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Vivir y morir en el gueto de Varsovia: Pan para los muertos, de Bogdan Wojdowski

Vivir y morir en el gueto de Varsovia: Pan para los muertos, de Bogdan Wojdowski

Pan para los muertos trata de uno de tantos crímenes realizados por la Alemania nazi en Polonia, el de confinar —durante dos años y medio— a más de 400.000 judíos en una superficie de tres kilómetros cuadrados, detrás de un muro de tres metros de altura, en un distrito central de la capital polaca, que fue denominado el gueto de Varsovia. Desde el principio, los ocupantes alemanes perseguían el objetivo de eliminar a los encerrados, bien por hacerlos morir de hambre allí mismo o por deportarlos a un campo de exterminio, en la mayoría de los casos a Treblinka, situado a 80 kilómetros al noreste de Varsovia. El que vivió —y sobrevivió por azar— ese infierno de hambruna, frío, tifus y piojos es el autor de la novela, Dawid Wojdowski quien después de la liberación cambió su nombre por el de Bogdan como si de ese modo pudiera liberarse de los fantasmas del pasado que, sin embargo, le persiguieron hasta que, en 1994 y con 63 años de edad, puso fin a su vida.

La traducción alemana se publicó en la RDA en 1974, tres años después del original, pero ese libro nunca llegó a distribuirse en los países germanoparlantes occidentales. Dos destacados escritores polaco-judíos, Hanna Krall y Henryk Grynberg, recomendaron que se reeditara en la Alemania unificada, pero su propuesta no ha sido tomada en cuenta. Y eso a pesar de la obligación moral de que exista Pan para los muertos en la lengua de los asesinos, y porque la novela está llena de palabras y frases en alemán, que causan por su extraña mezcla de brutalidad, banalidad y sentimentalismo un efecto casi surrealista.

Sin embargo, salió en 1997 la traducción inglesa en Estados Unidos con un prólogo titulado Mi hermano en el cual Grynberg reflexiona sobre la condición humana de quien ha sobrevivido el exterminio:

“Wojdowski me llevaba seis años, lo que quiere decir que tenía mucha más experiencia, graves experiencias, por lo cual contó aquellos años de una manera diferente. También nuestra suerte en común como niños del Holocausto ha sido menos traumática para mí, porque no estuve en el gueto de Varsovia y por lo tanto veía y sabía menos que él. Los dos hemos sobrevivido pero no del todo, y no al mismo nivel, y después pagamos un precio muy alto por haber sobrevivido. Tan alto que con el tiempo se agotaron nuestras fuerzas. Eso es lo que les pasó a Piotr Rawicz, Primo Levi, Jerzy Kosiński; eso es lo que le pasó a Wojdowski.

Durante algún tiempo recibimos alimentos y ropa de América y de otros países cuyas conciencias no eran claras del todo, pero nadie pensaba en ofrecernos ayuda para nuestras necesidades psicológicas. Nos arreglamos lo mejor que pudimos, buscando redención en la autodefensa (Israel) o huyendo. Escapamos a países lejanos y de la identidad judía. También el comunismo era un escape: prometía igualdad, aceptación, internacionalismo. Tarde o temprano todos esos escapes resultaron ilusorios. De nuevo se mostraba que era imposible escapar del pasado de uno mismo, de sí mismo. Nuestra guerra no había terminado en 1945 y seguimos cayendo en la batalla contra un enemigo más potente. Construimos una resistencia, no nos rendimos, pero nuevos, oscuros poderes están constantemente reforzando los demonios de nuestro pasado. El tiempo no cura nuestras heridas; al contrario, duelen incluso más que antes, y nosotros crecemos en mayor soledad y con mayor necesidad de una ayuda que no existe para nosotros. Nuestras vidas, salvadas con tanta dificultad, nos atormentan y agotan nuestra reducida fuerza, mientras que el instinto de peligro que nunca hemos perdido, no mengua sino, muy al contrario, crece dentro de nosotros.”

"El trauma de la persecución que perdura en la segunda e incluso en la tercera generación no ha preocupado a la opinión pública ni a las instituciones oficiales"

Sirva la cita no sólo para que se comprenda la situación de los supervivientes judíos, y el motivo del suicidio de Wojdowski y los otros escritores mencionados por Grynberg, sino también por la similitud de las experiencias de los sobrevivientes judíos con las de los republicanos españoles. En España, la impunidad en la que se basaba la transición hacia la democracia iba acompañada durante mucho tiempo con un silencio acerca de las víctimas de la represión franquista, incluyendo a los compatriotas deportados a los campos de exterminio alemanes. Gran parte de los ex presos políticos murió sin que su sufrimiento haya sido reconocido a nivel social. El trauma de la persecución que perdura en la segunda e incluso en la tercera generación no ha preocupado a la opinión pública ni a las instituciones oficiales. Se agradece la publicación de Pan para los muertos en castellano también por este motivo: por recordarnos el daño que han causado los golpistas franquistas, no sólo a sus adversarios, sino a toda la sociedad.

Como he mencionado, la novela se basa en las vivencias del propio autor, único superviviente de su familia, ya que sus padres y los demás familiares perecieron en un campo, probablemente en Treblinka. El protagonista de la novela, Dawid Fremde (un apellido que en alemán quiere decir “ajenos” o “extranjeros” o “forasteros”), de doce años, es el alter ego de Bogdan Wojdowski. Sin embargo, Pan para los muertos es mucho más que un testimonio novelado. Para que nos entendamos: su categoría literaria es la de García Márquez, Carpentier y Roa Bastos. Wojdowski combina un realismo crudo con secuencias de lo real maravilloso, las escenas más crueles con una ternura conmovedora, largos pasajes narrativos con capítulos enteros que sólo consisten en diálogos. Es importante destacar un elemento fundamental de la novela: que los personajes —el niño, sus padres, los tíos, el abuelo, el profesor Baum, una banda de adolescentes, mendigos, ladrones, prostitutas, moribundos todos— son capaces de comunicarse, de seguir hablando e interpretando lo que les está pasando. En eso se parecen a los protagonistas de las novelas de Belén Gopegui. Sus conversaciones giran en torno a dos cuestiones. La primera, si deben seguir juntos o si es mejor separarse para que al menos se salve uno; la segunda, si deben confiar en Dios o rebelarse contra el enemigo. Saben soñar en medio del terror cotidiano. Hay incluso una pizca de humor en este libro; un humor que corresponde, según la definición de Marx, a la capacidad humana de imaginarse otro mundo. Wojdowski no convence por la autoridad del que ha vivido lo que cuenta, sino por su fuerza narrativa. La autenticidad de su obra se debe menos al trasfondo autobiográfico que a tres cualidades que no se aprenden ni por talento, ni por mucho que uno lea, ni por acudir a un taller de literatura: pasión, compasión y belleza. La egolatría brilla por su ausencia.

"Josef Blösche fue condenado como criminal de guerra, corresponsable de la deportación y el asesinato de 300.000 personas"

Para que el calor de las emociones vividas y recordadas se traspase a los lectores, hace falta un lenguaje enfriado al máximo; si no, se caería en la cursilería, es decir: la mentira, o se terminaría en el aburrimiento. Wojdowski lo sabía, y lo ha manejado con maestría en esta novela. Concede a sus personajes la dignidad que les fue negada en vida, allí en el gueto. Así saca sus personajes del sufrimiento y de la muerte anónimos, les da voz, cara, figura y presencia, y les salva la vida aunque sea una salvación póstuma.

Pido a los lectores mirar o imaginarse la foto que la editorial ha usado para la portada del libro. Es una de las más emblemáticas de la Shoá, y todos la hemos visto más de una vez: un grupo de mujeres judías que se entregan a los soldados de la SS para ser llevadas al Umschlagplatz, la plaza en el norte del gueto desde donde partían los transportes a Treblinka. En el centro de la foto, solo, un niño de siete u ocho años que levanta los brazos en gesto de rendirse a los uniformados. Tiene las piernas desnudas, pantalones cortos que apenas asoman debajo del abrigo. En la cabeza lleva una visera. Tiene miedo. A su derecha, en la portada medio cortada, se ve a un soldado con el fusil listo para disparar. De ese hombre sabemos casi todo. Nació en 1912 en Friedberg, un pueblo de Bohemia, cuando aún pertenecía al Imperio austrohúngaro, de padres germanoparlantes. Trabajó de camarero, se afilió al Partido de los Sudetes Alemanes, y muy pronto destacó como matón en las peleas políticas. A partir del 38, después de la invasión de las tropas alemanas, entró en el Servicio de Seguridad de la SS y participó en acciones especiales, es decir en ejecuciones en masa de la población civil en territorio polaco y en Bielorrusia. En Varsovia fue uno de los SS más temidos por los habitantes del gueto. Le llamaban “Frankenstein” y también “El carnicero”. Estaba especializado en encontrar a los que se encondían entre los escombros una vez disuelto el gueto y aplastada la revuelta. En 1944 participó en los combates contra la guerrilla eslovaca. Huyó en vista del avance del Ejército Rojo, se camufló con ropa civil, pero las tropas soviéticas lo apresaron. Fue llevado a la URSS, donde le obligaron a trabajar en una cantera y en la construcción de carreteras en Azerbaiyán. En 1947 fue liberado. Consiguió llegar hasta Turinga, donde se reunió con su familia, y siguió trabajando de minero, callado, aplicado, sin llamar la atención, hasta que, a mediados de los años sesenta, fue identificado por un juez de Hamburgo, localizado en la RDA, detenido y condenado como criminal de guerra, corresponsable de la deportación y el asesinato de 300.000 personas. En julio de 1969 fue ejecutado en Leipzig. Su nombre era Josef Blösche.

"Esta novela es tan importante por dar visibilidad a los que sufrieron la persecución. A los asesinados, a los maltratados, a los que murieron de tifus, de hambre o de frío..."

Pero no sabemos cómo se llamaba el niño a su lado, en la foto. Es la vieja historia: sabemos mucho más de los victimarios que de las víctimas. También por eso esta novela es tan importante: por dar visibilidad a los que sufrieron la persecución. A los asesinados, a los maltratados, a los que murieron de tifus, de hambre o de frío, a los que fueron fusilados, estrangulados o matados a palos. A los que hace 75 años se levantaron sin armas contra los opresores y resistieron luchando más de tres semanas. Pan para los muertos es, en este sentido, un libro subversivo. Agradezco a Elżbieta Bortkiewicz el esfuerzo de haberlo traducido. El trabajo habrá sido toda una hazaña, primero porque el castellano no es su lengua materna, y segundo por la complejidad del original: Aparte de las frases en alemán, y de palabras en yiddish y hebreo, Wojdowski hizo suya toda la gama del polaco, desde el tono sublime de la Biblia hasta el argot de los delincuentes. Leyendo la novela, compartimos su impulso de romper la barrera levantada entre el pasado y el presente, para que las experiencias de una generación puedan pasar a la siguiente.

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Autor: Bogdan Wojdowski. Título: Pan para los muertos. Editorial: Confluencia. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro