toldo de la terraza, trato de evocar la pequeña ciudad rusa donde se desarrolla la novela. Imagino las isbas, las estepas infinitas, y el monasterio donde, al comienzo de la novela, habita Alexei Karamazov junto a su maestro: el padre Zosima, starets de la iglesia ortodoxa.

"Afirman los psicólogos deportivos que la vuelta del público a los partidos de fútbol ha supuesto para los jugadores un estrés adicional"

A menudo, interrumpo la lectura para ver con mi hijo partidos de la Eurocopa de fútbol 2021. La competición deportiva es un modo de vida que se desarrolla en el más riguroso presente: cuentan los minutos, las horas, los días que transcurren hasta los partidos. Cuando los jugadores saltan al campo rugen las gradas, recién recuperadas tras la pandemia. Afirman los psicólogos deportivos que la vuelta del público a los partidos de fútbol ha supuesto para los jugadores un estrés adicional. Desde el inicio de la covid 19 se habían acostumbrado al placer de jugar en silencio, sin pitidos ni críticas que vinieran de los aficionados; ahora deben lidiar de nuevo con ellos.

Lo anterior le ha sucedido al delantero centro de la selección española, Álvaro Morata. Tras varios partidos sin marcar goles, debió afrontar los silbidos del público en el estadio de La Cartuja de Sevilla, durante el encuentro contra Suecia. Ante esta situación, los psicólogos afirman que el único remedio es, una vez más, la concentración: vivir en el presente, en el instante que uno tiene la pelota en el pie y, por tanto, la posibilidad de marcar un gol; procurando no pensar en otra cosa, soportando con paciencia los desaires de la grada y centrándose en el juego.

Al comienzo de Los hermanos Karamazov, el narrador define a Alexei Karamazov como el héroe de la novela. Se trata del menor de los tres hermanos, un joven sensible que ha decidido dedicar su vida a la oración entre los muros del monasterio; sin embargo, su maestro, el starets Zosima, le transmite al borde de la muerte la siguiente orden:

Saldrás fuera de estos muros, pero en el mundo vivirás como un monje. Vas a tener muchos adversarios, aunque hasta tus enemigos te amarán. La vida te traerá muchas desgracias, pero gracias a ellas serás feliz y bendecirás la vida y harás que otros la bendigan; esto es lo más importante.

"Suenan el himno alemán y la marsellesa. Los jugadores de las selecciones francesa y alemana miran al frente con expresión heroica"

Mientras leo me pregunto qué significa semejante profecía: “En el mundo vivirás como un monje”. Quizá Dostoievski se refiera al desapego de lo material, a vivir con la misma humildad que un monje de clausura, cuyas únicas actividades son la oración y el trabajo, sin poseer nada en la vida ni anhelar triunfos. Sin embargo, lo que viene después parece un canto vitalista: tener enemigos, amar a los enemigos, vivir muchas desgracias, bendecir la vida.

Suenan el himno alemán y la marsellesa. Los jugadores de las selecciones francesa y alemana miran al frente con expresión heroica. Sorprende que hoy en día apenas haya futbolistas de élite que no sean altos y fornidos, mezcla de atletas y boxeadores. Antes estaban también los jugadores delgados, ligeros y habilidosos… —mi hijo me recuerda que todavía existe alguien como Messi, pero yo le respondo que el caso del argentino es único, singular, no sirve de ejemplo—. En efecto, hoy todos los futbolistas son atletas que corren los cien metros en diez segundos, auténticos armarios que en vez de tablas de madera contienen músculos. Pienso lo anterior mientras la cámara, en un largo travelling, pasa por los rostros graves de las estrellas de Francia: Pogba, Mbappé, Griezmann, Benzema… Sí, me digo, juegan a ser héroes, pero también son frágiles. No solo están sometidos a la presión de las gradas y del periodismo deportivo que los cuestiona, sino que sus poderosos cuerpos son víctimas frecuentes de lesiones. También son expulsados del campo cuando se dejan vencer por la ira, cometen faltas y reciben la tarjeta roja. En definitiva, la vida de los futbolistas es un ejercicio constante de autocontrol: tienen rivales, aman a sus rivales, viven muchas derrotas y aman su profesión.

En Los hermanos Karamazov, tras la muerte del starets Zosima, Alexei se encuentra desolado. No sabe qué hacer con su existencia y sale del monasterio en plena noche como un sonámbulo:

Su alma, llena de entusiasmo, anhelaba la libertad, el espacio, las anchuras. Sobre él se extendía sin fin la cúpula celeste, plagada de estrellas brillantes y calladas. Desde el cenit hasta el horizonte se bifurcaba, difusa aún, la Vía Láctea. La noche, fresca y serena hasta la inmovilidad, envolvía a la tierra (…). El silencio terrenal parecía fundirse con el silencio celeste, los misterios de la tierra se tocaban con los de las estrellas… Alexei estaba quieto, mirando, y de pronto cayó al suelo como si le hubieran segado las piernas.

No sabía por qué la abrazaba, no era consciente de la razón por la que deseaba a toda costa besarla, cubrirla de besos; pero la besaba llorando, sollozando (…), y se juró frenéticamente amarla (…). «Humedece la tierra con las lágrimas de tu alegría y ama esas lágrimas», resonaba en su alma. ¿Por qué lloraba? Oh, lloraba en su delirio incluso por aquellas estrellas que brillaban para él desde los abismos, y «no se avergonzaba de su exaltación». Era como si los hilos de todos aquellos incontables mundos de Dios se juntaran en su alma, y toda ella temblara, «al contacto con otros mundos». Sentía deseos de perdonar a todos y por todo, y de pedir perdón, oh, no para él mismo, sino para todos y por todo (…). Una vaga idea se iba adueñando de su pensamiento (…). Había caído a tierra como un joven débil y se levantaba como un duro combatiente, preparado para el resto de sus días (…).

A los tres días dejó el monasterio, en consonancia con las palabras de su difunto stárets, que le había ordenado «vivir en el mundo».

En el siguiente partido de la selección española, Álvaro Morata marca al fin un gol y logra el empate contra Polonia; pero no es suficiente. El jugador todavía no ha logrado el beneplácito de la afición en La Cartuja de Sevilla, ni tampoco la bendición de la prensa deportiva, que lo defiende con tibieza. ¿Qué sucederá contra Eslovaquia? ¿Logrará ganar la selección española? ¿Pasaremos a octavos de final? Los futbolistas deben vivir en el presente: los días, las horas, los minutos que median hasta que el árbitro pite el final del partido. La suya es una vida monacal en el mundo.

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