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El punk lo inventó una mujer

Experimento totalmente logrado, estas Memorias de una beatnik consiguen lo que prometen. Diane di Prima (Nueva York, 1934 – San Francisco, 2020) lo tenía claro cuando se embarcó en el proyecto con la idea de atentar contra las formas de relato popular desde las entrañas mismas de lo que el público entendía como un relato pulp, aunque trufado de escenas pornográficas que elevaban a la categoría de subproducto genérico lo que en el fondo es una de las piezas más iluminadoras de lo que hoy se conoce como la Beat Generation, por más que la artista —llamarla «escritora» es quedarse corto— rehuyera el apelativo beat que con justicia le corresponde, más si cabe en este mismo año en el que se conmemora el centenario del nacimiento de Jack Kerouac. Él mismo tiene un papel secundario en las escenas finales de la novela, cuando participa en una orgía desternillante junto a Allen Ginsberg, otra de las luminarias del movimiento, además de los consabidos Gregory Corso, William Burroughs, Lawrence Ferlinghetti, Frank O’Hara, Merce Cunningham o Amiri Baraka (LeRoy Jones).

"En 1969, cuando aparece la novela memorialística de la joven beatnik, su autora ya era considerada una figura reconocida dentro del movimiento contracultural"

Desde la cuna de la Europa más procaz, el editor Maurice Girodias propuso a Di Prima escribir un libro erótico basado en sus años en Nueva York a mediados de los años cincuenta. Girodias y Di Prima ya habían colaborado con anterioridad, y no se le escapaba a la escritora que él había sido el artífice de la publicación en la parisina Olympia Press de la Lolita de Vladimir Nabokov o algunas de las últimas piezas de Henry Miller. En 1969, cuando aparece la novela memorialística de la joven beatnik, su autora ya era considerada una figura reconocida dentro del movimiento contracultural, además de por su activismo político y editorial, una combinación perfecta para que el FBI insistiera en investigarla y censurarla, ya fuera con cargos por obscenidad, por simpatizante del movimiento pacifista con tendencias izquierdistas, por frecuentar con demasiada asiduidad sustancias estupefacientes, psicotrópicas, alucinógenas y extáticas (recuérdese su amistad con el padre cultural del LSD Timothy Leary en Millbrook, a quien publicó las dos primeras ediciones de las Oraciones psicodélicas en 1966, un año antes de que la sustancia se convirtiera en proscrita), o simplemente por encarnar en una mujer lo que parecía destinado a la creación y experimentación masculina. El libro iba para erótico, pero acabó cargado de pasajes pornográficos, que es la diferencia cuando la pretensión busca la calentura explícita del lector y la excitación sin contemplaciones. Ése era, por cierto, el baremo con el que el comité de lectura de La Sonrisa Vertical (Berlanga et allii) decidía la conveniencia de los textos que acabarían engrosando el catálogo de la mítica colección rosa de Tusquets Editores, hoy ya normalizada como un producto de consumo más, con un relajo en el sentido transgresor que la viera nacer tras la apertura democrática de nuestro país.

Un año y medio. Ese es el tiempo que dedica la autora a contar su aventura neoyorquina en pisos de mala muerte o en bancos de mala muerte a la intemperie, cuando aún no estaba prohibido pernoctar a la buena de Dios. Cuando las cosas cambien, encontraremos a la protagonista de estas memorias en la costa Oeste, muy cerca del Centro Zen de San Francisco, uno de los lugares de la introducción del budismo en Occidente, como recuerda Rebecca Solnit en El arte de perderse, pero esa ya iba a ser otra historia. Diane, de momento, sigue cerca del Hudson y son los incipientes beatniks quienes se acercan a la Gran Manzana.

"El libro es una reivindicación del placer y la experimentación que brilla de forma singular en la producción narrativa"

Cuando David Zane Mairowitz habla de que en la obra de Kafka no hay sexo en el sentido explícito, pero la estimulación erótica psicológica es infinita, no podía estar pensando en modo alguno en Diane di Prima. La escritura de la activista, profesora, editora, teórica, poeta y unas cuantas cosas más se encuentra en el margen opuesto a la del genio praguense, contenida y superada por la repulsión física que sentía hacia el cuerpo propio y ajeno, y hacia el acto supremo de dicha que encarna el coito y sus prolegómenos. La potencia de Di Prima reside, precisamente, en todo lo contrario al autor de La Metamorfosis. En ella prevalece la descripción minuciosa de esos encuentros sagrados dentro de la cotidianeidad, donde la expresión de la coreografía de los cuerpos entrelazados, los fluidos, las pasiones, la unión genital estentórea, sin asomo de tabús ni renuncias, libérrima en decisiones y voluntades, sonrojaría hoy mismo a cualquiera que se tomase por una mente moderna y sin remilgos. Así se expresa Di Prima y ahí, también, sobre todo, reside el valor de estas Memorias novelescas. La escritora recordaba cómo Girodias le devolvió el original en un primer momento, reclamándole que incluyera más escenas de sexo. Ella aceptó el reto, y reía mientras se inventaba (o no tanto) unas cuantas escenas lujuriosas de relleno, al tiempo que confesaba que para ella fue como añadir orégano a una salsa de tomate. Pero hay más: el libro es una reivindicación del placer y la experimentación que brilla de forma singular en la producción narrativa que va de los años posteriores a la explosión electrodoméstica hasta los inmediatamente precedentes del hippismo. El volumen, publicado en 1969, contiene pasajes interactivos y constituye con rotundidad una valiente acción política en el momento de su edición al proponer una mirada desprejuiciada y gozosa a la promiscuidad sexual polimorfa desde una perspectiva femenina. Los nuevos modelos de sociedad empezaron a forjarse con reivindicaciones honestas —y arriesgadas, todo hay que decirlo— como las de Di Prima. Tiene razón la presentación editorial cuando propone releerlo (existe una traducción española de la UNAM en 2020 algo descuidada, y la exquisita Las Afueras ha preferido la versión de Luis Rubio Paredes de 1999, pese a que se desconoce el paradero del traductor) como una invitación a pensar la vida y el arte en común y en comunidad; como una provocación para fijarse en otros modelos de ser familia; como una reafirmación de intenciones de una autora que, a pesar de haber sido acusada de obscenidad en varias ocasiones, no dejó de escribir como quería y lo que quería; también, claro, como un juego de escritura que merece la pena ser recordado y, por qué no, imitado y trascendido desde la asimilación más profunda.

"En aquellos años sabemos que lee a Lorca mientras escucha jazz y se cartea con Ezra Pound"

Anne Boyer dice que “escribe con la prosa fría de una poeta en llamas” y ya considera estas Memorias un clásico de la vida de la bohemia norteamericana, por obsceno, por enérgico, por absurdo y por resultar totalmente adictivo. Quien ose bucear en la biografía de Diane di Prima se llevará más de una sorpresa. No se podía ser más cool, que es la elegancia avanzada atemporal sin el deseo de aparentar, todo lo contrario del esnobismo decadente que dicta colores, gestos, actitudes y tendencias. Hoy Di Prima seguiría su camino de outsider, el primer requisito para seguir siendo auténtica, algo así como una Fran Lebowitz sin domesticar, que ya es decir. Di Prima es referencia inexcusable cuando se habla de la persecución política a escritores y artistas por su simpatía hacia el comunismo, cuando se estudia el nacimiento de pequeñas comunidades autogestivas que experimentaron con drogas como un método de autoconocimiento, cuando se analiza la liberación sexual de los años sesenta, cuando se resigue la huella de la lucha de la sociedad afroamericana por la igualdad de derechos, cuando, en fin, se piensa en la irrupción de las mujeres en todos los campos acotados por el patriarcado.

En aquellos años sabemos que lee a Lorca mientras escucha jazz y se cartea con Ezra Pound, al tiempo que mantiene esa ambición de persistir en actuar con “una claridad radical en medio de la aterradora indiferencia y el sentimentalismo que nos rodeaban”. Las cosas no han cambiado tanto desde entonces. Hoy también habría leído dos de sus mejores poemas, como hiciera en The Last Waltz, el icónico concierto de despedida de The Band que filmara un Martin Scorsese en estado de gracia, justo antes de Toro Salvaje: el primero fue el desgarrador “Get Yer Cut Throat off My Knife” y el segundo el clarividente “Revolutionary Letter #4”. Leídos con Miles Davis y Dinah Washington de fondo, después de Aullido de Gingsberg mientras espera en la mesa del café En la carretera de Kerouac, no sería mala forma de rendirle honores a la gran dama punk avant la lettre. Áspera sí, pero no se la pierdan.

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Autora: Diane di Prima. Título: Memorias de una beatnik. Traducción: Luis Rubio Rosales. Editorial: Las afueras. Venta:

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Pepehillo
Pepehillo
6 meses hace

A ser siervos le llaman ser libre. Corren tiempos de mamones y mamoncetes. Sorbe, siervo. Si queréis algo salvaje y bárbaro, leed a Sven Hassel. Las guarradas de los niños de papá occidentales para vosotros.