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Westfalia

Las circunstancias por las cuales Antonio Valadares, argentino, mozo de un bar de la Recoleta, había llegado a vivir durante 15 años en Munster, Westfalia, Alemania, resultaban tan sencillas o extraordinarias como el observador quisiera considerarlas. Durante un lustro, había atendido en Buenos Aires, en la misma mesa, llevando el mismo pedido, a Greta, apodada en su fuero íntimo La Dama —tuvo ocasión de revelárselo en el primer encuentro íntimo, precisamente—.

Antonio, de veinte años cuando le llevó por primera vez la comanda de dos medialunas, una de grasa y otra de manteca, a lo largo de esos cinco años, no podía explicarse cómo ella, de por entonces treinta y cinco años, podía mantener esa silueta espectacular clavándose dos medialunas diarias, todas las mañanas. Había físicos privilegiados que no precisaban de dietas, en ocasiones ni siquiera de ejercicios.

"Finalmente debió hacerse cargo de un proyecto ineludible en Munster, Westfalia, Alemania, y no les quedó más remedio que tomar una decisión"

Por más que el comportamiento de Antonio era de un respeto supino y herméticamente profesional, Greta, dueña de un internacionalmente relevante estudio de arquitectura, no pudo dejar de notar la admiración del muchacho. Por su parte, desde el aspecto, hasta la voz, pasando por el mero aura que se desprendía de Antonio, la cautivaba más allá de lo razonable.

Debió iniciar el diálogo ella. E incluso fungir una coartada para encontrarlo “casualmente” fuera del bar. Luego, ya no quisieron distanciarse. De todos modos mantuvieron la relación oculta, como si tuviera algo de inconveniente o prohibido. Antonio no necesitaba más que verla cada vez que ella quisiera, donde ella decidiera. Greta quería más. Pero no le parecía propio de una dama expresarlo. Finalmente debió hacerse cargo de un proyecto ineludible en Munster, Westfalia, Alemania, y no les quedó más remedio que tomar una decisión. La libertad y los sentimientos se encuentran a veces en encrucijadas.

—¿Pero qué voy a hacer yo en Alemania?

—No sé —confesó Greta—. Mozo. ¿Por qué no? Igual que acá.

—No sé el idioma.

—Estudias.

—¿Y dónde viviría?

—Conmigo.

—Es tomar todas las decisiones juntas —especuló Antonio.

Greta había ponderado siempre la inteligencia del muchacho. No imaginaba, antes del primer encuentro, lo agudo que podía llegar a ser. No se engañaba: no inventaba una capacidad extra para justificar la atracción sensual. Antonio poseía una lucidez inusual.

—Lo reconozco —admitió Greta—. No insisto.

"Antonio se había convertido en un estudioso impenitente de la paz de Westfalia. Aprendiendo el alemán para buscar trabajo, acabó leyendo un capítulo del libro Diplomacia, de Kissinger"

Antonio prefirió acompañarla. Primero especuló con vivir aparte, pero antes de llegar reconoció que era absurdo. Era joven: si no funcionaba, nada le impedía marcharse. Tampoco había nada que lo atara a Buenos Aires. De hecho, un previo desengaño amoroso, de sus diecinueve años, ya en estado de disolución, caducaría con la distancia. La ciudad y su vida aún estarían ahí si el tratado de Westfalia fracasaba. Pero funcionó. Como la verdadera Paz de Westfalia que había dado fin a la Guerra de los Treinta Años, en aquella misma ciudad, entre los imperios y monarquías europeas, en 1648. En términos de una vida humana, 15 años eran equivalentes al siglo y medio que había transcurrido desde aquel armisticio colectivo —que había sentado las bases del Estado moderno—, y la Revolución Francesa de 1789, que había desatado a Napoleón y la intervención ideológica como conflicto bélico entre Estados.

Antonio se había convertido en un estudioso impenitente de la paz de Westfalia. Aprendiendo el alemán para buscar trabajo, acabó leyendo un capítulo del libro Diplomacia, de Kissinger.

El capítulo, que mencionaba la paz de Westfalia, se había traducido al alemán. Kissinger, nacido y criado en aquel país, había escapado de la Alemania nazi, a la libertad en USA, a los 15 años; y desarrollado el resto de su carrera en inglés, incluyendo la escritura de ese libro monumental.

El interés de Antonio por aquella apertura, las visitas a la biblioteca pública y la devoción por la Historia, ganaron la partida. También hacía ejercicio. Y le cocinaba unas medialunas estrafalariamente deliciosas a Greta. Ella lo adoraba.

Greta exudaba feminidad al cruzar el umbral de casa y encontrarlo. Antonio nunca echó en falta una atracción sustentable.

"Pronto descubrió que era Jimena: su compañera de juegos en el club, y luego novia, entre los 18 y 20 años, en Buenos Aires. La había amado locamente"

Por más que veían las admoniciones de un futuro fracaso en muchas de las pistas de su relación, lo cierto es que habían logrado una armonía pasional inversamente proporcional. Probablemente las circunstancias se acomodan mejor cuando se avizora la catástrofe, que cuando se auspicia un futuro venturoso.

Esa semana había un Congreso especial dedicado a un aniversario particular del cónclave de la paz del siglo 17. La entrada era gratuita. Solo se necesitaba la acreditación previa y la pertenencia a alguna institución. Aplicaba, de hecho allí mismo se enteró, ser socio activo de la Biblioteca. En el programa de presentaciones, Antonio reparó en el Profesor Robinson de Neuquén, Argentina.

Pero en el panel, lo desorientó la aparición de una mujer espectacular, Jimena Robinson. Hablaba en inglés, con traducción simultánea.

Pronto descubrió que era Jimena: su compañera de juegos en el club, y luego novia, entre los 18 y 20 años, en Buenos Aires. La había amado locamente. Ella se había marchado, no sabía dónde. No había vuelto a reencontrarla hasta aquel mismo momento. Le resultaba extraño escucharla doblada al español por los auriculares, y aquella voz de trastienda en inglés le recordaba el susurro de sus ratos.

"La ponencia de Jimena le resultó, por un lado tan sorpresiva, y por otro tan irritante, que se sintió impelido a levantar la mano cuando el moderador los invitó"

Jimena daba por tierra con todo lo que Antonio había creído y acumulado como conocimiento hasta entonces: la Paz de Westfalia solo había sido posible porque los Estados compartían una cosmovisión, por más que difirieran en cuestiones religiosas. De algún modo habían presentido que las disputas intestinas podían anticipar el fin de las monarquías y el poder supremo de los emperadores.

Ni antes, ni durante ni después era posible la autonomía como relación estable entre Estados de distintas tendencias: fatalmente las ideologías opuestas entrarían en colisión, y triunfarían el autoritarismo o la libertad. La pulsión entre libertad y opresión, según Jimena, había comenzado con el Éxodo hebreo —un ejemplo de salida no violenta—, y no acabaría mientras dos personas expresaran, con sus matices, esas dos fuerzas opuestas. Podía ser la guerra o la implosión —como la caída del Muro—, la aculturación o la disgregación. Pero no habría paz entre un Estado conducido por un tirano y un pueblo libre que construía una nación con territorio.

La ponencia de Jimena le resultó, por un lado tan sorpresiva, y por otro tan irritante, que se sintió impelido a levantar la mano cuando el moderador los invitó. Pero advirtiendo el pasado en común, eligió no hacerlo. No obstante, Jimena lo aprontó entre la sopa de jengibre y el café de máquina, en el Coffe break del atardecer.

—¿Qué hacés acá? —le soltó ella en un porteño de barricada.

—¿Y vos? —replicó Antonio— ¿Robinson?

—Me casé. Me divorcié. Me dio fiaca cambiar de apellido. ¿Qué te pareció?

“¿O lo que te ‘da fiaca’ es decir la verdad?”, pensó Antonio. Pero solo respondió:

—Disiento.

—¿En qué? —se interesó Jimena.

—En todo.

Ella se rió, y él sintió el pasado como un perfume.

—¿Dónde estás parando? —lo apuró Jimena.

—Vivo acá —se entregó Antonio.

Ella le pasó, en el programa de eventos, su número de celular, escrito en birome.

De camino a su hogar, sin abandonar la cavilación entre las formas de la paz entre los Estados, Antonio reconoció que la ponencia de Jimena disparaba una verdad. No necesariamente fatal. Pero indudablemente activa.

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