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¿Volverá Hacienda a llamar a mi puerta?

¿Volverá Hacienda a llamar a mi puerta?

(A Txetxu)

Se me ocurrió ayer, al levantarme de una siesta fallida, vestirme con un pijama para andar por casa, por supuesto diferente al de la  noche. Un dos piezas desparejado: la chaquetilla, de rayas azules desvaídas; los pantalones, color marfil y con diminutos círculos marrones. Para rematar el mal gusto, zapatillas barojianas deshilachadas. “No me importa, nadie me ve.” Buscaba sólo la comodidad de la ropa muy usada, su suavidad, como si nada llevara encima.

Poco a poco sentí que vivía envuelto en un sueño. Un rato después se me ocurrió: “A las siete de la tarde ya será noche, y a esa misma hora por la mañana también porque no habrá amanecido. Ya no sabré distinguir nunca la realidad de la fantasía. No sé si estoy a punto de acostarme o me acabo de levantar”.

Al comienzo de la siesta, a punto de adentrarme en un sueño entre animales, mientras me dejaba caer por el tobogán de Alicia rumbo a un bosque azul, enfundado en mi pijama nocturno (con la persiana bajada, la puerta entornada, desconectado el móvil), ayer… me despertó el timbre del portal.

—¡Carta certificada!

“Malo”, me dije. “Otra multa. O Hacienda. ¿Hacienda? Tengo todo en regla”. Estaba completamente despierto.

—¿Puede firmar aquí?

— No será de Hacienda…

— Pues sí.

— Me temo lo peor.

— Deme su DNI y firme aquí. No tienen por qué ser malas noticias.

— ¿Malas? ¿Ha llevado usted alguna vez alguna carta de Hacienda que no sea para pagar? No recuerdo que deba nada esta vez.

— Yo no, pero una vez llegó a casa un joven con un certificado para cobrar una ayuda tras haber nacido nuestro hijo. Que tenga un buen día.

"Esperé y esperé sentado. Seguí esperando, los ojos imantados por un panel luminoso con letras y números que me recordaron los del hospital"

Está de moda decir “que tenga un buen día”, es un modo amable de decir “lo siento”. Rasgué, rompí el sobre. ¡2.253,81 euros! “¿Y esta precisión? ¿No lo pagué en diciembre? ¡Pero si tengo el resguardo! A saber dónde”.

Volví a fumar y no en el cuarto de baño con la ventana abierta, sino en el salón mirando los tejados de los edificios de enfrente. Hice llamadas entre la desesperación de quien se siente desnudo. Sólo conseguí que Ana, una mujer despierta, me consiguiera una cita por internet para el día siguiente. Por supuesto no cené, por supuesto no dormí, por supuesto me  zampé (del tirón) dos bolsas de patatas fritas, por supuesto estaba media hora antes en el edificio de Hacienda de Guzmán el Bueno, feo, enorme, temible, como el de la Lubianka.

Esperé y esperé sentado. Seguí esperando, los ojos imantados por un panel luminoso con letras y números que me recordaron los del hospital. La misma angustia. La misma soledad. “Cuando entras en la madeja de las reclamaciones con Hacienda ya no sales. Es kafkiano. Bienvenido al club”, me había advertido Txetxu la tarde anterior.

No entendía por qué nadie me reclamaba. Estaba donde me dijeron, y además un buen rato antes. En la entrada me habían dado un papel con estas indicaciones: “Zona E. Planta O. Recargos Gestión Tri. CG-5. Hora cita: 10:20”. No podía haber confusión alguna.

“Esa mujer ha llegado más tarde y ese joven con el casco de moto, también”, me iba diciendo. Caí: “Ellos han llegado a su hora, aquí no rige ‘a quien madruga Dios le ayuda”.

"Me puse de pie, paseé para disimular lo indisimulable. Calculé lo que costaba cada prenda de los funcionarios"

Me fui desinflando. Treintañeros con una tarjeta de identificación colgando paseaban risueños, como despreocupados, camino de la cafetería (“¿La hay?, ¿saldrían a la calle?”). Andaban como ajenos a esta especie de Escuela Mecánica de la Armada madrileña. Tenía ganas de ir al lavabo, pero “¿y si me llaman? Aguanta. Tenía que haber ido a ver el chalet de Aleixandre, por hacer tiempo; total, está justo detrás. Vaya coincidencia, el haz y el envés de la vida, casi pared con pared”.

Me puse de pie, paseé para disimular lo indisimulable. Calculé lo que costaba cada prenda de los funcionarios: “Ese viste y calza 230 euros, el pañuelo de esa mujer es de seda, no baja de los cien, ¿cómo se pueden llevar esas zapatillas?, aquel ha estrenado camisa, se le nota por el planchado”.

—¿El baño? Dos plantas más abajo.

Se me cayeron, no sé cómo, los papeles que había traído. Todos. No tuve paciencia para ordenarlos, no supe distinguir los que habían llegado ayer de los de hace dos meses. “A ver qué digo ahora. Así no hay manera. Menuda impresión voy a dar. Seguro que empiezo a tartamudear. Me está bajando la tensión, me voy a desmayar. Para qué quieren este edificio tan enorme si está medio vacío. Seguro que me están observando. Dentro de diez años se meterán en tu mente, sabrán lo que piensas. Trabajar entre esas mamparas te ha de recordar la cárcel, por muchas postales del Caribe que grapes. ¿Por qué no me llaman, me he vuelto transparente? Esto es una pesadilla dentro de un sueño. Todavía las diez y diez, no voy a aguantar. ¿Qué cámara me estará grabando? Orwell, esto es de Orwell. Tendría que haber desayunado. Al menos estoy recién afeitado. No sé para qué he traído este libro. ¿Qué le pasó exactamente a Kafka? Algo como a mí”.

Diez y cuarto.

“Vas a tener que pagar otra vez, es su política. Tienes que pagar y luego reclamas. Como no lo hagas acumularás más deuda y cada vez será peor. Hasta te pueden embargar. Bienvenido al club”. Cada vez iba recordando más detalles, a cada cual peor.

Nada.

“Creo que se me ha escapado un poco, pero no puedo mirar porque me delato. Si vengo pronto porque vengo pronto y si…”.

“¡Mi número! Es mi turno… ¡Venga, valiente!”.

—Bueeeenos días.

—Buenos días. El DNI.

—19.548…

—No, el número no. Déjeme el carnet.

—Claro, claro. Le he traído los papeles, los tengo un poco revueltos, se me han caído al suelo hace un momento, igual me ha visto recogerlos y tengo…

—No hace falta. Espere.

—Ayer vino un señor a casa y cuando abrí el sobre vi que me reclamaban…

—Lo tiene usted pagado.

—-¿¡Eh!? Eso creía.

—Pues nada.

—¿Entonces ya está?

—Sí.

—¿Y por qué vinieron ayer si ya lo pagué hace más de un mes?

—Igual porque en su día fueron a su casa y no estaba, por eso han debido volver. No lo sé. No es mi cometido.

—Ya.

Silencio. Muy incómodo.

—¿Y cómo voy a saber que no volverán a casa? ¿No puede usted, o alguien, avisar que lo mío está pagado? Es para que no vuelvan más, no se puede imaginar el susto.

—No lo sé, lo siento. Es otro departamento.

"Un buen rato después, no sé cómo, me encontré dentro del chalecito de Aleixandre confesándole mis desventuras. Los dos sentados"

Bajé al baño, no sé ya para qué. Salí a la calle, a la luz de la calle, al frío de la calle. A la mañana mentirosa. Enfrente estaba el enorme recinto de la Guardia Civil. “No hagas tonterías”. Paseé. Seguí paseando, sin tino. ¿Aliviado? “Vendrán esta misma tarde, a la hora de la siesta, seguro que saben que me echo la siesta. O mañana. Puede que tarden un mes, cuando crean que ya me he olvidado para que el impacto sea mayor. Lo que voy a hacer es no contestar al telefonillo. ¿Y si vienen a traerme un libro… y si es la policía?”.

“Bienvenido al club”. La frase volvía una y otra vez. Un buen rato después, no sé cómo, me encontré dentro del chalecito de Aleixandre confesándole mis desventuras. Los dos sentados. Él, con su mantita de cuadros encima de las piernas, junto a la chimenea apagada, con sus ojos azules de Málaga, con su bigotito, con sus manos de cristal, con el nudo de su corbata exacto, con su nuez subiendo y bajando como un extraño ascensor, con su cara alargada de Góngora. Pero de su boca no surgía voz alguna. No sé cómo me acordé de este extraño verso suyo que se hizo carne, carne de mi carne: “Cuando se llega a un punto la verdad se descubre”.

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