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Visca Pla, visca Catalunya

Visca Pla, visca Catalunya

He aquí un libro oportunísimamente aparecido. Un libro con efecto antihistamínico, como esos medicamentos que se toman al sentir los primeros síntomas de una alergia y te dejan nuevo. La alergia, claro, es a Cataluña. No la arrastramos desde hace mucho —uno nunca ha comulgado con el aborrecimiento a los catalanes que se nos impone a los que vivimos en Madrid—; la hemos incubado en los últimos meses, insoportables, con esos personajes ridículos, aupados en su insustancialidad: el president alunado de semisonrisa boba, la señora del parlament y sus tardos balbuceos de fanática, el entrenador de fútbol —un figurín—, los valleinclanescos consellers… gente nea, mesiánica, fulleros. Pues bien, todos estos y más que hay, todos, quedan redimidos ante nuestros ojos por el hecho de ser paisanos de Pla.

Bien dijo Baroja —o debió decirlo; o quizá fuera el barojiano Pla— que el nacionalismo es la manera más estúpida de ser de derechas. Pues este libro, al menos a mí, me ha curado de la erisipela anticatalana en una única toma. Y eso que la dosis es bien pequeña, casi homeopática, apenas unas notas reunidas con no demasiado pegamento entre ellas. Pero es un Pla en estado puro. Corresponden a una hipotética segunda parte de Notas dispersas, que completaría el doceavo (sic) volumen de su Obras Completas, según nos aclara el prólogo que, ordinales aparte, aporta mucha información especialmente útil por la propia condición —intemporal, inclasificable— del texto.

"El libro se lee volando, y no duraría ni una tarde de las de ahora —que son cortas— si no fuera porque cada dos por tres hay que parar a apuntar citas."

Este zibaldone ampurdanés tiene de todo: apuntes literarios, claro, pero también recuerdos personales, anécdotas, notas al paso, un par de cartas y, ¡ay!, comentarios sobre Cataluña y los catalanes sobre los que conviene prevenir —aunque quizá no sea esta la palabra correcta— al de por sí avisado lector, sobre todo si es votante, ejem, de Ciudadanos, para que transite por esta parte de puntillas.

El libro se lee volando, y no duraría ni una tarde de las de ahora —que son cortas— si no fuera porque cada dos por tres hay que parar a apuntar citas. Van algunas (y somos conscientes de que nuestras apostillas no están a la altura, pero, ¿cómo resistirse?):

La eterna cuestión educativa:

La finalidad de la educación clerical en nuestro país (…) consiste en mantener vivo el sentimiento de la diferencia de clases. Dar a los ricos la sensación de que son distintos a los demás.

Un interesante aporte al actual debate sobre la reforma de la Constitución:

El 18 de junio de 1822 salía en Madrid un diario humorístico que costaba tres céntimos y se llamaba El Tribuno. Este diario propuso una constitución para el país que constaba solo de dos artículos: Art. 1. Todo el mundo tendrá facultad de mandar y prohibir cuanto se le antoje. Art. 2. Todo el mundo podrá desobedecer siempre que le traiga cuenta.

Una explicación ex-ante de las mayorías absolutas del PP y Convergencia:

Cuando se produce una situación (…) en que la gente puede robar a manos llenas impunemente, a esa gente al instante le entra el miedo de que la sociedad de la que forma parte se pueda derrumbar. El ladrón quiere seguridad para el presente y para el futuro.

Mil discursos del procés no valen lo que esta frase…

Se puede conquistar con un arrebato. Colonizar implica inteligencia, España.

…ni mil llamadas al boicot de los productos catalanes lo que ésta:

Los champanes catalanes son contrarios al bienestar humano elemental y normalísimo. La gente del país bebe este líquido porque este es un pueblo de gente sobria que, por lo tanto, aspira, de vez en cuando, a encontrarse mal. Es fatídico.

Hablando con sinceridad…

Hablando con sinceridad, el catalán es un pueblo llorica. Nunca está contento.

Y, finalmente, la que el editor ha usado, con todo acierto, para titular el volumen:

Nada me hace ilusión. Cuando me hablan de la felicidad, la cursilería de la palabra hace que me parta en dos de la risa. Lo ideal es hacerse todas las ilusiones posibles y no creer en ninguna.

Como ya sabíamos y ahora confirmamos, Montaigne se reencarnó en este señor de Palafrugell… incorporando en el tránsito, además de la boina, el cinismo suplementario para poder salir a ver el mundo que hay fuera de la torre. 

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Autor: Josep Pla (Edición de Francesc Montero). TítuloHacerse todas las ilusiones posiblesEditorial: Destino. VentaAmazonFnac y Casa del libro