Tras su inmenso y totalizador La invención de todas las cosas, Jorge Volpi publica un ensayo que parece distinto en extensión y ambición pero que, en realidad, resulta una secuela inevitable. Si allí Volpi exploraba la capacidad de los relatos para organizar nuestra percepción de la realidad, aquí lleva esa intuición hasta una de sus consecuencias más incómodas: las identidades son, igualmente, ficciones. También lo son las fronteras simbólicas que levantamos para distinguir entre un supuesto “nosotros” y quienes quedan fuera de ese relato. Apenas noventa páginas bastan para desmontar algunos de los prejuicios más arraigados (y peligrosos) de nuestro contexto político actual. Así, Invasión alienígena: El falso problema migratorio (Debate, 2026) pertenece a esa estirpe de ensayos que no se detiene en florituras narcisistas, sino que va al grano e interpela al lector de manera casi violenta. Le obliga a mirarse en un espejo incómodo y a preguntarse sobre su propia manera de estar en el mundo y sobre las categorías con las que lo nombra. Son noventa páginas como cuchillos.
Tampoco es casual que el ensayo se abra dando voz, precisamente, al discurso que después desmontará. La figura del alien, del extraño, del que “no es como nosotros”, aparece desde las primeras páginas como una construcción cultural (una ficción) antes que como una evidencia. Esa elección formal continúa, además, uno de los juegos más estimulantes de la escritura de Volpi: la renuncia a una voz única. Igual que en La invención de todas las cosas dialogaban distintas conciencias narrativas, aquí el autor convierte el propio ensayo en un espacio de confrontación entre discursos. No predica; deja hablar incluso a aquello que va a desmontar.
Hay, además, una tradición intelectual que recorre silenciosamente estas páginas. Volpi dialoga con una genealogía latinoamericana que, desde Bolívar, Sarmiento, Martí, Rodó o Fernández Retamar, ha pensado una y otra vez la oposición entre civilización y barbarie y sus infinitas metamorfosis. El bárbaro, el salvaje, el indio, el cholo, el prieto o el extranjero son nombres distintos para una misma operación cultural: inventar un otro sobre el que proyectar los propios miedos. El alienígena del título no es una excepción, es simplemente la versión contemporánea de esa vieja ficción. Y la estrategia brillante en torno a la que se construye el libro consiste en apropiarse de ese concepto para darle la vuelta. Lo hace con humor e ironía y, sobre todo, con una enorme cantidad de datos. Porque una de las mayores virtudes del ensayo es negarse a combatir la mentira con opinión. Frente al ruido, cifras. Frente al prejuicio, investigación. Frente al eslogan, conocimiento.
Y eso convierte a este libro en un artefacto especialmente valioso, en un momento en que la conversación pública parece haber renunciado con demasiada frecuencia a los hechos verificables. Mientras proliferan los opinadores que convierten el miedo en espectáculo y la desinformación en entretenimiento, Volpi responde con aquello que mejor sabe hacer un intelectual: pensar con rigor. Pero sería injusto reducir Invasión alienígena a una acumulación de estadísticas. Los datos nunca sustituyen aquí al pensamiento; lo sostienen. Son el andamiaje de una reflexión que interpela constantemente al lector y que termina formulando una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto los prejuicios que denunciamos forman también parte de nosotros?
Porque este no es únicamente un ensayo sobre inmigración. Va mucho más allá y reflexiona sobre los mecanismos de fabricación del miedo. Asistimos, como señala Volpi, a una obscena inversión moral. Se persigue precisamente a quienes deberían ser protegidos y se sospecha del vulnerable. También, y esto es trágico, se convierte en amenaza a aquel que, con demasiada frecuencia, huye precisamente de las amenazas.
Es este un libro urgente, no porque pretenda dictar al lector lo que debe pensar, sino porque le proporciona algo mucho más valioso: herramientas para resistirse a los relatos simplificadores. En tiempos dominados por la velocidad, el algoritmo y la consigna, defender la complejidad constituye ya una forma de resistencia democrática.
Quizá la conclusión más perturbadora del ensayo sea también la más sencilla. Que todos, en algún momento de la historia, hemos sido extranjeros para alguien. Que las identidades que hoy defendemos como naturales son el resultado de innumerables mezclas, desplazamientos y migraciones. Que el mestizaje no constituye una excepción, sino la norma de la experiencia humana. Volpi escribe este libro desde la convicción de que todos somos, en algún sentido, alienígenas. Y ahí reside la relevancia ética del ensayo: no tanto en desmontar un discurso político como en recordarnos que la identidad nunca ha sido un lugar fijo, sino una historia que nos contamos sobre nosotros mismos. Y que puede escribirse desde el miedo o desde la hospitalidad. Jorge Volpi ha elegido la segunda. Conviene leerlo antes de que la primera termine por imponerse como si fuera la única posible.


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