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Vigilar sin sentido

Hubo un tiempo —2004, tras los atentados del 11-M— en el que mi trabajo consistía en vigilar unas vías de tren: a veces en el eje Zaragoza-Calatayud, otras en el tramo Córdoba-Adamuz. No intervenir en ellas, no transformarlas, no decidir nada. Solo comprobar que seguían ahí, intactas, como si la atención sostenida pudiera, por sí sola, alterar el curso de lo imprevisible.

Era oficial y estaba al frente de una pequeña unidad, pero la tarea tenía algo de inmóvil, de automatismo, de repetición nocturna sin progreso visible: bajar del vehículo, recorrer unos metros, hacer la misma pregunta “¿todo bien?”, recibir la misma respuesta “sin novedad”, volver a subir.

Todo parecía cargado de una gravedad difícil de explicar. No venía de la acción —porque no ocurría nada—, sino de la conciencia de que aquello podía no servir para casi nada y, aun así, debía hacerse con absoluta seriedad. Así estaba establecido, aunque nadie creyera ya en ello. Se hacía porque así eran las cosas. Cada noche se repetía la misma ronda, con idéntica vigilancia, sin variación ni promesa alguna. No había fe en el resultado, pero retirarse de esa atención habría significado algo peor que el cansancio: aceptar que nada merecía ser sostenido.

Con el paso de las horas, la vigilancia dejaba de sentirse como una acción y se convertía en una forma de permanencia. Estar ahí no garantizaba nada, pero apartarse habría sido admitir que todo daba igual. Así que seguíamos, simplemente. Sin épica, sin esperanza grandilocuente. Con una obstinación tranquila y, en el fondo, inútil: la de quien sabe que su gesto es pequeño y aun así decide repetirlo una noche más.

Me pregunto cuántas veces, fuera ya del Ejército, he seguido “vigilando vías”. Con otros nombres y otros gestos, en espacios que nada tenían que ver con unas vías de tren vigiladas en mitad de la noche.

En la enseñanza, por ejemplo. Preparar clases sabiendo que no todos escucharán. Que no todos entenderán. Que muchos olvidarán haber estado allí. Corregir exámenes con la sensación de que la justicia siempre llega tarde, o llega mal. Insistir en el valor del esfuerzo en un mundo que lo recompensa de manera errática, cuando lo hace. Aprobar, en suma, cuando la mentira ya no plantea conflictos de conciencia.

Y aun así, entrar en el aula cada mañana. Como antes se entraba en la noche a través de los raíles, así se entra después en casi todo lo demás: sin señal de paso. No porque funcione siempre. Ni siquiera porque funcione a menudo. Sino porque retirarse tendría un coste mayor: aceptar que nada merece ser sostenido.

Con los años he pensado que vivir consiste bastante en eso. En repetir gestos que no prometen redención. En cuidar espacios que no nos pertenecen del todo. En enseñar, escribir, acompañar, vigilar, aunque sepamos que el mundo seguirá siendo frágil y que el acaso no se deja domesticar.

No porque eso mejore el mundo, sino porque el mundo tampoco mejora solo.

Cuando hoy vuelvo a leer noticias sobre accidentes, sobre fallos, sobre tragedias que suceden justo donde alguien estuvo atento la noche anterior, no pienso en el error ni en la culpa. Pienso en la condición humana tal como es: limitada, insistente, obstinada.

Y en esa forma discreta de dignidad que consiste en seguir ahí, sin esperanza grandilocuente, sin consuelo metafísico, haciendo lo que toca aunque sepamos que no basta.

No para salvar nada —¿qué podría salvarse si todo ha de ser quemado?—, solo para no ser nosotros quienes lo abandonamos del todo. Incluso sabiendo que nada queda a salvo.

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