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Vidas cipotudas, de Jorge Bustos

Vidas cipotudas, de Jorge Bustos

En Vidas cipotudas, obra que La Esfera de los Libros publica el 23 de enero y que lleva por subtítulo Momentos estelares del empecinamiento español, desfilan 35 hombres y mujeres excesivos que pautaron de memorables quijotadas el viaje comprendido entre la Hispania romana y un Estado miembro de la Unión Europea. Ofrecemos el prólogo del nuevo libro de Jorge Bustos.

 

Prólogo cipotudo

A finales de 2016 obtuvo un éxito modesto pero muy español cierto artículo que proponía el etiquetado de columnistas distintos bajo la común taxonomía de cipotudos. El adjetivo, a lomos de la nueva ola hembrista que arrasa lo mismo prejuicios que razones, solo podía triunfar. Tanto más por cuanto iba resueltamente dirigido contra algunas de las pocas firmas que en España pueden vivir de su pluma, y en la tierra por donde vaga errante la sombra de Caín la picota (así sea leve y efímera) de los prósperos siempre consuela a los restantes de los alfileres de la frustración. Al margen de unas consideraciones estilísticas más o menos forzadas para dar obediente cumplimiento al propósito de agravio -con algunas de las cuales incluso puedo estar de acuerdo-, el calificativo me encantó. Ya lo había leído en Cela, pero en cuanto lo releí en el móvil supe que se impondría. Y ahí está el animalito, corriendo en libertad. Se me perdonará que lo invite a pasar a la portada de este libro, porque creo que ningún otro designa mejor la histórica condición de las figuras que lo habitan.

El cipotudismo no es más que una variante del cojonudismo formulado por Unamuno: “El español tiene la mente cojonuda”. La misma idea se encuentra en Machado, que reservaba para embestir la cabeza del español cuando se digna a usarla, y en otras voces señeras del 98. Su generación se debatió entre la admiración a las esencias recias —y un punto cazurras— de Castilla y el lamento de su correlativa falta de finura intelectual, con la que España saldría al fin de su atraso secular respecto de Europa. Un siglo después, a la conversación pública en la España de las identidades empinadas y las redes antisociales le siguen faltando los matices de la inteligencia, pero a cambio ya no mantiene el coraje cipotudo que sustentó la leyenda rosa de los viajeros románticos. Mi triste diagnóstico es que ya no somos diferentes en lo pintoresco, al tiempo que presentamos la misma deprimente uniformidad de franquicia global que presenta todo el mundo civilizado. El cipotudismo español es el precio que se ha cobrado nuestro progreso. Y aunque en buena medida debamos felicitarnos por ello, no hay razón para no exponer en un museo, amorosamente, los jirones de ibérico carácter que se quedaron en la gatera de la historia.

Y de ahí la necesidad de este libro. No solo por la dulce operación de recrearse en la nostalgia de lo que fuimos, sino también por la pedagogía urgente de una historia por cuya grosera deformación trabaja a diario el actual rebrote de hispanofobia, sea a cargo de los nacionalismos autóctonos, de los indigenismos poscoloniales o de la propaganda extranjera que a partir del siglo XVI conocemos como leyenda negra. No negaré que he escrito estas páginas con un punto de rabia y una medida de orgullo. Confío en que el lector note sus efectos.

Cuando Borges, cuya sensibilidad para la épica historicista no necesita demostración, cantó “a la España del inútil coraje”, se refería a la clase de hazañas que recorren este libro. Algunas completamente absurdas, y por ello más asombrosas. Porque el cipotudismo español no se prueba únicamente en el arrojo activo, en la decisión de intervenir con todo lo que se tiene y lo que a buen seguro se perderá, sino muchas veces en esa pasividad estoica, mineral, que llamamos senequismo. El filósofo cordobés instituyó no una manera de ser, sino una manera de estar frente a la adversidad. Un aguante tozudo, que en los soldados españoles siempre mereció el tributo de sus compañeros de armas.

Pero no solo en los soldados. Por estas páginas desfilan, junto a guerreros y conquistadores, no pocos eruditos, científicos, artistas, exploradores, místicos, herejes, poetas, profesores… empecinados en fin de los dos sexos que han engrandecido la historia universal del disparate. No están todos los que son, claro, ni siquiera algunos de los más principales, porque me ha interesado más rescatar algunos nombres del polvo de la historia y empujarlos de la tercera o cuarta fila a la primera; pero sí son todos los que están. Treinta y cinco hombres y mujeres excesivos que pautaron de memorables quijotadas el viaje comprendido entre la Hispania romana y un Estado miembro de la Unión Europea. De Viriato a Amancio Ortega, de los Últimos de Filipinas a Clara Campoamor, el lector será testigo de sucesos inalcanzables por la más disparatada fantasía. Y quizá, solo quizá, experimentará una íntima reconciliación con los autores materiales de esa desaforada empresa que asombró al mundo y que aún se llama España. Hay castellanos, extremeños, un lógico puñado de vascos, los imprescindibles aragoneses, los locos gallegos, y hasta los nacidos españoles en otro hemisferio que se negaron a seguir siéndolo, como el señorito Bolívar. Ojalá el lector disfrute de sus pasiones vitales, de su pánico vencido y de su temeridad suicida, de su cerrazón desesperante en ocasiones. Desde un cómodo sillón del siglo XXI será excitante experimentar, creo yo, el contraste feroz con las vidas cipotudas de algunos de nuestros antepasados menos conformistas. O conformistas hasta lo inconcebible.

Fue senequista Quevedo, que cantó al mártir más español de cuantos nuestro terruño ha dado al santoral: “Arde Lorenzo y goza en las parrillas; / el tirano en Lorenzo arde y padece, / viendo que su valor constante crece / cuanto crecen las llamas amarillas”. El poeta subraya el gozo masoquista del quemado, que crece no tanto por la santidad a prueba de la víctima como por la ira que su resistencia despierta en el rival. Eso es cipotudismo español, y nos remite a una divertida maledicencia de nuestro mundillo literario según la cual los premios en España siempre se dan contra alguien, más que a alguien. Esa animadversión indeclinable, que antaño fue cainismo frontal, sin disimulo, esa bravura enemiga del pasteleo parece cosa definitivamente perdida en nuestros días. En parte por fortuna. Pero la contrapartida de nuestra domesticación supone que en este solar ya no queden demasiados lorenzos dispuestos a la llama del escrache digital o del ninguneo mediático, por ejemplo. Lo cual empobrece dramáticamente cada debate nacional. Por eso mismo reconforta asomarse a esta unidad de quemados intensivos de nuestra historia. Cuando se asomó Nietzsche, que no era un temperamento precisamente melifluo, meneó la cabeza: “Los españoles. He ahí hombres que han querido ser demasiado”.

Aviso a los amantes obsesivos de la puntualización que no es la investigación académica el género aquí practicado, sino la divulgación histórica, casi reporteril, que intenta imitar los deliciosos modelos de Stefan Zweig o Indro Montanelli. En la escritura me ha guiado no el principio de exhaustividad sino el de amenidad, que según Pla es la primera obligación de quien escribe. El libro de semblanzas cuenta con no pocos practicantes en nuestras letras, de Darío a Juan Ramón pasando por Gómez de la Serna. Pero es Pla quien aporta la horma del homenot, que define a toda “persona singular e insólita que hace algo remarcable”. La receta incluye generosas dosis de humor, hipérbole, jocoso anacronismo y búsqueda de complicidad lectora que anima los ejercicios historiográficos de Arturo Pérez-Reverte, a quien debo el aliento decisivo en los primeros compases de este proyecto.

Termino con estos versos de Bergamín, otro cipotudo tremendo que adivinó la condena de la patria a no ser finalmente “ni grande ni pequeña”, sino “sin medida”. Un español que, en su heterodoxia febril, terminó por encajar en el más puro canon de la española ortodoxia, que es la del exceso obstinado, y por terco, siempre indeciso entre melancólico y furioso.

ECCE ESPAÑA

Dicen que España está españolizada,

mejor diría, si yo español no fuera,

que, lo mismo por dentro que por fuera,

lo que está España es como amortajada.

 

Por tan raro disfraz equivocada,

viva y muerta a la vez de esa manera,

se encuentra de sí misma prisionera

y furiosa de estar ensimismada.

 

Ni grande ni pequeña, sin medida,

enorme en el afán de su entereza,

única siempre pero nunca unida;

 

de quijotesca en quijotesca empresa,

por tan entera como tan partida,

se sueña libre y se despierta presa.

Sinopsis de Vidas cipotudas, de Jorge Bustos

Por estas páginas, escritas con un punto de rabia y una medida de orgullo, desfilan 35 hombres y mujeres excesivos que pautaron de memorables quijotadas el viaje comprendido entre la Hispania romana y un Estado miembro de la Unión Europea. Castellanos y extremeños, gallegos y aragoneses, valencianos y andaluces, vascos y catalanes. De Viriato a Amancio Ortega, de los Últimos de Filipinas a Clara Campoamor, el lector será testigo de sucesos inalcanzables por la más disparatada fantasía.

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Autor: Jorge Bustos. Título: Vidas cipotudas. Editorial: La esfera de libros. Venta: Amazon y Casa del libro