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Y la historia se reveló a través de su mirada

Y la historia se reveló a través de su mirada

En 1979 las fuerzas soviéticas invadieron Afganistán. En el distrito de Shah Wali Kot las bombas de los helicópteros rusos obligan a sus habitantes a huir. Cinco hermanas pierden a sus padres en uno de esos asaltos, y escapan con su abuela por las montañas que les conducirán a Pakistán. Las cinco, entre otros miles de personas, acaban viviendo hacinadas en el campo de refugiados de Nasir Bagh, cerca de Peshawar.

Una luminosa mañana de junio de 1984 llegó un desconocido al desvencijado entoldado que hacía las funciones de escuela para niñas en ese campo. Se fija en una muchacha huidiza con un increíble fuego esmeralda y topacio en la mirada. Tras unos instantes observándola, solicita a la profesora si puede fotografiarla. La pequeña accede, durante unos breves minutos. Nunca antes había visto una cámara, ni había estado con un occidental. Su expresión oscila entre curiosidad, tristeza, ira, desafío, terror. Finalmente se cubre de nuevo el rostro, y regresa con sus compañeras. Tiene doce años —o tal vez diez, nadie, ni siquiera ella, lo sabe con certeza— y era una de las cinco hermanas huérfanas huidas.

Peshawar, Pakistán (1984). © Steve McCurry

Peshawar, Pakistán (2002). © Steve McCurry

Peshawar, Pakistán (2002). © Steve McCurry

Kamdesh, Nuristan, Afganistán (1992). © Steve McCurry

El fotógrafo estadounidense Steve McCurry, hoy mundialmente conocido y miembro de la prestigiosa agencia Magnum, estaba cubriendo un reportaje sobre los refugiados en la frontera afgano-pakistaní, y supo que acababa de hacer un retrato increíble —a pesar de no poder revelar el carrete hasta concluir su viaje— pero, quizá, no era consciente aún de que aquella imagen, que fue portada del National Geographic en 1985, se convertiría en un icono. En uno de los grandes legados fotográficos que deja la humanidad. McCurry, incapaz de olvidar aquella perturbadora mirada, buscó durante mucho tiempo a la joven de los ojos iridiscentes y la encontró 17 años después cerca de Tora Bora, en Afganistán. En ese momento el mundo pudo conocer la verdadera identidad y trágica vida de la famosa niña afgana, Sharbat Gula.

Cuando vio la foto por primera vez, se avergonzó de los agujeros del chal rojo. Dijo que se lo había quemado en unos fogones. Le satisface haber sido fuente de inspiración, pero no creo que la fotografía signifique nada para ella.

Sharbat Gula era una mujer trasformada por una vida durísima. La pérdida de miembros de su familia, las penurias y el miedo acumulado habían marchitado prematuramente su rostro y entenebrecido aquellos ojos inquietos de su niñez. Steve McCurry tuvo que recurrir a expertos en técnicas de identificación del iris para confirmar que era Ella, que se trataba de la misma persona. Durante el recuentro con su retratista, Sharbat acudió también con sus hijos y su esposo. Apenas habló con Steve, y evitaba el contacto visual directo —las mujeres de esa parte de la Tierra no deben hacerlo con ningún otro hombre que no sea su marido—. Cuando Sharbat descubrió enteramente su curtido rostro, su expresión seguía estando alerta, pero destilaba melancolía y resignación. Había sobrevivido a 23 años de una guerra que dejó un millón y medio de muertos y más de tres millones de refugiados. Fue un milagro encontrarla con vida.

Chiang Mai, Tailandia (2010). © Steve McCurry

Rajasthan, India (1983). © Steve McCurry

Rajasthan, India (2010). © Steve McCurry

Con ese retrato, Steve McCurry (Pensilvania, 1950) capturó el instante decisivo del que hablaba el gran maestro de fotografía Henri Cartier-Bresson, y volvió a hacerlo incontables veces, pues la historia de la muchacha afgana es una de las miles de imágenes que ha captado McCurry a través de los objetivos de sus cámaras. Por su extraordinario trabajo en la cobertura del conflicto afgano-pakistaní fue reconocido con la Medalla de Oro Robert Capa.

Mi vida está determinada por la apremiante necesidad de recorrer el mundo y observarlo; mi cámara es mi pasaporte. En mi obra pueden verse que en las similitudes que compartimos nos une un lazo humano que no diferencia lenguas, religiones o el color de la piel.

Mucho tiempo antes de que todo eso ocurriese, un joven McCurry, recién graduado en Cine, admirador de Cartier-Bresson, Vermeer y Goya, entre otros grandes artistas, anhelaba descubrir el mundo a través de la fotografía, y decidió comenzar por la India. El contraste de la mezcla de culturas, la variedad de paisajes y paisanajes, sus versátiles matices, sus seres y la relación con el entorno se ofrecían con absoluta pureza ante los ojos de Steve, que ya no pudo apartarse de esa realidad.

Lo que realmente busco en la fotografía es una historia humana, que la foto muestre a qué se parece la vida que vivimos en este planeta. Es mi principal objetivo. No lo es encontrar el color, o la luz perfecta. Me gusta la gente cuyo rostro tiene una historia que contar.

Steve McCurry ha editado numerosos libros, auténticas joyas. De su trabajo en el sudeste asiático podemos disfrutar de obras como South Southeast (Phaidon, 2000) y India (Phaidon, 2015). Los impresionantes paisajes de Afganistán y los rostros de un pueblo orgulloso que lleva siglos defendiéndose de invasores, están recopilados en su libro Afghanistan (Taschen, 2017). En On Reading (Phaidon, 2016), McCurry recopiló espléndidos momentos de silencio y complicidad entre lector y libro, —muy recomendable para todos los que frecuentamos este territorio zendiense—. Para quien quiera conocer las historias detrás de las imágenes, recomiendo Untold: The Stories behind the Photographs (Phaidon, 2013). A Life in Pictures (Mondadori Electa, 2018) es el volumen completo y definitivo sobre McCurry, escrito y compilado por Bonnie McCurry, la hermana de Steve. Su último libro, Animals (Taschen, 2019), es un bellísimo compendio de instantes compartidos entre humanos y animales, lleno de ternura y de íntima comunicación.

Steve McCurry en Porbandar, Gujarat, India. (1983)

Java, Indonesia (1983). © Steve McCurry

Weligama, Sri Lanka (1995). © Steve McCurry

Me pregunto qué es lo que hace que no pueda apartar la vista de las fotografías captadas por Steve McCurry. Sufrimiento, alegría, amor, sosiego, intimidad… ¿Cómo convierte algo normal en extraordinario? La magia está en emociones transmitidas con rotunda claridad en una sinfonía perfecta de luces, sombras y colores —la vida está en color, dice él—. Solo el Arte es capaz de expresar el Tiempo, esa misteriosa cuarta dimensión que no podemos controlar. Supongo que es una cualidad que poseen los grandes artistas: contar la verdad incluso aunque no exista. Su obra, tan cercana a la humanidad, es algo que no se puede concretar en un espacio con un cerco físico o temporal. Simplemente, es propio de alguien que aspira al mundo, en sí mismo, mostrando una armonía holística, pero desmenuzando su globalidad, en el sentido más literal de la palabra. De modo que somos nosotros quienes le debemos gratitud por contar historias verdaderas y honestas. Historias a menudo crudas, congeladas en un instante. Es y será, siempre, uno de los grandes retratistas del alma humana y de las entrañas de la misma vida.

Quiero transmitir la rotunda belleza y el asombro con los que me topo en mis viajes, cuando la sorpresa de lo desconocido choca con el placer de lo conocido. Las fricciones entre pasado y presente, lo sagrado y lo profano, lo usual y lo exótico, fortalecen mi ánimo. Me siento impulsado a compartirlas, a aislarlas en un halo de quietud para que puedan sobrecoger y conmover a otras personas.

No siempre hay que poner palabras sobre las imágenes, ni imágenes sobre las palabras, pues no existe competición entre ambas, siempre y cuando estén bien construidas. Steve McCurry cuenta historias a través de las imágenes, historias que jamás contarían sus propios protagonistas, seres anónimos que, sin embargo, se sinceran ante el objetivo de la cámara de este genio. Quizá porque solo tienen ese momento que se les ha brindado. Y es enteramente suyo. Un breve y eterno instante.

Luego, en esas fotografías, cada cual verá lo que tenga dentro.

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