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¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!

A grandes males

«Muchas veces he pensado si el mal no está puesto en el Universo como un tema de trabajo y un incentivo a nuestra curiosidad.»

Es una frase bastante precisa para describir el libro que descansa sobre mi regazo. Por muchos motivos. Tanto literales y como metafóricos. La trilogía Refranes, canciones y rastros de sangre, llega a su fin y no hay que dejar pasar la oportunidad de señalar (a aquel que no lo haya deducido ya) de qué versa la obra de César Pérez Gellida: El Mal. Así, con mayúsculas. El Mal en varias de sus vertientes. Disfrazado de secuestrador, de asesino, tráfico de armas, tráfico de personas… y lo que nos ocupa en A Grandes Males: masonería y poder. Dante y su Divina Comedia. En definitiva, el descenso a los infiernos. La divina comedia en Gellida Un descenso que vehiculizan nuestros queridos (y muy maltratados por la vida y por el autor) personajes, con los que llevamos un trayecto de siete libros y varios años. Y es que ese es el fin último de este libro en particular, y de la obra de César: contarnos que el mal está en nosotros. Que si nosotros no le ponemos remedio no tendrá fin y la cosa solo puede empeorar.

"Dante fue el Gran Maestre de la Fede Santa y en A grandes Males se establecen incontables conexiones entre la masonería y el poder."
Decía que la cita que encabeza el artículo casa perfectamente con el libro del que hablamos. El primer motivo ya lo hemos descubierto: El Mal. El segundo motivo es que fue enunciada por Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de medicina y masón. Y es que de esto va el libro. De la masonería, las sociedades secretas y sus vínculos con el poder. Y para este tema, el escenario escogido (César dice que fue de manera casual pero ya os digo yo que el calvo no deja nada al azar) es una de las ciudades con más contenido masónico del globo: Buenos Aires. Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento, primero y segundo de los Presidentes Históricos de la recién creada Nación Argentina, allá por 1870, fueron masones declarados (ambos grado 33), como la mayoría de los que construyeron políticamente aquel país. Y aquí es dónde todo esto hila a la perfección con lo que nos cuenta Pérez Gellida: Mitre estaba obsesionado con la Divina Comedia, de hecho la primera traducción al castellano en Argentina lleva su firma.  Dante fue el Gran Maestre de la Fede Santa y en A grandes Males se establecen  incontables conexiones entre la masonería y el poder hasta el punto de hacerte dudar dónde está la línea que separa la realidad de la ficción. Propietario del Palacio Barolo De esta manera el autor teje los mimbres sobre los que sujetar lo que va a ser uno de los thrillers más literarios y más adictivos que se han escrito en este país.  Una trama extremadamente compleja, con un nivel de documentación por parte del autor rayano en el paroxismo, como delata, por ejemplo, las escenas de tiro de precisión o las que se desarrollan dentro de Villa 31.
"César sigue expandiendo el “Universo Gellida” a un ritmo de vértigo. A Grandes Males vuelve a regalarnos conexiones con Dies Irae, Consummatum Est y Khimera, amén de las obvias con el resto de la trilogía."
Creo que no voy a contaros nada de los personajes de César que no conozcáis ya. Hemos pasado tantas cosas con Erika, Sancho, Ólafur y compañía que sufrimos con ellos, participamos en los inteligentísimos diálogos que mantienen hasta el punto de envidiar su manera de razonar.Pero claro, cuando crees que has dado en la tecla y que has visto que los diálogos son uno de los pilares sobre los que fundamenta sus obras, viene el calvo y se saca de la manga uno de los personajes más potentes de los últimos años, pero con una peculiaridad: ¡no habla! ¡No tiene diálogos! Escaleras del Palacio Barolo Adla. Ese es su nombre. Es un arcángel de la Congregación de los Hombres Puros. No os voy a decir más. César sigue expandiendo el “Universo Gellida” a un ritmo de vértigo. A Grandes Males vuelve a regalarnos conexiones con Dies Irae, Consummatum Est y Khimera, amén de las obvias con el resto de la trilogía.  En este punto, os voy a decir un nombre que debéis seguir: Flegias. Y un reto para los “gellidistas”: el premio se lo llevará quien lo relacione con la primera trilogía. Hay un aspecto de la novela del que he evitado hablar de manera intencionada. La publicidad del lanzamiento del libro ya lo ha mencionado bastante y no quiero hacer hincapié más allá de la mención por dos motivos. Ni quiero ser redundante ni quiero daros ninguna clave que os dé una pista que descubra algún giro de la trama. Solo os diré que quien pase por Buenos Aires y no visite el Palacio Barolo, merece que César dedique unas páginas describiendo su agonía. Congregación de los hombres puros A estas alturas ya debemos saber que no hay libro de Pérez Gellida sin música. La banda sonora también hace que las emociones y los sentimientos que genera una canción en un determinado momento se sumen a esas sensaciones que hacen que el lector se pueda sentir partícipe de la acción.  Sin embargo en esta ocasión César ha dado un paso adelante. Enseñándonos su faceta más poética, se ha lanzado a componer todas las canciones que aparecen en el libro. La primera, Gris Acero sobre Buenos Aires, ya ha sido grabada por Ivan Ferreiro y Julián Saldarriaga (Love of Lesbian) esperando que el resto las veamos convertidas todas en canción cuanto antes. Para muestra, este trocito de lírica:  

Esa luz fría Algo se ha roto en mi interior. Tus ojos son de un negro perturbador. Me repetís que ya no hay nada. ¡Nada! Todo se esfuma a mi alrededor. Cada palabra es una espina. Tu decisión, mi guillotina. No puedo quitarme de vos. ¡No! Eres polvo blanco, heroína. Somos estrellas sin resplandor. Sigues impresa en mi retina. Salgamos juntos al exterior. Esa luz fría nos asesina. Salgamos juntos al exterior. Esa luz fría nos asesina. Algo se ha roto en mi interior. Soy presa de cualquier cazador. Me repetís que ya no hay nada. ¡Nada! En esta paz no hay vencedor. Cada palabra es una espina. Quiero morirme en cada esquina. No puedo quitarme de vos. ¡No! En blanco mi única rutina. Somos estrellas sin resplandor. Sigues impresa en mi retina. Salgamos juntos al exterior. Esa luz fría nos asesina. Salgamos juntos al exterior. Esa luz fría nos asesina. Nos asesina.

César es un portento de la escritura. Un animal narrativo que nos tiene muy mal acostumbrados. Ya no por el hecho de escribir novelas “insultantemente buenas”, sino porque escribe con absoluta brillantez desde el más puro situacionismo y eso es algo que está al alcance de muy pocos. Aplicar esta técnica de creación de escenas en todo lo que escribe es una de las cosas que le diferencia del resto de escritores. El motivo es simple: César es de los pocos que se dedica a contarnos sus historias, mientras que otros solo se dedican simplemente a reportar.

"A grandes males es lo mejor que he leído en lo que va de año. Los 20€ mejor gastados del primer trimestre."
Aún queda un aspecto de la cita inicial que me gustaría señalar y es que contiene el mantra del autor: curiosidad y trabajo. Así es como César hace las cosas. No hay secretos. Ser curioso, currar mucho y echarle horas. Es cierto que al calvo le sobra talento pero por muy bien que sepas vender, si no abres la tienda, no vas a vender nada. Y lo de César es un 24/7. Un escritor con mayúsculas.

A grandes males es lo mejor que he leído en lo que va de año. Los 20€ mejor gastados del primer trimestre. Un thriller ambicioso, enorme en su estructura y con tantos giros del argumento que acabas por marearte. De esos libros que tienes que dejar reposar cada 30 páginas pero que eres incapaz de hacerlo. De esos que generan ojeras y se consumen con ansiedad. Un libro prácticamente perfecto al que solo puedo sacarle un defecto: Ya lo he terminado. ¿Y tú? ¿A qué esperas? Autor: César Pérez Gellida. Título: A grandes males. Editorial: Summa de letras. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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