—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Homenaje a las mujeres de medias azules

Homenaje a las mujeres de medias azules

Hará cosa de un año leía yo Eats, Shoots & Leaves: The Zero Tolerance Approach to Punctuation, uno de esos libros que nos gusta leer a los que consideramos que la puntuación y la gramática sí son importantes y se nos nubla la vista cuando tropezamos con un escrito plagado de comas entre sujetos y predicados. Allí encontré, creo que por primera vez, el término bluestocking, sustantivo que significa: «mujer intelectual, que se interesa por la literatura u otras facetas, pero no las tradicionalmente femeninas». Cabe destacar que hoy, en el siglo XXI, es un vocablo despectivo que, resumido, significa «mujer pedante» del que no existe equivalente masculino. La traducción más cercana al español —aunque no literal, como sí es el caso en francés y otras lenguas europeas— es «marisabidilla»; según el diccionario de la RAE, coloquial: «mujer que presume de sabia». ¿Y el equivalente en masculino? Sé que no existe, pero para confirmarlo consulto con la Academia.

¿Por qué no existe un término para el varón? ¿Es porque no hay hombres intelectuales y amantes de la literatura? No, no creo que sea eso; yo conozco a varios. ¿Es entonces porque es aceptable que haya hombres con este tipo de intereses pero no mujeres, o que ellos presuman y ellas no? En español hay sinónimos, como sabiondo o pedante, pero se aplican a los dos géneros. La RAE me contesta que se suelen emplear «listillo» o «sabelotodo», sin dar una respuesta directa a mi pregunta, que habría sido: no, no existe el equivalente masculino. ¿Hace falta puntualizar que el femenino de «listillo» es «listilla» y que «sabelotodo» se emplea para ambos géneros?

"Una mujer que escribiera o hubiera aprendido latín y griego se consideraba inmodesta, indiscreta y condenada a terminar solterona por culpa de su intelectualismo."

Me pregunto también cuándo empezó a emplearse esta palabra, bluestocking, con desdén. Aunque se usó con anterioridad, su origen literario es del siglo XVIII y la Blue Stockings Society, un movimiento social y educativo fundado de manera informal en Inglaterra con la finalidad de acercar a las mujeres a la literatura. En esa época solo los hombres iban a la universidad y de las mujeres todo el arte que se esperaba era tejer, hacer punto de cruz, bailar y adornar su bella figura para complacer a los hombres. Una mujer que escribiera o hubiera aprendido latín y griego se consideraba inmodesta, indiscreta y condenada a terminar solterona por culpa de su intelectualismo. Tal como advierte en una carta un padre de la época a su hija: «El ingenio es el talento más peligroso que puedes poseer», y le aconseja que lo esconda de los hombres.

Dos Elizabeths de familias adineradas, Montagu y Vesey, fueron las fundadoras del movimiento, al que invitaban tanto a hombres cultos (para que compartieran sus conocimientos) como a mujeres. Entre los muy famosos destacan por ejemplo Samuel Johnson y Horace Walpole, que dijo que se trataba del primer club de mujeres conocido y que eran «de gran belleza, y la mayoría de los hombres jóvenes de moda pertenecían al club». En su artículo de 1976, The Blue-Stockings: Getting it Together, la escritora y profesora de Harvard Jeanine Dobbs afirma que los invitados varones trataban a las mujeres con condescendencia y a veces las insultaban a pesar de que disfrutaban de esas reuniones, y conjetura que quizá fueron los hombres a los que no invitaban los que empezaron a usar el término de forma despectiva. Uno de los primeros invitados fue el botánico, traductor y autor Benjamin Stillingfleet, del que se dice que no tenía suficiente dinero para comprar las medias de seda negra que eran atuendo formal de la época. El propósito de las reuniones era primordialmente literario sin distinguir clases sociales, así que Vesey lo animó a presentarse con sus medias azules, las más baratas e informales medias de lana azul. De allí surgió el nombre del club. Curioso que el primer bluestocking fuera un hombre, ¿no?

En general las mujeres del grupo tenían más educación y menos hijos que sus contemporáneas; algunas no se casaron nunca y varias consiguieron independencia económica gracias a sus escritos (aunque de manera anónima para esconder su condición de mujeres). Según un artículo del New York Times de 1881, el club surgió como un intento de alejarse del vicio por el juego, y las fundadoras, Montagu y sus amigas, quisieron rebelarse contra la tiranía de esta costumbre que absorbía la vida social de las clases ricas sin ningún tipo de disfrute intelectual y del que eran víctima tanto hombres como mujeres, y muy jóvenes. En el club, la conversación primaría por encima de las cartas.

"Con el acceso de las niñas y mujeres a la educación formal, el club de las medias azules perdió su propósito original, dejó de ser necesario. Pero no desapareció"

Hasta el final de ese siglo se continuó usando el término para referirse a intelectuales de ambos sexos. A principios del siguiente, el XIX, surgió en Francia la traducción del inglés, bas bleu, para referirse a una mujer de letras. Para entonces ya había decaído en Inglaterra la popularidad del club. Una prominente intelectual a la que se vilipendió y solo se ha redescubierto el siglo pasado, Anna Laetitia Baurbauld, escribió que las mujeres no necesitan universidades y que «para una mujer la mejor manera de adquirir conocimientos es a través de la conversación con su padre, un hermano o un amigo». Ella había crecido entre varones y exigido de su padre (doctor y escritor) que la instruyera sobre los clásicos, a lo que él sucumbió ante la preocupación y oposición de su madre. Pero a principios del XIX esta idea ya estaba cambiando y se empezaba a cuestionar por qué una mujer tenía que ser más ignorante que un niño. La educación primaria e incluso universitaria empezaba a ser asequible también para las féminas. En España se estableció la educación primaria obligatoria para ambos sexos en 1857 y en 1888 se permitió a las mujeres asistir a la universidad de oyentes y hasta matricularse y por tanto obtener una licenciatura después de haber recibido un permiso expreso en cada caso individual (pese a todo, en 1910 el nivel de analfabetismo femenino era todavía del 65,8%, frente al 52,6% de los hombres).

Así pues, con el acceso de las niñas y mujeres a la educación formal, el club de las medias azules perdió su propósito original, dejó de ser necesario. Pero no desapareció, pues es el origen de los hoy mundialmente populares clubs de lectura, formados en apabullante mayoría por mujeres y de los que hablaré en mi próximo artículo.

Antes de la muerte de Montagu en 1800 y con el nuevo siglo, el término se había establecido en el lenguaje y a cualquier mujer intelectual se la etiquetaba de bluestocking. Además, se había traducido no solo al francés, sino también al alemán, el holandés, el danés y el sueco, quizá ya con su connotación negativa. En Francia el desprecio fue inmediato, tanto es así que se utiliza con el artículo masculino, a pesar de que se aplica siempre a una mujer: «C’est un bas-bleu». Y se usó para menospreciar a mujeres con pretensiones literarias o intelectuales como las escritoras Sophie Gay, George Sand, Marie d’Agoult (Daniel Stern), Valérie de Gasparin, Eugénie de Guérin, Delphine de Girardin y muchas otras.

"Las bluestockings también fueron uno de los objetivos de ridículo favoritos de Lord Byron, que las consideraba superficiales y fácilmente impresionables."

Me ha llamado la atención, en especial, un libro publicado en 1878 titulado precisamente Les Bas-bleus, de Jules Barbey d’Aurevilly. Empieza diciendo que lo ha escrito para defender el encanto de las mujeres, amenazado por ellas mismas, que se creen que pueden tener encanto en la literatura, el arte o la ciencia. No, su encanto reside en el poder de hacer girar las cabezas de los hombres, aunque en la actualidad esas cabezas se están quedando inmóviles. En la introducción afirma que las mujeres que escriben no son mujeres; son hombres, bas-bleus —que es masculino— que dimiten de su sexo y se creen con «cerebro de hombre» y viven de la literatura, exigiendo «su parte dentro de la publicidad y la gloria». Son «mujeres ni jorobadas, ni feas ni estériles que tienen la idea de meterse en ecuación con el hombre, y hombres que se convierten en más mujeres que ellas, pues tienen la bajeza de sufrirlas». Se escandaliza de que en esos momentos haya en Francia críticos que «¡consideren seriamente a la señora Sand un genio! El despreciativo Chateaubriand mismo […] ha tenido la debilidad de este halago». Critica también a Olympe Audouard, una feminista de la época que luchaba por conseguir la igualdad para las mujeres, en concreto el derecho a votar. Se lamenta de que las mujeres, que siempre han sido encantadoras y perfectas en su encanto, ya no quieran serlo. Menciona el matrimonio como salvoconducto contra el bas-bleuisme. Habla también de las bas-bleus americanas, que llevan ventaja, pues ese país es ya más democrático que Francia y «los americanos van a ser nuestros maestros en todo». Afirma que allí las mujeres están reclamando la superioridad absoluta: «Queremos el poder —dicen ellas a los hombres— como mejores, más inteligentes y más perfectas que vosotros». El resto del libro está dividido en capítulos dedicados a bas-bleus concretas. En el de George Sand dice: «Todavía estamos lejos del reino de las mujeres políticas, que un día tendrán las injurias literarias para vengarse». Aunque reitera que Sand no es una mujer, es un hombre, pues se ha pasado casi toda su vida vestida de hombre, y qué me dicen de su nombre… En el epílogo: «Casi todo el mundo actualmente tiene el ridículo de pensar que el hombre y la mujer tienen la misma cabeza, el mismo corazón, el mismo empuje y el mismo derecho. Algo más estúpido, ignorante y anárquico que esta idea misma es que tiende a ser una creencia y opinión universal». Asegura que las bas-bleus, con sus libros, sus tesis y sus afectaciones están azulando el mundo, despojándolo de su virilidad, y es más, se trata de un movimiento —un vicio— que no se va a detener, sino que se va acelerar. En fin, el libro no tiene desperdicio para quien le apetezca una buena dosis de inseguridad masculina y misoginia.

Las bluestockings también fueron uno de los objetivos de ridículo favoritos de Lord Byron, que las consideraba superficiales y fácilmente impresionables. En el canto XI de su épica satírica Don Juan, cuando Don Juan llega a Londres y se convierte en objeto de interés romántico de mujeres solteras o recién casadas y conoce a los escritores eminentes de la época, las bluestockings lo invitan a sus fiestas para que les hable de literatura. Dice de ellas:

«Las Azules, esa tierna tribu, que suspiran por los sonetos

y con las páginas de el último Review

forran el interior de sus cabezas o sombreros,

avanzadas en la más alta tonalidad de su azul.

Hablaban mal francés del español y de sus

autores fallecidos le pedían una pista o dos.

Y cuál era más suave, el ruso o el castellano,

y si en sus viajes había visto Ilión».

Thomas Moore y Charles Edward Horn subtitularon una ópera cómica The Blue Stocking, parodiándolas, y William Hazlitt, crítico literario y considerado uno de los más grandes ensayistas en lengua inglesa, escribió: «La bluestocking es el personaje más odioso de la sociedad… se hunde allá donde la pongan, como la yema de un huevo, hasta el fondo, y se lleva la porquería con ella».

No todos los escritores varones fueron tan duros con las mujeres de medias azules, aunque ya entramos en el siglo XX para encontrar algo bueno. En la introducción al libro Bluestocking Letters publicado en 1926, Reginald Brimley Johnson dice de ellas: «Siempre damas, nunca pedantes, se tomaban la vida con inteligencia y sentido común, formaban sus propias opiniones, seguían sus propios gustos, y lograron algo cercano al ideal de una camaradería alegre y franca con hombres brillantes y cultos».

Jeanine Dobbs escribe en el artículo que he mencionado más arriba que ese primer grupo de mujeres que formaron las bluestockings son responsables de preservar y avanzar el feminismo. Fueron, de hecho, las primeras mujeres de la historia moderna que no solo hablaron y escribieron sobre el cambio social, sino que actuaron para conseguirlo. Los hombres que acudían a sus reuniones, a pesar de encontrarlas estimulantes, no solían prestar atención a la enorme correspondencia que intercambiaban las mujeres, en la que se revela el rencor que sentían por el trato al que las sometían los hombres. Muchas de ellas escribieron además novelas, poemas, biografías y ensayos sobre escritores célebres como Shakespeare, y tradujeron a los clásicos griegos. La gran mayoría de ese trabajo se publicó de manera anónima, pero sembró el camino para las grandes novelistas del siglo XIX. En palabras de Dobbs: «su valentía como escritoras, feministas y espíritus independientes fueron desde luego bendiciones permanentes».

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