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Molón Lavé

Un ruiseñor saludó con una sinfonía de trinos al sol naciente desde un álamo cercano. ¿Cómo podían los dioses prodigar tanta belleza en un escenario en el que campaba Átropos, la inexorable, la moira que dispersaba la muerte cortando el hilo de la vida con sus tijeras?

Miró al otro lado del vetusto muro focidio. Allí estaba todavía aquella plaga que los olímpicos habían mandado sobre la Hélade: más de trescientos millares de guerreros venidos de todos los confines del imperio medo, para vengar la afrenta que los atenienses y sus aliados infligieron en las llanuras de Maratón a los 50.000 persas enviados por el padre del actual monarca diez años atrás.

"El mandato de Esparta era taponar el paso e impedir que lo atravesase esa peste que Asia había vomitado sobre la Hélade libre. A cualquier precio"

Sus espaldas estaban cubiertas por 7000 hoplitas de todas las polis helenas que no habían inclinado la cerviz ante el formidable poderío medo, que había movilizado contra la Grecia libre al mayor ejército jamás visto hasta entonces. Mil focidios defendían el único talón de Aquiles de aquel desfiladero en el que las ciudades helenas intentaban contener por tierra el avance persa: la Senda Anopea, un sinuoso y escarpadísimo sendero que atravesaba el paso por las montañas y permitiría a quien lo cruzara pillar por la espalda a los defensores. Esta senda sólo era conocida por algunos pastores de los contornos.

Leónidas volvió a escuchar otro trino cantarín. Ahora de un jilguero, si no erraba. Pasó de nuevo revista a sus Hippeis, a sus Iguales, a su guardia de honor. Habían llegado 300 de ellos, con 900 esclavos ilotas para auxiliarles en tareas de intendencia y fortificación, más otros 900 periecos lacedemonios, que no tenían la ciudadanía espartana, pero vivían en la región como artesanos o comerciantes. A este contingente se habían unido 7000 efectivos más, pero ninguno estaba tan bien preparado para la guerra como sus espartiatas. Por eso, ellos ocupaban la vanguardia.

El mandato de Esparta era taponar el paso e impedir que lo atravesase esa peste que Asia había vomitado sobre la Hélade libre. A cualquier precio.

El desfiladero de las Puertas Calientes, las Termópilas, en su punto más estrecho sólo tenía un plétron (32 metros) y era un pasillo entre abruptas montañas y las marismas del Golfo Malíaco. Ya los antiguos foceos se habían percatado de la importancia estratégica de ese punto y habían levantado un muro para protegerlo. Muro que él había ordenado refortificar a sus ilotas.

"Un embajador se aproximaba levantando el báculo sagrado, para que se supiera que su figura era inviolable y que acudía en son de paz. Lo escoltaba media docena de los Inmortales, la temible guardia personal del Rey de Reyes"

Los persas habían llegado hacía siete días. Al principio no daban crédito a que un contingente tan exiguo osara hacer frente al mayor ejército nunca movilizado. Un explorador se les acercó a caballo, cauto, fuera del alcance de las flechas, como si los espartanos usaran tan infames armas, en vez de combatir con lanzas y espadas, con las que podían demostrar su verdadera andreia, su legendaria valentía.

El explorador debió de sorprenderse al ver cómo los espartiatas se peinaban y trenzaban sus largas cabelleras, indiferentes a la marabunta que se les estaba echando encima. Dienekes, el jefe de la guardia real, el mejor de entre sus Homoioi, interrumpió el acicalamiento de sus compañeros diciendo que un pajarillo le había soplado una noticia excelente: los medos eran tantos que, cuando sus arqueros comenzaran a lanzarles sus flechas, convertirían el sol en noche. Eran afortunados: podrían combatir a la sombra. Menón, el hijo menor de Lisandro, que cubría el flanco izquierdo de su diarca, soltó una risa semejante al relincho de un caballo, carcajada que fue secundada al instante por el resto.

Un vigía interrumpió el jolgorio. Un embajador se aproximaba levantando el báculo sagrado, para que se supiera que su figura era inviolable y que acudía en son de paz. Lo escoltaba media docena de los Inmortales, la temible guardia personal del Rey de Reyes. El legado, un obeso más emperifollado que una mujerzuela de los barrios portuarios, con los ojos pintados y la barba teñida con alheña, pidió licencia para acercarse.

El persa temblequeaba como álamo temblón. No olvidaba lo que esos salvajes laconios hicieron con otros emisarios medos diez años atrás, cuando se presentaron en Esparta a pedir su sumisión al Gran Rey: los arrojaron a un pozo. Pidió permiso para hablar. Leónidas se lo concedió con displicencia.

—Mi soberano, el Gran Rey Jerjes, puntal del Imperio Arqueménida, señor de…

—Al grano, bárbaro. No tengo tiempo que perder con tu cháchara.

—Ejem… Decía que mi señor —el embajador tragó saliva— Mi señor, mi señor y rey, consciente de que vuestra patria, rodeada de abruptas montañas, ofrece poco espacio para plantar cereales, os permitirá asentaros en cualquier territorio de la Hélade más fértil que elijáis. Así mismo os concederá el grandísimo honor de mantener vuestra libertad y ser Amigos del Pueblo Persa.

—¿Qué quiere a cambio tu señor, lacayo?

—Que entreguéis vuestras armas y que concedáis paso libre a nuestros ejércitos.

—¿Nuestras armas? Molón lavé.

—¿Qué… qué?

—Cógelas.

Ni una palabra más. Aquellos locos tenían fama de ser parcos en palabras. De hecho, su patria Laconia o Lacedemonia había dado origen al adjetivo «lacónico» cuando uno decía algo sin irse por las ramas.

"Al quinto día tuvo lugar el primer ataque. Tropas de Media y de Juzestán fueron las designadas. Cayeron sobre los espartanos cual plaga de carcoma. Fue una carnicería: los espartiatas los barrieron sin esfuerzo"

El persa no daba crédito. Esos bastardos se estaban trenzando los cabellos y puliendo sus armas con esmero. Querían que las moiras los hallaran bellos en la muerte. Tragó de nuevo saliva. Temía la cólera de su Rey si se presentaba ante él con las manos vacías. Pero si se quedaba ante esos salvajes, no tenía ni la más mínima duda de que acabarían empalándolo con alguna de sus lanzas. Encomendándose por enésima vez a Ahura Mazda esa mañana, dio la espalda a los espartanos y se encaminó hacia su destino, repitiéndose una y otra vez la sentencia de Leónidas: «Molón lavé».

A las pocas horas un jinete arrojó sobre los lacedemonios un mugriento envoltorio con la cabeza del emisario. Así pagaba el «gran» Jerjes a sus súbditos.

Al quinto día tuvo lugar el primer ataque. Tropas de Media y de Juzestán fueron las designadas. Cayeron sobre los espartanos cual plaga de carcoma. Fue una carnicería: los espartiatas los barrieron sin esfuerzo. Los escudos de mimbre, las espadas cortas y los venablos de los bárbaros nada pudieron hacer contra la falange helena, mucho mejor armada y disciplinada. Centenares de medos exhalaron su último suspiro en aquellos parajes, machacados por los escudos o atravesados por las lanzas y espadas de los hoplitas espartanos. Apenas 3 de ellos murieron, mientras que una docena resultó herida, ningún inútil para el siguiente combate. Leónidas, fiel a su fama, se batió en primera fila, escoltado por Dienekes a su derecha y por Lisandro a su siniestra. Los ilotas, que cubrían las espaldas de su señores y que estaban adiestrados para acudir en su auxilio si la situación lo requería, ni siquiera tuvieron que desenvainar sus xifoi.

Sin tiempo a que los médicos ilotas terminaran de coser las heridas de sus amos, Jerjes ordenó la carga de lo mejor de su contingente: los temibles Inmortales, la guardia real, formada siempre por 10.000 efectivos seleccionados entre lo más granado de los ejércitos asiáticos y protegidos con una malla metálica hasta los pies.

"Tal hedor desprendían los cadáveres que Leónidas aceptó una tregua para retirarlos. A los heridos persas los dejaron arrumbados allí. Los propios ilotas se vieron obligados a degollarlos y a incinerarlos en enormes piras"

Al principio los helenos fingieron aterrorizarse y comenzaron a huir hacia su retaguardia. Los Inmortales, comandados a distancia por Hidarnes, corrieron tras los fugitivos, perdiendo la formación. A una señal de Leónidas, los Hippeis se dieron la vuelta, formaron su falange habitual y, al igual que un campesino acomete con su guadaña un campo de mieses tostadas por el sol, se lanzaron sobre los sorprendidos Inmortales enviando a casi dos millares de ellos de viaje al Tártaro. No hacían honor a su epíteto: inmortales no eran. Al contrario. Jerjes se encargaría de reponer inmediatamente el número de los caídos para que siguieran siendo 10.000, pero aquellos 2000 caídos a manos espartanas eran bien mortales.

Cuando los medos se replegaron aterrorizados, Leónidas pudo quitarse su casco corintio y tomar un largo trago de vino que le ofreció un ilota en un odre, mientras pasaba revista a sus hombres. Apenas tuvieron bajas. Unos pocos heridos de consideración más que antes, pero, aun con un ojo menos, seguirían combatiendo junto a los suyos donde su diarca les ordenara.

El jefe de los ilotas, que había asistido a los combates desde el muro, informó a su señor de que Jerjes se había hecho erigir un trono en un promontorio a la entrada del desfiladero para asistir a la batalla. Se levantó tres veces de él, mesándose barba y cabellos y llegando, incluso, a azotar a sus generales.

Leónidas ordenó que los ilotas, auxiliados por los 900 periecos lacedemonios, ocuparan el lugar de sus Hippeis, para que éstos se retiraran a descansar. Cenaron su habitual sopa negra, hecha con sangre y vísceras, y entonaron un peán en honor a Ares por la victoria conseguida. Durmieron como benditos.

"Demófilo se arrojó a su pies, lo agarró suplicante de la rodilla y le pidió que no ofendiera a los tespios obligándoles a abandonar las Termópilas"

El sexto día, ayer, fue un calco del quinto. A media mañana un mensajero de la Liga Helénica acudió a informarle de que, según lo pactado, las trirremes griegas se estaban batiendo contra la escuadra bárbara en el cercano estrecho de Artemisio, con la intención de obstaculizar el avituallamiento del innumerable ejército vomitado por Jerjes sobre la Hélade.

Los medos redoblaron sus ataques pero volvieron a encontrarse con la muralla lacedemonia, multiplicando sus muertos y mutilados. Tal hedor desprendían los cadáveres que Leónidas aceptó una tregua para retirarlos. A los heridos persas los dejaron arrumbados allí. Los propios ilotas se vieron obligados a degollarlos y a incinerarlos en enormes piras.

Los espartanos caídos fueron incinerados según la costumbre, con los honores de sus Iguales, que danzaron alrededor de su túmulo con toda su panoplia al son de los auloi. Cuando la noche cayó, aún seguían los trenos y el banquete y libaciones en homenaje de los que dieron la vida por su patria.

Leónidas fue despertado por un heleno que había escapado del campamento de los persas. No podía traer peores noticias: ante Jerjes se había presentado un traidor, un pastor tesalio de nombre Efialtes, que había informado al monarca bárbaro de la Senda Anopea y se había ofrecido a guiarlos por el paso. Bastante antes de rayar el alba los 10.000 Inmortales, heridos en su orgullo por las derrotas anteriores, se habían puesto en marcha para caer por la espalda de los defensores.

"Un jilguero interrumpió sus ensoñaciones con un bellísimo trino. El rey lo escuchó, deleitado, cerrando los ojos y llenándose los pulmones con la brisa marina. ¡Cuánta hermosura! Revisó su vida"

El diarca ordenó avisar a sus Iguales y que éstos se dirigieran a las cercanas pozas termales para asearse y acicalarse. Allí se reunió con ellos, asistido en su embellecimiento por Dienekes y Lisandro. Los strategoi de los aliados también acudieron. Les ordenó que se replegaran con sus tropas hacia el Istmo de Corinto, donde el otro diarca espartano se había concentrado con el grueso de las tropas lacedemonias y las de las demás naciones confederadas. Demófilo, el strategos de los tespios, le pidió que los espartanos encabezaran la marcha y que sus tespios cerraran la columna, protegiendo la retirada.

Leónidas lo miró con una sonrisa sardónica. En ningún momento había insinuado que los espartanos se iban a retirar. Los que se retiraban eran ellos y el resto de tropas aliadas. Y debían hacerlo ya, antes de que los bárbaros cerraran la tenaza. Demófilo se arrojó a su pies, lo agarró suplicante de la rodilla y le pidió que no ofendiera a los tespios obligándoles a abandonar las Termópilas. Que les concediera el honor de combatir junto a ellos. Lo mismo hicieron los 400 beocios, avergonzados porque su polis había traicionado a la Hélade entera alineándose con los invasores. Lo mismo suplicaron los ilotas. El rey acabó concediendo a todos el honor de morir a su lado defendiendo la libertad de Grecia.

Acto seguido, resplandeciente en sus armas, se dirigió con sus Iguales a la embocadura del desfiladero. Los tespios y beocios se apostaron a sus espaldas para frenar la acometida de los Inmortales.

Un jilguero interrumpió sus ensoñaciones con un bellísimo trino. El rey lo escuchó, deleitado, cerrando los ojos y llenándose los pulmones con la brisa marina. ¡Cuánta hermosura! Revisó su vida. No había estado nada mal. Leónidas, el hijo del león, nacido en la casa reinante de los Agíadas en tercer lugar no tenía, al principio, ninguna oportunidad de reinar. La muerte de sus medio hermanos Cleómenes y Dorieo lo habían hecho subir al trono doble de Esparta junto con el otro diarca de la casa de los Euripóntidas, Leotíquidas II.

"El lema de Esparta era Vencer o morir, por lo que les era impensable arrojar su escudo para no deshonrar a su familia y a su patria"

Su linaje se remontaba al mismo Heracles, pues habían sido los descendientes del semidiós, los Heráclidas, los que lo habían sembrado cuando se asentaron en Lacedemonia en la noche de los tiempos. Había servido con honor a su patria atacando bajo las órdenes de su medio hermano y suegro Cleómenes a Atenas, para derrocar a Clístenes y a sus perniciosas ideas democratizadoras, y luego a Argos, donde sus tropas acabaron con más de 6000 argivos. También había aplastado con sus espartiatas varias revueltas de esos miserables ilotas mesenios, que querían liberarse del yugo espartano.

Se había casado con su sobrina Gorgo, que ya fue una excepcional consejera de su padre Cleómenes cuando aquél ostentaba la corona antes de perder el juicio y tener que ser enclaustrado en una celda, en la que él mismo se dio muerte mutilándose de manera atroz. Gorgo había sido una esposa ejemplar, preocupada siempre por mantener un cuerpo robusto y sano a base de durísimo ejercicio. Le había dado un heredero al trono, Plistarco, con el que la estirpe del León estaba asegurada.

"Su sacrificio era necesario para que la Hélade albergara alguna esperanza"

Cuando los éforos decidieron que debían enviar a la crema del ejército laconio a su diarca Leónidas, escoltado por su guardia de honor, Gorgo lo despidió sin mostrar pena ninguna, guardando la dignidad exigible a una Heráclida, pues por sus venas también corría la sangre del descendiente de Zeus. Le entregó su hoplón, su gran escudo circular de madera reforzada con láminas de bronce y piel prensada, a la vez que decía las frases rituales con las que las espartanas despedían a los suyos cuando iban a combate: “Con él o sobre él”. Cuando a un hoplita le iban mal las cosas y decidía huir, lo primero que hacía era arrojar su escudo y salir corriendo. El lema de Esparta era “Vencer o morir”, por lo que les era impensable arrojar su escudo, para no deshonrar a su familia y a su patria. A los muertos o heridos sus propios compañeros los devolvían a sus casas usando los escudos como parihuelas. Un espartano volvía a su hogar llevando su escudo o siendo llevado sobre él.

El Hijo del León sabía que se dirigía a una muerte segura. El oráculo que el divino Apolo había proporcionado a los embajadores laconios en su santuario de Delfos no dejaba lugar a dudas:

Mirad, habitantes de la extensa Esparta:

o bien vuestra poderosa y eximia ciudad es arrasada por los descendientes de Perseo

o no lo es; pero en ese caso,

la tierra de Lacedemón llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles,

pues al invasor no lo detendrá la fuerza de los toros

o de los leones, ya que posee la fuerza de Zeus. Proclamo

en fin, que no se detendrá hasta haber devorado a una

u otro hasta los huesos.

Por eso lo enviaron a él, un rey de la estirpe de Heracles. Su sacrificio era necesario para que la Hélade albergara alguna esperanza. Su colega Leotíquidas cumpliría su parte y haría honor a la fama de Esparta al frente del grueso del ejército en el Istmo de Corinto.

Aun siendo conscientes de que las Termópilas serían su tumba, tanto él como sus Hippeis consideraron un honor esa orden emanada de la Gerusía o consejo de ancianos y los Éforos, con el visto bueno de la Apella (asamblea). La agogé, la durísima educación que desde sus más tierna infancia recibían los espartiatas, los había preparado para ello.

Había tenido una vida plena y su patria le había concedido el honor de una muerte digna. Todos los que lo acompañaban tenían hijos varones. La continuación de sus linajes estaba asegurada.

"Miró de nuevo a sus hombres. La mitad de ellos decoraban sus escudos con la terrorífica cabeza de la Gorgona Medusa, en honor a su esposa Gorgo. La otra lo hacía con la tradicional Λ, la lambda mayúscula de Lacedemonia. Ahí estaban sus 300"

¿Qué más podía pedir a los dioses? Había esquivado a la muerte en innumerables ocasiones a lo largo de sus bien cumplidos sesenta inviernos. Su cuerpo le respondía al igual que lo hiciera en su mocedad. Su largo cabello, trenzado en siete trenzas como era tradicional en los Heráclidas, estaba todo plateado, pero su belleza y vigor se igualaba a la de los más jóvenes de sus Hippeis, a quienes les sacaba casi 40 años.

Miró de nuevo a sus hombres. La mitad de ellos decoraban sus escudos con la terrorífica cabeza de la Gorgona Medusa, en honor a su esposa Gorgo. La otra lo hacía con la tradicional Λ, la lambda mayúscula de Lacedemonia. Ahí estaban sus 300. Los que habían caído en los enfrentamientos anteriores habían sido sustituidos por los mejores de los ilotas y los periecos, que habían recibido el mismo entrenamiento militar que sus señores. Bueno, no eran 300, sino 301: Menón, el hijo de Lisandro, empuñando sus xifos con la única mano que conservaba y llevando el escudo atado en el muñón que le quedó tras que le amputaran medio brazo derecho, cerraba el flanco izquierdo.

Leónidas se caló el casco corintio, coronado con una espectacular crin de caballo. Miró orgullosos a sus Iguales y los arengó por última vez:

Esta noche seremos invitados de honor en la mesa de Hades, allá en ultratumba. Juro por el divino Heracles que azotaré a quienes osen pellizcarle el culo a Perséfone —una carcajada lo interrumpió—. No olvidéis que, aunque muertos, seguimos siendo espartiatas. Sé que seréis dignos de la inmortalidad que nos espera con nuestra muerte. Ahora, llevémonos por delante al mayor número posible de esos inmundos bárbaros para que nos sirvan en el Infierno.

Leónidas dio la señal de que sonaran las flautas de guerra. Formaron la falange de ocho filas de fondo. Comenzaron a avanzar pausada pero imparablemente, entonando un peán.

Los iranios quedaron perplejos al ver cómo esos locos abandonaban la salvaguarda del muro y se dirigían hacia ellos: apenas medio millar contra más de 250.000.

La vanguardia meda no pudo resistir la acometida espartana y se desmoronó ante su letal empuje. El diarca, entonces, dio una señal. Todos sus hombres rompieron al unísono las lanzas: llegado era el tiempo de las espadas.

"Leónidas acabó atravesado por varias jabalinas y rematado por una estocada de un sable de caballería"

Justo en ese instante aparecieron los 10.000 Inmortales, comandados por Hidarnes. Chocaron, como el mar que se estrella contra los acantilados, con las tropas tebanas y tespias, que cubrían la retaguardia. La lucha, aun desigual, pues los persas superaban en una proporción de 10 a 1 a los griegos y aquéllos eran profesionales, mientras los helenos no, fue sangrienta: los hijos de la Hélade vendieron bien cara cada vida que se cobraba la furia asiática.

En la vanguardia, los iranios se concentraron en abatir a Leónidas. Sus leones se batieron como furias, protegiendo con su propio cuerpo a su señor. Menón, el hijo de Lisandro, paró con su garganta un venablo que iba dirigido al pecho de su diarca. Precedió en la bajada al Hades a su progenitor. Éste no se dejó llevar ni por la furia ni por el dolor. Apretó los dientes, regurgitó su dolor y se concentró en proteger a su rey con el escudo, indiferente a las dos flechas que llevaba clavadas en el pecho y a la herida en la corva que le había infligido un egipcio, al que había rematado con la contera de su lanza.

Era como un río luchando contra la furia desatada de un océano. Leónidas acabó atravesado por varias jabalinas y rematado por una estocada de un sable de caballería. Lisandro y el ilota Cleón comandaron el escuadrón que se abalanzó sobre sus asesinos y protegieron con sus cuerpos el cadáver.

Los generales iranios, furiosos por la tenaz resistencia, ordenaron replegarse a su infantería, que los arqueros rodearan al medio centenar de espartanos supervivientes y que los asaetearan sin piedad. Una tormenta de flechas y proyectiles de hondas esparció la muerte entre los vástagos de Esparta.

Sólo cuando se percataron de que no quedaba en pie ninguno, los Inmortales, que habían acabado con los tespios y tebanos, se arrojaron como hienas sobre los espartanos, degollando a los heridos y despojando de sus armas a los muertos.

El cadáver de Leónidas fue ultrajado: tras orinar en él, le arrancaron los ojos, se los dieron a comer a los perros de Jerjes, y lo descuartizaron, exponiendo sus restos en una cruz, para escarnio de los que osaran plantar cara a la cólera del Gran Rey.

Cuando los medos celebraban la victoria en su campamento, una sombra surgió de la noche y se dirigió a la cruz donde habían clavado a Leónidas. Sacó un puñal y le extrajo el corazón. Lo envolvió en un paño y lo introdujo en su zurrón. El corazón del Hijo del León reposaría en su patria y allí recibiría los honores que Jerjes mandó negarle.

En las Termópilas murieron casi mil helenos. Nació una leyenda.

***

El timbre del recreo lo hizo descender del Olimpo. La clase estaba desierta. Sus alumnos se habían ido marchando sin que él, poseído por los dioses, se hubiera percatado. Cerró el volumen de las Historias de Heródoto. Con la lectura de alguno de sus pasajes había intentado dotar de más fuerza la narración de lo que aconteció en las Termópilas en el verano del 480 a.C. Habían visto en clase la película 300 de Zack Snyder. Como trabajo final de trimestre les había propuesto a sus estudiantes que compararan lo que contaba esta película con lo que aconteció según los historiadores. Por eso había dedicado varias clases a explicarles lo que las fuentes decían.

Aunque, a la vista de cómo sus alumnos se habían ido desentendiendo de él, tenía serias dudas de que a éstos les interesara de verdad lo que narraban Heródoto, Diodoro Sículo o Plutarco. Seguro que para su trabajo se dedicarían a cortar y pegar en la Wikipedia y a presentarle un mejunje sin sustancia.

Maldijo de nuevo a los pútridos políticos que habían vomitado un sistema educativo, reforma tras reforma, tan pernicioso y condescendiente con el alumnado y la necesidad de esforzarse. No tenía nada contra sus estudiantes. Los consideraba víctimas: les habían robado la educación.

"Contando a Jaime, había tenido que asistir a 4 entierros de sus estudiantes en los 30 años que llevaba como profesor de instituto en centros públicos. Eso dejaba cicatrices"

Mientras borraba la pizarra y apagaba el proyector y el ordenador, intentó confortarse con la idea de que, si no era él quien les contara estas hazañas a los poco más de 20 estudiantes de Cultura Clásica en aquel centro de 1200 alumnos, nadie les hablaría de Heródoto. Eso era un crimen de lesa humanidad. Tan grande como que sólo 6 alumnos estuvieran estudiando griego en aquel macrocentro. Se ciscó en toda la parentela de aquellos tecnócratas que soñaban con ahogar las Humanidades para conseguir una sociedad analfabeta, sumisa y acrítica, que fuera presa fácil de multinacionales a las que sólo les importaba que los ciudadanos consumieran y volvieran a consumir, sin juicio ni raciocinio.

Miró con nostalgia las paredes de su aula. Estaban decoradas con pósters de monumentos griegos y romanos, con bustos del padre Homero y de Atenea, su diosa predilecta, y con las fotografías sacadas cuando, le parecía que en otra vida, hacía teatro con sus alumnos y los llevó a actuar por diferentes lugares de la geografía hispana. Los dioses les habían obsequiado con poder subirse a los escenarios de los teatros romanos de Segóbriga, Mérida, Itálica, Sagunto o Baelo Claudia.

Se detuvo en una instantánea obtenida en la representación que hicieron de Hécuba 20 años atrás en Mérida. En ella, ataviado como uno de los guerreros de Odiseo, se reconocía a Jaime. Al jodido le quedaban bien la armadura y el yelmo corintio. Acarició su imagen. Un año después de aquella inolvidable representación le tocó consolar a sus cachorros en el entierro de Jaime: un estúpido accidente de moto segó su vida en plena adolescencia.

"Harto de joderles la vida a sus presuntos discípulos lamió unas cuantas rabadillas y consiguió ascender a inspector, de manera interina al principio. Ahora podría joder a sus antiguos compañeros de profesión"

Contando a Jaime, había tenido que asistir a 4 entierros de sus estudiantes en los 30 años que llevaba como profesor de instituto en centros públicos. Eso dejaba cicatrices. Cicatrices aliviadas cuando María José le pidió que la casara con su esposo recreando una ceremonia romana o cuando algún joven, cuyo nombre y aspecto habían borrado las nieblas del tiempo, le escribía a través de las redes sociales o lo paraba por la calle agradeciéndole lo que vivieron con él en sus años de instituto.

Arrulló con los ojos los objetos que lo habían acompañado a lo largo de los trasiegos que había ido dando en los 5 centros en los que había trabajado hasta llegar al actual. En un rincón tenía apilados los materiales de vestuario y atrezzo que había podido rescatar de su fenecida etapa de director de grupos de teatro escolar especializados en el mundo grecolatino.

Una bocanada de bilis le inundó el alma. Fue de golpe consciente de que la anterior tal vez fuera la última clase que iba a dar en su carrera. Le quedaban un mínimo de 8 cursos para poder prejubilarse con todos los derechos, si los capullos de corbata y modelitos pitiminí no les robaban a los profesionales de la enseñanza más derechos desde sus escaños y despachos. Pero, mucho se temía, lo iban a apartar de la que había sido su pasión y en lo que se había volcado durante los últimos 30 años.

Todo comenzó cuando aquel paniaguado del inspector de su centro se cebó con él. Sus compañeros de otras asignaturas ya habían despotricado contra éste: era un amargado, un desertor de la tiza, un esjraciao que daba Física y Química en su centro y se ufanaba de suspender al 90 por ciento de los infelices que tenían la desgracia de ser sus alumnos. Harto de joderles la vida a sus presuntos discípulos lamió unas cuantas rabadillas y consiguió ascender a inspector, de manera interina al principio. Ahora podría joder a sus antiguos compañeros de profesión.

" Él le contestó que era la administración la que tenía que formar a sus funcionarios en su jornada laboral y no obligarles a hacerlo fuera de ésta"

Cuando le dijeron que el inspector quería verlo, acudió al despacho del director y se encerró con él solo. Cometió el error de tutearlo, dando por hecho que, como ambos bogaban en el mismo navío de la educación pública, eran colegas. El inspector vomitó un estufido y lo recriminó por osar tratarlo de tú. Le pidió las programaciones de las 5 materias que tenía que impartir ese año, una de las cuales era ajena a su departamento y lo habían obligado a enseñarla, indiferente la Administración a que era una estafa para alumnos y familias forzar a un profesor a impartir una asignatura que no dominaba. A nadie, por ahora, se le ocurría que un proctólogo te operara de corazón a vida o muerte. Entonces, ¿por qué obligaban a uno de Clásicas a dar inglés?

Iba a quejarse ante su superior también de que le habían encasquetado hasta a 3 criaturas llegadas en patera desde el Magreb, que no tenían ni idea de español. Alguno hasta era analfabeto, ya que ni siquiera había estado escolarizado en su patria. Se los habían matriculado en Latín de 4º. Allí los habían dejado, abandonados a su suerte. Su centro, como casi todos los públicos, no tenía profesores especialistas suficientes para atender a este alumnado tan vulnerable. Él nunca había enseñado español para extranjeros ni, mucho menos, aprendido a alfabetizar en español a un alumno magrebí.

Se había quejado ante su jefe de estudios y ante su director, pero éstos se encogían de hombros. La Consejería se desentendía de esta problemática, que se daba sobre todo en los centros de titularidad pública. Ahora lo iba a escuchar ese paniaguado. Éste lo miró por encima de sus gafas de cerca con displicencia. No se molestó en contestarle. Recalcando con el bolígrafo sobre un punto concreto de la programación de latín de 2º de bachillerato, la de la evaluación por estándares, lo interpeló sobre cómo usaba con ellos las rúbricas de evaluación.

"El culiprieto lo interrumpió con brusquedad. Le dijo que era un fraude. Se quedó helado. Le pidió que repitiera lo que había dicho"

Al docente se le atragantó la saliva. No sabía qué responderle. No entendía qué leches era eso de las rúbricas. Ese apartado lo había copiado en su programación del decreto ley, sin comprenderlo. Desde que el nefasto ministro Wert evacuó la LOMCE, la burocracia inútil y alambicada era la pesadilla de los profesionales del aula. Un ejemplo eran los pútridos estándares. Era totalmente imposible aplicar casi 50 de ellos a cada uno de los más de 150 alumnos que tenía. Le habían dicho que los pocos que lo hacían usaban tablas de Excel o similares o una complejísima aplicación, que una empresa afín al partido en el poder le había vendido a la Administración a precio de oro y había que ser expertísimo en informática para saber usarla.

El inspector le ladró que, como funcionario, él debía procurarse por su cuenta la formación necesaria para estos menesteres. Él le contestó que era la administración la que tenía que formar a sus funcionarios en su jornada laboral y no obligarles a hacerlo fuera de ésta. Él se formaba sobre cómo enseñar mejor las materias en las que era especialista y, encima, en intentar impartir dignamente la asignatura ajena a su formación que le obligaban a enseñar.

El culiprieto lo interrumpió con brusquedad. Le dijo que era un fraude. Se quedó helado. Le pidió que repitiera lo que había dicho. Él era un fraude, masticó con deleite el otro cada una de las sílabas.

"El expediente duró mes y medio. Tuvo que ir a declarar a la consejería tres veces. El inspector negó siempre que le hubiera dicho que era un fraude y cosas peores"

No supo reaccionar. 30 años de enseñanza, en los que se había dejado el alma para que sus alumnos estuvieran preparados, a fin de levantar el vuelo y labrarse el mejor futuro usando el mundo clásico como arma de culturización masiva. 30 años. Más de 5000 adolescentes habían pasado por sus manos y de ellos le había devuelto a la sociedad médicos, abogados, profesores, informáticos, guardias civiles, albañiles, camareros, psicólogos… 30 años recorriendo España con sus estudiantes de los diversos grupos teatrales que formó, haciéndoles vivir una experiencia que se les marcaría a fuego en su corazón para bien. 30 años escuchando, a veces sin quererlo, confesiones de criaturas atribuladas que acudían a él para confiarle sus secretos familiares, sus dudas sobre su orientación sexual, sus angustias vitales. 30 años en el duro lodo de las aulas públicas y aquel capullo le decía que era un fraude.

No supo contenerse. Estalló y le dijo a aquel petimetre todo lo que pensaba de él, todo lo que había escuchado sobre su despotismo con sus alumnos, primero, y sus subordinados, después. A sus gritos entraron en el despacho el director y dos jefes de estudios. El inspector estaba granate y no paraba de rebuznar amenazas. No se arredró delante de sus jefes y siguió cantándole las 40 a aquel soplacirios, incluso cuando acudieron varios compañeros atraídos por el escándalo.

Consiguieron sacarlo del despacho. El chichipán lo persiguió gritando que era un fraude, que le iba a abrir un expediente disciplinario y que no iba a parar hasta que lo echaran de la carrera docente. El profesor se volvió como un minotauro. El petimetre se jiñó encima y corrió a refugiarse detrás de una jefa de estudios. Desde ese parapeto continuó graznando amenazas.

El expediente duró mes y medio. Tuvo que ir a declarar a la consejería tres veces. El inspector negó siempre que le hubiera dicho que era un fraude y cosas peores. Era su palabra contra la suya. Ninguno de sus compañeros quiso declarar que habían escuchado al inspector faltarle el respeto. Algunos zagales sí que se ofrecieron voluntarios: habían sido testigos de los improperios del jerifalte. No les dejaron hacerlo.

Esa mañana su director le había avisado de que el inspector iba a venir en el recreo con la resolución del expediente. Quería verlo en su despacho. Le respondió que no pensaba ir al despacho, que, si aquel ovejo deseaba verlo, acudiera a su aula, a su reino.

"Tenía fama de ser un baboso. Nadie comprendía cómo no lo había denunciado ninguna profesora. Cualquier excusa era buena para aquel córvido a fin de abrazar a una de sus subordinadas si estaba de buen ver"

Allí lo estaba esperando. Se dirigió al rincón del atrezzo y comenzó a vestirse la armadura que llevaban los hoplitas en Las Troyanas. Mientras se ajustaba las grebas pensó en su psiquiatra. Lo había ayudado mucho a salir de los Años Oscuros, incluso cuando estuvo en el psiquiátrico pues no conseguía emerger del abismo por sí mismo. Volvió a ella cuando estalló el conflicto. Le aconsejó que se pidiera una baja. Tenían su depresión bajo control gracias a las terapias y a la medicina, pero una situación como aquélla podía hacerlo volver a caer al lodazal. Él se negó. El curso estaba muy avanzado y sobre sus alumnos de segundo pendía la Selectividad, amenazadora.  No podía abandonarlos a su suerte.

Eligió la lanza que empuñaba Odiseo en el Áyax de Sófocles. Comprobó su punta y su contera. Seguían impecables. Miró por la ventana. Los patios estaban llenos de zagalones que aprovechaban de mil maneras la tregua del recreo. Los iba a echar de menos. Más de lo que imaginaba. Arturo y Mohamed lo saludaron desde las escaleras del gimnasio. Le recordaron que a cuarta tenían clase con él. No dijeron nada al verlo vestido de hoplita. Estaban acostumbrados a sus extravagancias. No era la primera vez que se disfrazaban él o sus pupilos para explicar alguna cosa relacionada con su materia.

De repente vio salir al buitre del edificio donde estaba Dirección. Lo acompañaban el director y dos jefes de estudios. Tenían miedo a su reacción cuando el inspector le comunicara que lo suspendían de empleo y sueldo por tiempo indefinido. Hacían bien.

"Volvió a encomendarse al héroe que le regaló su nombre y le sirvió de modelo durante cada segundo de su existencia. Se caló el yelmo corintio. Empuñó la lanza y se parapetó en sus Termópilas"

Habían de atravesar el patio central. En mitad de él estaba haciendo guardia Mar, la compañera del Departamento de Orientación. Mar era una perita en dulce de poco más de 25 años. Tenía una figura espectacular y ella lo sabía. Llevaba dislocado a medio claustro masculino e innumerables alumnos y alguna chica también estaban enamorados de ella. El inspector la vio y acudió a ella como los abejorros a la miel. Tenía fama de ser un baboso. Nadie comprendía cómo no lo había denunciado ninguna profesora. Cualquier excusa era buena para aquel córvido a fin de abrazar a una de sus subordinadas si estaba de buen ver. Todas echaban pestes de él, pero ninguna se atrevía a acusarlo.

Ahora mismo había cogido por el hombro a Mar, a la que se le notaba la incomodidad. El córvido le estaba haciendo una radiografía al vestido ajustado que su compañera llevaba.

El docente abrió la ventana y, haciendo uso de todo lo que había aprendido sobre cómo proyectar la voz, gritó estentóreamente:

—¡Eh, tú, inspectorzucho, cacho capullo, deja en paz a la profesora! Deja de sobarla y no le mires tanto el culo. ¿No ves que la estás agobiando? ¿Qué va a decir la mojigata de tu mujer?

Un silencio sepulcral se cernió sobre las 500 almas que poblaban aquel patio. Roto por una carcajada casi general. El carroñero bufó como un toro. Agachó la testuz y embistió hacia el edificio en el que estaba el Aula Clásica, seguido por su comitiva. A sus espaldas, Mar agradeció a su compañero el capote que le había echado.

Leónidas vio venir al que se había erigido en su verdugo. No tenía ni un cuarto de hostia y se atrevía a desafiar al Hijo del León, confiado en su abrumadora superioridad por estar en la punta de la pirámide del poder. Volvió a encomendarse al héroe que le regaló su nombre y le sirvió de modelo durante cada segundo de su existencia. Se caló el yelmo corintio. Empuñó la lanza y se parapetó en sus Termópilas. Aquellos bárbaros querían su dignidad. Su carrera. Su vocación. Lo que lo había mantenido vivo. Lo iban a conseguir, sin duda. Pero les iba a hacer sudar sangre. No iban a quedar incólumes.

El bárbaro aporreó la puerta hecho un basilisco.

Una cavernera trinó con dulzura desde la morera frontera a la ventana. Leónidas inspiró con delectación:

—¿Quieres mi dignidad? Mólon lavé.

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