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«Viudas», o el precio de abandonar al público adulto

«Viudas», o el precio de abandonar al público adulto

Cuando bajamos el listón, lo que ocurre es que lo que debería ser normal pasa a resultar excepcional. Es el caso de Viudas, el nuevo largometraje dirigido por Steve McQueen, una película de robos en la que el responsable de 12 años de esclavitud y Shame se sumerge por primera vez en el cine de género producido por un gran estudio. En un Hollywood dominado por franquicias, universos compartidos, secuelas y la búsqueda del taquillazo definitivo, las películas que hace no tanto tiempo acostumbraba a producir con cierta frecuencia se convierten en aves raras. Por suerte, todavía hay: Malos tiempos en el Royale, Sicario: El día del soldado o First Man comparten al menos dos cosas: los tres son filmes comerciales pero adultos, y dos de ellos (el primero y el último) han sido, como la propia Viudas, sonados fracasos de taquilla.

"¿Qué ha pasado con esas historias en la gran pantalla? Se lo decimos rápidamente: ahora mismo están todas en la televisión"

Por suerte, la literatura de best sellers es otro cantar. El boom de la literatura nórdica (nota a pie de página: la reciente entrega de Millennium ha sido otro varapalo de taquilla), el ascenso y caída de Dan Brown, las recopilaciones y reediciones de clásicos de siempre o autores aún desconocidos en España dibujan un panorama mucho más vivo y consolador para el fanático de las emociones negras, mucho más afinada a la hora de adaptarse a las pulsiones y movimientos populares. ¿Qué ha pasado con esas historias en la gran pantalla? Se lo decimos rápidamente: ahora mismo están todas en la televisión. La verdad sobre el caso Harry Quebert, Altered Carbon, Alias Grace, Mindhunter… Incluso creadores consagrados en la gran pantalla se han lanzado a adaptar al formato televisivo novelas de éxito mayoritario o de nicho, generando a su vez otro problema: esa burbuja de series que se resiste a explotar, pero que va adoptando cada vez contornos más peligrosos e hinchados.

Viudas es, precisamente, la adaptación de dos miniseries de Lynda LaPlante, y ciertamente no ha tenido ese problema, lo que no quiere decir que su plasmación a la gran pantalla esté libre de ellos. McQueen decide que su película es un drama tanto como un thriller y que gran parte de sus esfuerzos deben ir dirigidos a subrayar esa condición, viéndose obligado a acoplar esa intensidad a la pulsión pulp que subyace bajo el relato. McQueen confunde a menudo el sensacionalismo puramente estético propio de la historia con el amarillismo de sus pretensiones sociales, y a veces no puede camuflarlo (porque ni siquiera parece darse cuenta de ello).

Quizá lo mejor hubiera sido no hacerlo, abrazar esa condición de relato noir. Es una tarea inútil propia de un mal crítico cinematográfico, pero me pregunto qué habría hecho con este material un Antoine Fuqua, que este año firmó con The Equalizer 2 una soberbia actualización en clave de western del relato de venganzas (y sí, también sensibilizado con la causa del color de piel: Fuqua, como McQueen, es negro y consciente de la crisis de valores USA detonada, pero no causada, por Trump). Hay también algo afectado, serio, en Viudas, filme que aborda el género de la heist movie desde el prisma de una severa crítica social de índole feminista y racial. Las viudas aquí pasan de ser plañideras de sus maridos muertos a decidir terminar con los planes de sus maridos en un último robo, antes de pasar página e iniciar su propio capítulo.

Viudas no es en absoluto una mala película, pero sí es una salvada por su reparto, que sí parece amoldarse con gusto tanto a las necesidades de la acción e incluso a los excesos melodramáticos de su director. Durante sus primeros veinte minutos da la impresión de que aquí sale literalmente todo el mundo: Viola Davis, Colin Farrell, Michelle Rodriguez, Robert Duvall, Liam Neeson, Jon Bernthal… Talentos consagrados junto a otros nuevos o  en la plataforma de lanzamiento: atención a Cynthia Erivo y Elizabeth Debiki, además del ya conocido Daniel Kaaluya (Déjame salir), componiendo uno de los villanos más amenazantes del año. La puesta en escena de McQueen es a menudo de una intensidad sobresaliente, no tiene miedo a desenredar su filme con relativa lentitud. En ocasiones, el firmante de Shame y 12 años de esclavitud decide que es hora de «firmar» la película con algún excelente plano secuencia, como aquel que acompaña a Colin Farrell de un barrio degradado a uno lujoso cruzando apenas un par de semáforos, y que sin duda clarifica muchas de sus tesis.

Pero nada de eso oculta que el director malinterpreta, infravalora, casi todo el tiempo, la naturaleza del material, introduciendo cuñas de rabiosa actualidad (opresión racial, marcado carácter feminista, crítica de los populismos políticos) para hinchar la importancia del producto y otorgar gravedad a su relato, pero que no hacen sino potenciar obviedades peores que las que él cree que necesita evitar. Puede que el pacto seduzca a aquellos que necesitan «más» del cine de estudio, pero a los demás nos dejará con una sensación amarga que no proviene de lo que ocurre en el relato, sino de la alergia de McQueen a coger con verdaderas ganas los tópicos de un género para subvertirlos realmente. Por suerte, la industria televisiva y la editorial tienen ahora mismo ese músculo más desarrollado que Hollywood.

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