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Visiones del amor: Alejandra Pizarnik

Visiones del amor: Alejandra Pizarnik

Yo no sé lo que es el amor, ¿lo sabes tú? Me deslizo por sus cuatro letras y vuelvo al principio. Entonces me escondo en la poesía, el arte que ofrece respuestas. Igual que Alejandra Pizarnik, yo “no quiero ir / nada más / que hasta el fondo”. Pienso, de todos modos, una cosa que ella le escribió a Francisco Porrúa, a modo de tregua. Le dijo: “Si no entiendo / si vuelvo sin entender, / habré sabido qué cosa es / no entender”. Así que volveremos, aun fracasando, con alguna certeza de este viaje, de esta inmersión acuática hacia las paredes de coral del amor que nos prometieron. La poeta argentina será nuestra primera guía.

"El otro al que ama Pizarnik no necesariamente se encarna en otro cuerpo, sino que muchas veces vive al otro lado del espejo"

“¿Y quién no tiene un amor? / ¿Y quién no goza entre amapolas?”, se pregunta una joven Pizarnik en Las aventuras perdidas. Es verdad que todos lo tenemos. Estamos abrazados por ese lazo común, por esa calidez eventual que disfrutamos una vez y añoramos el resto de nuestras vidas. El tiempo de enamorarse es un tiempo primigenio, ajeno a los días, una cosa inconcebible, infantil. Ella lo describe así: “Jardín recorrido en lágrimas / habitantes que besé / cuando mi muerte aún no había nacido“. No hay lugar para la muerte en esos instantes previos, en los que la vida burbujea; no lo hay siquiera para la joven Alejandra Pizarnik, que deletreará después las letras del verbo morir hasta gastar las tintas del mundo entero. Pero primero: “Hemos dicho palabras / palabras para despertar muertos / palabras para hacer un fuego, / palabras donde poder sentarnos / y sonreír”. Primero uno es feliz.

El amor escapa de la soledad, aunque abraza la individualidad. El otro al que ama Pizarnik no necesariamente se encarna en otro cuerpo, sino que muchas veces vive al otro lado del espejo. Lo que ella quiere, lo que exige, es no estar sola nunca más: “Yo no sé de pájaros / no conozco la historia del fuego. / Pero creo que mi soledad debería tener alas“. Tiene esperanza la joven poeta argentina, en la víspera de los años 60, de que esa sombra, La sombra, se disipe por fin y le permita respirar. Observa el mundo y percibe la negrura penumbrosa, pero todavía hay luces centelleando.

Así que escribe poemas tan hermosos como este: “El principio ha dado luz al final / Todo continuará igual / Las sonrisas gastadas / El interés interesado / Las preguntas de piedra en piedra / Las gesticulaciones que remedan amor / Todo continuará igual / Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo / porque aún no les enseñaron / que ya es demasiado tarde“. A ella no le interesan las grandes palabras. No existe el nunca en la mente de Alejandra Pizarnik. Ella es una mujer decidida a batirse en duelo hasta las últimas consecuencias. “Y con las manos embarradas / golpeamos a las puertas del amor”. ¡Caeremos de vuelta al barro y seguiremos golpeando, sépanlo bien!

Algo se quiebra, sin embargo, en Árbol de Diana. Se abren las páginas del libro y se escucha el crujido. Quizá es demasiado barro, pensamos. Ella, la “niña que en vientos grises / vientos verdes aguardó”, escribe al final de su vida lo siguiente: “He sentido amor y lo maltrataron, sí, a mí que nunca había querido”. Se piensa a sí misma como “la que no supo morirse de amor y por eso nada aprendió“. Quizá todo eso viva en la rotura que existe en ese poemario frágil, huidizo que es Árbol de Diana. Un poemario en el que pronto dice lo que busca: “Explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome”. Es ese amor del espejo el que se va, izando las velas, mar adentro, desapareciendo entre la niebla.

"Y vuelve la esperanza. Está ahí de nuevo la Pizarnik de las manos embarradas, que golpea a las puertas del amor, que mira fijamente a las rosas"

En este libro se produce la primera fase del desdoblamiento de la Alejandra Pizarnik conocida. Ahora no hay una, sino que son dos, y alrededor de ellas vive el silencio. Entonces se acerca al espejo y dice: “Cuando vea los ojos / que tengo en los míos tatuados”. ¡De quién son esos ojos sino míos! ¿Dónde está el amor? ¿Qué es, siquiera, el amor? Alejandra Pizarnik sigue preguntándoselo. Yo no lo sé, ¿lo sabes tú? Entonces se gira hecha una furia, como recuperando la compostura, lanza un alarido brutal que recorre la tierra y la hace temblar, saltan pequeñas piedras, se levantan del suelo, vuelven a caer. Escribe: “Una mirada desde la alcantarilla / puede ser una visión del mundo, / la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos“. Y vuelve la esperanza. Está ahí de nuevo la Pizarnik de las manos embarradas, que golpea a las puertas del amor, que mira fijamente a las rosas. Es “un agujero en la noche / súbitamente invadido por un ángel”.

El otro regresa, entonces, en su expresión física, cárnica, material. Se extinguen por un momento las sombras; la poeta argentina le pierde el miedo a los espejos y se inspira en un dibujo de Paul Klee para cantar: “Cuando el palacio de la noche / encienda su hermosura / pulsaremos los espejos / hasta que nuestros rostros canten como ídolos”. Son los versos más luminosos de Alejandra Pizarnik, los que abren Los trabajos y las noches. Mirad el primer poema de este libro, ¡decidme si no es este un canto de amor desabrido!: “Tú eliges el lugar de la herida / en donde hablamos nuestro silencio. / Tú haces de mi vida / esta ceremonia demasiado pura“.

"Después llega la sed, llegan las jaulas metálicas, la muerte de su padre, La extracción de la piedra de la locura"

Pizarnik, consciente entonces de la sombra que la ha acechado, comienza a guardarse en esa otra persona, la que se coloca delante sin necesidad de espejos. A ella le dice —o casi le suplica—: “Recibe este rostro mío, mudo, mendigo. / Recibe este amor que te pido. / Recibe lo que hay en mí que eres tú“. Comienza entonces una batalla por integrarse en ese fulgor, por desalojar la exigencia ancestral según la cual su fuero interno la conduce inevitablemente hacia una verbalización del sentir. Sus poemas de entonces buscan crear formas silenciosas, gritan lo siguiente: ¡no quiero decir nada! Y eso no está mal si estás enamorado. “Del combate con las palabras ocúltame“, le pide.

¡Y entonces se va, quienquiera que sea! ¡Se escurre! Ella recuerda: “Tú hiciste de mi vida un cuento para niños / en donde naufragios y muertes / son pretextos de ceremonias adorables”. El amor es, pues, un cuento para niños, hasta que se termina. Entonces se acaba la niñez. En el poema que da título al libro, Alejandra Pizarnik se lamenta: “He sido toda ofrenda / un puro errar / de loba en el bosque / en la noche de los cuerpos / para decir la palabra inocente“. ¡Ah, inocente el que ama! En el anochecer de ese mismo poemario, la escritora argentina vuelve a rehacerse milagrosamente y exhala un último: “Y aún me atrevo a amar / el sonido de la luz en una hora muerta”. Después llega la sed, llegan las jaulas metálicas, la muerte de su padre, La extracción de la piedra de la locura.

"En el delirio, mira atrás y recuerda los días del tacto, cuando las manos ejercitaban el amor antes que la memoria. Y sabe que aquella persona todavía está dentro de ella"

Ese último poema de Los trabajos y los días es el cierre de la Pizarnik esperanzada. Después, en sus dos últimos libros, su vínculo con el amor oscila entre una cáscara de desprecio y la vulnerabilidad del que pide auxilio: “Manos crispadas me confinan al exilio. / Ayúdame a no pedir ayuda. / Me quieren anochecer, me van a morir. / Ayúdame a no pedir ayuda”. En La extracción de la piedra de la locura regresan las sombras, regresa la soledad de tinieblas que la acechaba. Y regresa lo sospechado: “He tenido muchos amores —dije— pero el más hermoso fue mi amor por los espejos“.

La Alejandra Pizarnik de sus últimos años de vida ejercita la poesía como un acto de huida. Abre así El infierno musical: “Y qué es lo que vas a decir / voy a decir solamente algo / y qué es lo que vas a hacer / voy a ocultarme en el lenguaje / y por qué / tengo miedo”. Ahí, en ese poema, se descubre claramente el desdoblamiento fáctico de su personalidad; ella misma conversa con su yo asustado, y le pregunta, mas no consigue arrancarle un consuelo. Entonces, en el delirio, mira atrás y recuerda los días del tacto, cuando las manos ejercitaban el amor antes que la memoria. Y sabe que aquella persona todavía está dentro de ella. “El cuerpo se acuerda de un amor como encender la lámpara”.

¿Sabes ya lo que es el amor? Yo creo tener algunas pistas. Una joven Pizarnik escribió: “Escribes poemas / porque necesitas / un lugar / en donde sea lo que no es”. Así que el amor debe ser algo parecido: una huida de la crueldad, un abismo limpio. Un lugar en el que vivir tranquilos, quizá. Allí cantaremos y bailaremos, “y nos iremos como se va la oscuridad / en la madrugada de las plegarias infantiles”. Entonces gritabas desde la cama a mamá, porque el miedo invade al niño en la penumbra. Ella presionaba el interruptor. Se hacía la luz.