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Virgilio y el negro

Eneas narrando a Dido las desgracias de Troya, de Pierre Guerin.

Se llama Abusaidu Issifu. Es de Malí. Tiene 20 años. Con 13 abandonó su patria, arrasada por años de guerra civil, porque un grupo insurgente lo forzaba a alistarse en su ejército. Pasó por Ghana y por Costa de Marfil antes de arribar a costas españolas.

Lo llevaron a Galicia y, luego, a Asturias en 2016, donde ingresó en un centro de menores. Le acaban de dar un premio reconociendo su esfuerzo al terminar la ESO en circunstancias tan adversas.

"No entiende que muchos de sus compañeros, de pura raza hispana, teniéndolo todo a su alcance, no quieran estudiar"

Se dejó los ojos estudiando por las noches, en los parques públicos, incluso, si no encontraba ambiente propicio en el centro en el que moraba. No pudo escolarizarse en su país porque el colegio público le quedaba muy distante y su familia no tenía recursos para proporcionarle educación.

Al llegar a España, no sólo hubo de adaptarse a un idioma y una cultura totalmente ajenos, sino alfabetizarse y aprender en 3 años lo que otros hacen en 16.

No entiende que muchos de sus compañeros, de pura raza hispana, teniéndolo todo a su alcance, no quieran estudiar. Levanta su negra mano como si quisiera dar una arenga a sus coetáneos: “Ahora es el momento para aprovechar y estudiar bien, porque igual no hay tiempo en el futuro”.

Llevo 29 cursos dejándome la piel en aulas de institutos públicos para convertir a mis alumnos en personas de provecho y gente de bien, en beneficio de la sociedad que me los confió, usando el latín, el griego o la cultura clásica como armas de culturización y humanización masivas.

"Al acabar mi sesión con los de primero de bachillerato, mi alumna Belén arrancó a llorar. Belén es negra. Y trilingüe. Su madre llegó hace años desde África, pero ella ha nacido aquí y se siente al ciento por ciento española"

Para mi desgracia y desesperación cada vez me encuentro con más estudiantes abúlicos, que o no vienen con regularidad a clase o, cuando sus padres los obligan a hacerlo, ni siquiera sacan el material escolar de su mochila y se pasarían la mañana dormitando sobre ella o molestando al resto de la clase con su cháchara a poco que el profesor baje la guardia. Estudiantes a los que sus progenitores, dando muestra de su catadura, malcrían: les compran dispositivos electrónicos veinte veces mejores que los que yo me puedo permitir o una motocicleta, a pesar de llevar siete suspensas y haber pasado de curso por el nefasto imperativo legal, sin dar ni un palo al agua.

En todas mis clases, intentando golpear la conciencia de alguno de estos zotes que se niegan a trabajar por su propio futuro, proyecté un vídeo en el que se entrevista a Abusaidu. Lo consideraba un ejemplo de motivación, de lo que el esfuerzo personal puede hacer para mejorar tu vida y, por extensión, la de los demás.

Al acabar mi sesión con los de primero de bachillerato, mi alumna Belén arrancó a llorar. Belén es negra. Y trilingüe. Su madre llegó hace años desde África, pero ella ha nacido aquí y se siente al ciento por ciento española. Está perfectamente integrada con los chicos de su clase, a pesar de haberse tenido que desplazar temporalmente a Francia, donde estuvo escolarizada. Sus compañeros, indiferentes a su negrura, bregan y bromean con ella al igual que lo hacen con los de su misma raza.

Belén lloraba porque estaba segura de que el color de su piel le iba a impedir encontrar trabajo en España. “Aún hay gente”, suspiraba, “que me dice que no soy española, cuando he nacido aquí, tengo todos los papeles, he ido al colegio con ellos o con sus hijos. Más española no puedo ser”.

"¿Sabes lo peor? Que aquí algunos impresentables me llaman con asco moro y allí otros imbéciles me dicen español. Ya no sé de dónde soy"

Hace un par de cursos tuve la fortuna de darle clases a Abdul. Su familia era de origen magrebí, aunque él y sus hermanos, como Belén, habían nacido en los pueblos de huerta que rodean la ciudad de Murcia y la proveen de verduras y oxígeno. El padre de Abdul se desloma trabajando de sol a sol en condiciones a veces inhumanas en los invernaderos que han hecho prosperar a esta región y la han convertido en uno de los principales abastecedores de fruta y hortalizas de Europa.

Abdul era un obseso del fútbol y siempre llevaba una camiseta de la selección española, que se cambiaba por otra de la marroquí cuando tenía que lavar la primera. Se quejaba de que alguna gente de su pueblo se metía con él porque llevaba la camiseta española, como si no tuviera derecho a sentir los colores de la que consideraba una de sus patrias. “Yo tengo dos banderas, profesor: la española, donde he nacido y tengo la mayoría de mis amigos, y la marroquí, a donde voy de vacaciones y donde vive parte de mi familia. ¿Sabes lo peor? Que aquí algunos impresentables me llaman con asco moro y allí otros imbéciles me dicen español. Ya no sé de dónde soy”.

"Concetta y su difunto esposo, Nino Campagna, crearon una asociación para preservar los valores de las fábulas y cuentos tradicionales"

Abdul y Belén me dejaron escocido. Sólo supe responderles que, mientras yo fuera profesor en la escuela pública y no me hiciera tirar la toalla la escoria que nos mal gobierna desde escaños y despachos, me batiría el cobre para que pudieran llegar todo lo lejos que los llevaran sus méritos, no sus contactos ni el color de su piel.

Las lágrimas de Belén y el recuerdo de Abdul, así como el silencio de otras chicas españolas, mas de familias hispanoamericanas, magrebíes, ucranianas, búlgaras, rumanas o chinas a las que doy o he dado clases, me noquearon.

En esto, como si leyera la turbación de mi alma, me entró un guasap de mi amiga Concetta. Concetta Sardo Infirri, siciliana de cuna, habita en lo alto de una escarpada colina, que se asoma a la Valdinievole, surcada por el Pescia, en la provincia toscana de Pistoia.

El paraíso de Concetta se halla en la ladera opuesta a donde se yergue Collodi, lugar de nacimiento de la madre de Carlo Collodi, el autor de Pinocho, que situó las andanzas de su marioneta animada en el villorrio en el que pasaba largas temporadas en su infancia.

Concetta y su difunto esposo, Nino Campagna, crearon una asociación para preservar los valores de las fábulas y cuentos tradicionales. De su casa arrancaba la Via della Fiaba, que llevaba a Collodi y la habían decorado con obras de arte que recordaran a los personajes de los cuentos tradicionales.

"Los cartagineses reciben con hostilidad a los recién llegados y Eneas se ve obligado a acudir ante la soberana y pronunciar los versos citados, suplicando por su gente"

Conocí a Concetta hace más de 20 años, cuando yo era profesor en Huelva y ella enseñaba inglés en el Liceo de Pescia. Entablamos una amistad que ha sabido sobreponerse a los años y a la distancia que nos separa. Mi amiga es una de las personas más cultas que conozco. Siente pasión por los clásicos de la literatura. Cada vez que me guía por uno de los maravillosos pueblos de su entorno me recita algún pasaje de Dante, Ariosto, Goethe o Borges, por quienes siente devoción.

El guasap de Concetta contenía 6 hexámetros de La Eneida:

…huc pauci uestris adnauimus oris.

quod genus hoc hominum? quaeue hunc tam barbara morem

permittit patria? hospitio prohibemur harenae;

bella cient primaque uetant consitere terra.

si genus humanum et mortalia temnitis arma,

at sperate deos memores fandi atque nefandi.

 

Unos pocos hemos nadado hasta aquí, hasta vuestras playas.

¿Qué raza de hombres es ésta? o ¿qué patria tan bárbara permite

esta costumbre? Se nos niega la hospitalidad de la arena.

Nos hacen la guerra y nos vetan asentarnos en la orilla.

Si despreciáis el género humano y las armas mortales,

temed al menos a los dioses que se acuerdan de lo justo y de lo injusto.

(Virgilio, Eneida, I, 538-543)

Pongamos en contexto estos versos: Eneas, emparentado con la casa reinante en Troya, ha conseguido huir de la aniquilación de su patria tras el aviso de su madre, la diosa Venus. Ha reunido unas 20 naves, en las que embarca a los fugitivos de la matanza. La diosa Juno, resentida aún con los troyanos, convence a Eolo, dios de los vientos, para que levante una tempestad que disperse o hunda los bajeles de los prófugos. Neptuno, soberano de los mares, al darse cuenta de las insidias de su hermana, hace cesar la tormenta y conduce los 7 navíos sobrevivientes hacia las costas libias, en las que la reina Dido, que acaba de enviudar, ha fundado una nueva ciudad, Cartago. Los cartagineses reciben con hostilidad a los recién llegados y Eneas se ve obligado a acudir ante la soberana y pronunciar los versos citados, suplicando por su gente.

"Jamás como ahora estos versos de Virgilio han sido trágicamente más actuales. Los acabo de leer y se los envío a los pocos (me temo) que pienso que comparten mis sentimientos"

Dido se apiada de los fugitivos e invita a sus notables a un banquete, en cuyo transcurso el pío Eneas relatará lo que han sufrido desde que Troya fue arrasada por los dánaos, hechos cantados en el impresionante Libro II de La Eneida, al cual más de una vez ha aludido Arturo Pérez-Reverte en sus conferencias, confesando que fue su lectura la que lo preparó a no perder la cordura cuando hubo de asistir como corresponsal de guerra a la barbarie humana en los muchos conflictos de los que dio testimonio.

Concetta acaba su mensaje con unas frases demoledoras: “Jamás como ahora estos versos de Virgilio han sido trágicamente más actuales. Los acabo de leer y se los envío a los pocos (me temo) que pienso que comparten mis sentimientos”.

Mi amiga sufre en alma propia la deriva xenófoba que ha asolado Italia, engendrando al íncubo neofascista de Salvini y sus votantes, que achacan los males vomitados por el talibanismo neoliberal a los parias, a los inmigrantes que llegaban a las costas italianas huyendo de la miseria y de las guerras que devastan sus hogares.

"¡Qué poco hemos evolucionado en dos milenios! El mundo occidental niega de nuevo la hospitalidad de sus playas a los desheredados"

Cuando leí el adagio del comediógrafo Terencio, autor del siglo II a. C., que reza “Homo sum, humani nil a me alienum puto” (Soy un hombre, nada de lo humano lo considero ajeno a mí), vi la luz. Comprendía, al fin, para qué servían los estudios de Humanidades, tan denostados por desdicha y para ruin beneficio de las élites económicas. Servían para conectar al hombre con su humanidad, para intentar empatizar con los de su misma condición y pensar por sí mismo.

Por ello no puedo dejar de imaginar las agonías que hubo de padecer Abusaidu en la travesía que lo llevara por media África hasta llegar a costas españolas. Me emociona ver cómo correspondió a la hospitalidad que le dieron algunos compatriotas estudiando como un poseso, a la vez que se sobreponía al desprecio y a la hostilidad de otro sector de la población, cada vez mayor, para deshonra y vergüenza de muchos. Cómo intenta labrarse camino en un oficio o en una carrera para contribuir con su esfuerzo a la grandeza de la nación que lo alberga, si lo dejan y no lo echan por no ser español de nacimiento, aunque de sentimiento y valía lo sea mil veces más que aquellos que presumen de bandera, pero hacen lo imposible por evadir impuestos y no contribuir al bien común.

Vuelvo a Virgilio. ¡Qué poco hemos evolucionado en dos milenios! El mundo occidental niega de nuevo la hospitalidad de sus playas a los desheredados. Se olvidan de los dioses que atesoran en su memoria lo justo o lo injusto o, lo que es peor, creen que su dios perdonará su inhumanidad con una confesión y dos golpes de pecho.

Estos parias que suplicaron hospitalidad a Dido llegaron a Italia y fundaron una ciudad y una familia de la que nacerían, pasados los siglos, Rómulo y Remo, los iniciadores de Roma. De su misma progenie también verían la luz Julio César y Augusto.

Un pueblo de inmigrantes sembró las semillas de uno de los mayores imperios de la historia.

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