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Zeus y familia, una historia inmortal

Zeus y familia, una historia inmortal

Empecé a escribir Zeus y familia durante el confinamiento impuesto por la pandemia, pero la idea me rondaba la cabeza desde mucho antes. Fue en un viaje a Ítaca con Julia, mi mujer, y nuestro hijo Alejandro. Llegamos muy temprano, habíamos embarcado el coche en el ferri que une Simi, en Cefalonia, con Piso Aetos, un pequeño puerto que está en el lado occidental de la isla.

Tras dejar atrás la cuesta que corona el monte del Águila, donde Heinrich Schliemann excavó buscando las ruinas del palacio de Ulises, seguimos ruta. En el otro lado de la ladera nos detuvimos a la altura del arriscado lugar en el que hay una cueva que según la tradición es la Cueva de las Ninfas, las Náyades, el antro en el que dice Homero en la Odisea que el héroe escondió el famoso trípode y demás objetos de valor que le había regalado Alcínoo, el generoso rey de Feacio. Para alcanzar la cueva, que está en una cota elevada, hay que subir un buen trecho. Eran, como decía, las primeras horas de un día de primavera, pero hacía frio y había caído la niebla. Subimos con paso enérgico y emoción contenida. Acostumbro a visitar los sitios que aparecen en los relatos homéricos llevando en la mano un ejemplar de la Ilíada o la Odisea y leyendo el pasaje en el que son citados. Llegamos a la altura de la cueva y nos detuvimos para contemplar el paisaje en el que destaca Forcis, la ensenada en la que los marineros feacios depositaron, dormido, a Ulises. Había empezado a leer el pasaje en el que Ulises, que estaba tumbado en la arena envuelto un manto de lino, despierta y observa el paraje que estaba cubierto por la niebla y no lo reconoce por mor de Atenea, que le protege y no quiere que se percate de que está de vuelta en Ítaca antes de que pueda organizar su venganza contra los pretendientes. Ulises no reconoció el lugar, pero no pudo contener la emoción y sus ojos se llenaron de lágrimas. Estaba, como decía, leyendo el Canto XIII de la Odisea —que Alex escuchaba en silencio y con mucha atención— cuando, doy fe de que sucedió tal y como lo cuento, empezó a despejar la niebla que nos había acompañado desde que habíamos desembarcado.  Me pareció una señal. Un guiño de los dioses del lugar, porque al disiparse la cortina que velaba el paraje, ante los asombrados ojos de Alex —y de los míos y los de Julia— aparecía en todo su recóndito esplendor el mismo paisaje que había recibido a Ulises treinta y tantos siglos antes de nuestra llegada. Fue un momento inolvidable. Mi hijo, que por aquel entonces tenía once años, no paraba de hacer preguntas. Sobre Ulises y su odisea tras la Guerra de Troya. Quería saberlo todo. Quiénes eran los feacios y las ninfas, qué era un trípode, qué había en el interior de la cueva, quiénes eran Zeus y Poseidón… en resumen, quiénes eran y cuántos eran los dioses del Olimpo. Salí del paso como pude porque, aunque Mnemósine, la diosa de la memoria, me ha distinguido siempre con su protección, la familia olímpica es muy numerosa y la curiosidad de Alex, insaciable. Así que prometí que escribiría un libro contando la historia de Zeus y su familia. Salí del paso. Pero me quedé con el recuerdo de aquel compromiso contraído en tan señalado lugar. Un compromiso aplazado sigue siendo un compromiso. Y no lo olvidé.

Años después, aquella promesa se ha convertido en lo que hoy es Zeus y familia. Creo que las riquezas que van a encontrar en este libro   los amantes del Mundo Antiguo son innumerables. Porque también es una guía de viajes. Desde Troya a Ítaca, Atenas, Roma o Sicilia y otros enclaves míticos que se asoman al Mediterráneo y en los que los devotos de los dioses levantaron un  templo o un oráculo. Como decía, lo empecé a escribir durante la pandemia. Zeus y familia es el fruto de la única componente positiva del confinamiento. Me refiero a la disponibilidad de tiempo. Tiempo que pude haber dedicado a no hacer nada, entregándome al aburrimiento —que es la dimensión más profunda de la existencia, según decía Emil Cioran— o a leer y a escribir, que es lo que hice. Bueno, a leer, a escribir y a engordar…, pero esa sería otra historia.

Por volver al libro, Zeus y familia es una historia que se lee como una novela que narra la historia de la gran familia olímpica. Una familia muy poderosa que sufrió una terrible guerra civil entre dioses, gigantes, cíclopes y titanes antes de que Zeus lograra coronarse como Señor del Olimpo. La violencia desplegada en sus luchas de poder entre los diferentes clanes de la familia olímpica dio pie a auténticas orgías de sangre. Con arreglo a las categorías actuales, no eran una familia ejemplar. Zeus y familia es un relato que contiene pasajes que generan terror —por las maneras sádicas y brutales de algunos dioses—, caso de Crono, autor de la castración de Urano, que era su padre. Pero hay otros que se mueven por el territorio del humor y las travesuras que acompañaban algunas de las andanzas de Apolo, Hermes o Pan. En cierto sentido podía considerarse como una Biblia pagana, aunque a diferencia del pueblo judío, en el caso de Grecia, la religión creada al calor de los mitos no dio pie a un libro sagrado portador de una palabra divina inatacable. Tampoco surgió una casta sacerdotal dispuesta a imponer la ortodoxia religiosa y a estigmatizar determinados comportamientos sexuales. En materia de relaciones sexuales los dioses olímpicos eran liberales. Libérrimos, incluso. Las infidelidades, los adulterios, los incestos estaban a la orden del día. Incluso el bestialismo. Pensemos en el origen del nombre de Europa. El “poliamor” no es un invento reciente. En realidad es tan antiguo como los dioses del Olimpo. En ese registro Zeus era lo que hoy llamaríamos un crack. Baudelaire creía que lo Bello era más noble que lo cierto. Podría ser un lema para acercarnos al mundo de los mitos. Mi intención era que lo bello no quedara sin decirse. La historia que se relata en Zeus y familia es una historia inmortal.

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Autor: Fermín Bocos. Título: Zeus y familia. Editorial: Ariel. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Foto: Julia Navarro.

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