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Y todo esto, ¿quién lo paga?

Y todo esto, ¿quién lo paga?

Confieso mi debilidad por este personaje llamado Josep Pla (1897-1981). Y confieso, si he de ser sincero, que no fue ni el espléndido El cuaderno gris, ni la emotiva Vida de Manolo, ni su ejemplar biografía de Santiago Rusiñol, lo que provocó que me rindiera —literalmente— a sus pies. A finales de los noventa, ediciones Destino, en su ya histórica colección Áncora y Delfín, puso en mis manos la obra titulada Lo que hemos comido, un libro de recuerdos culinarios en el que, con excelente criterio, se recopilaban algunos de los más relevantes artículos de Pla en torno a la gastronomía. Eran los años en los que comenzaron a aflorar los cocineros-estrella; el tiempo en el que en todas las cadenas televisivas y, lo que es peor aún, a todas horas, aparecía el personaje de turno ataviado con su típico e inmaculado gorro frente a unos fogones. El genio de Palafrugell no necesitaba ninguna especial puesta en escena para captar de inmediato la atención del lector. Bastaba con ponerse a hablar de unas sencillas acelgas para que nos relamiéramos de gusto, por la prosa empleada y también por la manera de sacarle el producto a un plato tan cotidiano y humilde. No sólo conservo el libro, que aún guardo como un tesoro, sino también todos los subrayados. Como aquel en el que el maestro recomienda, con insistencia, utilizar el tomate y, sobre todo, el ajo, con moderación.

"Viaje en autobús no es libro de cocina, pero cuando a Pla se le calienta la mano salen a relucir, como por arte de magia, sin proponérselo acaso, verdaderas lecciones de gastronomía."

Su Viaje en autobús es otra de mis debilidades. Es uno de esos cuatro o cinco libros —acaso alguno más— que escribió en castellano porque le dio la real gana, sin imposición alguna, a pesar de que por entonces, a mediados de los años cincuenta, la dictadura franquista no veía con buenos ojos estas expansiones en otra lengua que no fuera la utilizada en el palacio del Pardo. Lo de viajar en autobús es una simple excusa. Una manera de moverse por el mundo sin salir de casa. Pero tampoco es menos cierto que el autobús, el coche de línea de aquellos tiempos, era la única forma de salir del terruño, de acercarse a los pueblos vecinos y pegar la hebra con los viejos conocidos. Josep Pla, en las páginas preliminares, comienza por reconocer su escasa predilección por lo exótico, lo que, ya de paso, le sirve de disculpa para que todos sepamos las razones que le llevaron a escribir casi únicamente de su entorno, del paisaje y del paisanaje que él conocía como la palma de su mano: “En mis libros –asegura– no hay mosquitos, ni leones, ni chacales, ni objeto alguno sorprendente o raro”. Confiesa su debilidad por lo que él denomina los “países civilizados”. Y, para que le creamos, concluye echando mano de argumentos gastronómicos: lo suyo es el matelote de anguilas, la becada en canapé y la perdiz mediterránea. Y lo demás son cuentos.

Viaje en autobús no es libro de cocina, pero cuando a Pla se le calienta la mano salen a relucir, como por arte de magia, sin proponérselo acaso, verdaderas lecciones de gastronomía, de las que aquí destacan lo referente a las setas y a los caracoles, animalico al que dedica los más sinceros elogios, como si estuviera hablando de su mejor amigo: “Sobre el trenzado de las hierbas, sus largos cuernos de cascabel se mueven briosos y alegres como los velos de Salomé. A su paso queda una estela de espumilla blanca, plateada, como un hilo de nieve”.

"Josep Pla, a la altura en la que escribe su libro, en 1942, conserva aún algo del espíritu noventayochista, por lo que no duda, cuando es preciso, poner patas arriba ciertos convencionalismos de la España más casposa y retrógrada."

Sin embargo, lo que más destaca en esta obra en la que no nos está permitido ni siquiera pestañear, es esa filosofía cotidiana que Pla maneja como ningún otro. Y lo hace a base de ocurrencias, de anécdotas vividas por el propio escritor, de frases lacónicas, breves, pero llenas de encanto, de una indiscutible originalidad y en las que no falta una pizca de humor sabio, propio de quien posee una inteligencia superior y no es demasiado consciente de poseerla. Inventa, por ejemplo, el término “Búfalo nocturno”, expresión que él mismo explica como si fuera algo conocido por todo el mundo: “El búfalo nocturno o matinal, que lo mismo da, es el ciudadano que al lavarse emite bufidos y resoplidos, lanza el agua por doquier, esparce a su alrededor el farfulleo, no para mientes en nada y actúa, por decirlo así, como una fuerza de la Naturaleza”. Y no digamos cuando Pla se pone más fino aún de la cuenta, y le da por enmendarle la plana nada menos que al mismísimo Ramón, inventando greguerías de insospechada rareza: “El pájaro es un reptil fracasado”.

Josep Pla, a la altura en la que escribe su libro, en 1942, conserva aún algo del espíritu noventayochista, por lo que no duda, cuando es preciso, poner patas arriba ciertos convencionalismos de la España más casposa y retrógrada, atacando, por ejemplo, esos estúpidos convencionalismos que surgen, casi siempre, de los llamados cumplidos, como el de “está usted en su casa”, que Pla sólo ve como un simple camelo que, a la hora de la verdad, no sirve para nada. Frases hermosas, rotundas, originalísimas, marca de la casa: “La prisa es un simple pretexto para perder el tiempo”.

En definitiva, el mismo Pla, ni más ni menos, que, según cuentan sus biógrafos, al llegar a Nueva York a mediados de los cincuenta, se quedó observando atentamente los innumerables rascacielos iluminados y preguntó: “¿Y todo esto quién lo paga?”.

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Autor: Josep Pla. Título: Viaje en autobús. Editorial: Destino. Venta: Fnac y Casa del libro

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