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¿Y si decimos que «El Hombre contra la Abeja» es de las mejores series del momento?

¿Y si decimos que «El Hombre contra la Abeja» es de las mejores series del momento?

Tiene poco de infantil El Hombre contra la Abeja, miniserie de 9 brevísimos capítulos (juntos apenas llegan a la duración de un largometraje) que ha ocupado los primeros puestos de Netflix durante bastante tiempo este verano y que, de hecho, sigue haciéndolo en la categoría de infantil. La serie con la que el famoso Rowan Atkinson, Mr Bean, ha vuelto a la pantalla narra la odisea, por decir algo, de un tipo cualquiera al cuidado de una gran mansión y que, por razones que nunca se acaban de entender, entabla una caótica guerra con una abeja.

"La abeja, esa promesa de caos, esa mancha que nos señala el camino de la autodestrucción"

Animada por una gran partitura de Lorne Balfe y unos buenos efectos visuales (y sí, por el enorme talento como humorista físico de Atkinson) El Hombre contra la Abeja es una de esas series tan fácilmente clasificables como, en el fondo, elusivas. Podría decirse que, a fuerza de payasada y humorada (aparentemente) blanca, Atkinson consigue un producto que define a sus críticos más allá de lo que sería deseable. La abeja, esa promesa de caos, esa mancha que nos señala el camino de la autodestrucción, puede funcionar como un contenedor de las obsesiones que nos conducen al desastre inevitable. Hay algo, por tanto, evidente y profundamente alegórico en la sucesión de infantiles destrozos de su protagonista.

"El Hombre contra la Abeja se absuelve a sí misma de cualquier pecado como inocua actualización del humor físico de Buster Keaton"

Escapa de nuestro alcance, si no es por razones de puro consumo, por qué El Hombre contra la Abeja es una serie y no una película estándar. Seguramente los medidores de consumo de datos de Netflix tienen una razón para ello, aunque su adscripción como producto infantil quizá ayude a los niños a entrar en faena con capítulos concebidos casi como secuencias de diez minutos. El resultado, no obstante, contribuye paradójicamente a cierto purismo narrativo que comienza con lo ingenuo y simple de la propuesta (sí, hombre contra abeja, y nada más) y continúa con una segmentación que ayuda a sus creadores a concatenar subidas y bajadas, escalar adecuadamente el nivel de destrucción del hombrecito antes apodado Mr. Bean.

Bien es cierto que Atkinson ha querido reducir con sentimentalismo la idea, el concepto de puro slapstick de acción, al caracterizar social y psicológicamente al personaje a través de su exmujer y su hija. Pero incluso ese elemento convierte al trabajador, que se revela como un eficaz destructor de arte contemporáneo y piezas arqueológicas, en una suerte de nihilista vengador (no exento de tragedia) de los esnobs a los que cuida la casa.

El Hombre contra la Abeja abunda en lo ingenuo y lo escatológico (memorable el restriegue con la caca) y se absuelve a sí misma de cualquier pecado como inocua actualización del humor físico de Buster Keaton. Su apología del humor de parvulario, sin embargo, resulta doblemente bienvenida por una evidente inyección de negrura que actúa siempre desde sus márgenes. Hay una profecía autocumplida y profundamente justiciera en la debacle de todos los ornamentos de los que nos dotamos como sociedad que, al final, acaba configurando la serie como uno de los entretenimientos familiares más brillantes de los últimos meses, claramente superior a otros productos franquiciados de entretenimiento infantil que pueden ahora consumir en cines o en sus hogares.

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