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Hoy no es día de mojar la pólvora

Hoy no es día de mojar la pólvora

Que aquello que dejé atrás pueda llamarse país es algo difícil de comprender. Los países no nacen (nadie los alumbra), por tanto son incapaces de desaparecer de un disparo o arrastrados por un temporal. Los países no sienten frío: nadie puede prenderles fuego, ni ellos arder. No son capaces de enloquecer, porque no piensan. Los países no sufren, no se enamoran, no mueren, no recuerdan ni olvidan, tampoco firman sentencias de muerte… Los países no hacen ninguna de esas cosas. Las hacen quienes los habitan, aquellos que licúan un territorio, una lengua y una historia común en el barro con el que se fabrica la vasija de su propia convivencia. Mientras existan quienes sean capaces de enunciarlos, podremos seguir llamándolos países, aunque a veces se resistan a ser tal cosa.

Sólo los poetas han sido capaces de nombrar la tierra de la que provienen. Saben por dónde sujetarla para que no se resbale en los renglones viudos de la página impresa. Lo hizo Vicente Gerbasi. Lo hizo José Antonio Ramos Sucre. Y Miyó Vestrini. Y Eugenio Montejo. Y Juan Sánchez Peláez. Y si sólo cito a poetas nacidos en una misma tierra es porque son todos cuanto vienen a mi mente esta mañana de diciembre, un mes perfecto para derretir el frío con bocanadas de ajo y rabia. Hoy, todos esos poetas son la gragea del punto y final que me llevaré a la boca en nombre de un país desquiciado a cuya literatura aún pertenezco. Sus poetas me bautizaron con sus palabras. Al nombrar el país, me dieron nombre. Me imprimieron en un lenguaje y una tierra.

"Leo a dentelladas. Hambrienta. Leo con la furia de las cosas que conocí y olvidé. Leo con ira. Leo: Zaguán. Palo de agua. Paya. Mayo. País. Mis muertos. Leo: país…"

Mi madre nació en Turmero: un pequeño pueblo de los valles de Aragua, ese lugar a cien kilómetros de la capital venezolana donde crece la caña de azúcar y al caer la tarde los murciélagos muerden la piel de los nísperos y la de los caballos atados a los árboles. Es justamente en esa pequeña población, Turmero, el lugar donde pasé mi infancia y el sitio de donde provienen los versos más recientes de Yolanda Pantin (Caracas, 1954), una de las voces más sólidas de la poesía venezolana cuya obra ha sido publicada en España por Pre-textos y que ahora regresa con su más reciente libro, el poemario Bellas Ficciones (Eclepsidra).

polvora

Algo mío hay en sus poemas, algo que me perteneció fugazmente como los mediodías chupando caña de azúcar con mis hermanos en el caney o aquellas tardes en el chinchorro, cuando, para espantar a los zancudos, jugaba a desmayar con la mente a las ranas plataneras –eran blancas, frías, casi de piedra- que se pegaban a los mosquiteros de las ventanas. En Turmero transcurrió la infancia de mi madre, una parte de la mía y también la de Yolanda Pantin, ese lugar extinto que ahora llega a mi corazón con el vapor de un guiso, ésa que Yolanda Pantin ha buscado desde su primer poemario Casa o lobo (1981) y que más de una decena de libros después vuelve nítida – como un círculo trazado sin titubeos- en las páginas de Bellas Ficciones. En un vagón de metro de Madrid, el invierno está a punto de desatar una tormenta en los torniquetes. Yo, en la pantalla de mi teléfono, leo:

 

Arraigo

País mi casa

País mi sitio

País mi cuarto

País la luz

(…)

País samán

País zaguán

(…)

País caballos

En los potreros

País arditas

País Turmero

País los gatos

También los perros

Chacao

(…)

Cruce de ríos

Palo de agua

Aguacero

País acequia

País en flor

Perdón

Puente de Paya

(…)

En mis sueños

Atormentados

País nacido

Bendito seas

País pequeño

País penar

País pensar

País mis muertos

En un altar

Leo a dentelladas. Hambrienta. Leo con la furia de las cosas que conocí y olvidé. Leo con ira. Leo: Zaguán. Palo de agua. Paya. Mayo. País. Mis muertos. Leo: país…. En la estación de Chamartín, la boca y el corazón se hacen melao, melaza, caramelo. En el vagón de un tren rumbo a Colmenar, leo palabras que yo podría llamar palabrotas, del gusto que me da pronunciarlas. Están escritas con zumo de guayaba, esa fruta que sabe a azúcar y a pudrición, ésas con las que hacían zumos caseros que yo bebía a morro, ese jugo color rosa que mana de mi frente cuando me descerrajan un tiro en las pesadillas. Así muero en sueños: ahogada en un charco de azúcar, semilla y avispas. Leo a Yolanda y busco, busco al país sin nombre que todavía arde. Yo vine de una guerra muy anterior a las otras, una en la que nada me redime, porque no puedo combatir. Leo y me hago fuego. La cólera, ya sabéis, esa palabra sobre la que colocamos la piedra del primer acantilado. He visto confiscadas muchas pertenencias. De aquella batalla me quedan apenas las palabras —zaguán, palo de agua—, esa deuda que se hincha en mi mente, inquieta sobre esa almohada de la que sólo recibo pesadillas o picotazos. El vagón, como mi corazón, se anega… gana peso, se hunde. Huele a sal, y a guayaba, y a tierra. Huele a país, aunque no exista. Da igual, a mí me perfuma el naufragio.

"Que aquello que dejé atrás pueda llamarse país es algo difícil de comprender. Los países no mueren, no enloquecen, no pierden los dientes, no matan ni mueren. A los países nadie puede prenderles fuego, pero a mi nombre sí."

Unos días atrás, en el Museo Naval, me detuve ante una inscripción de cobre. Era larga y estaba escrita en letras de molde.  “Hoy no es día de mojar la pólvora”, decía. La leí varias veces. La leí como una letanía. Así, sin hacerme preguntas. A la mañana siguiente entendí de dónde provenía aquella urgencia, casi melódica. En la campaña del Pacífico, al mando de la fragata Almansa, el almirante gallego Victoriano Sánchez Barcáiztegui,y tras recibir más de cien proyectiles del Callao, se negó a inundar el pañol del barco a punto de hundirse a manos del enemigo. Lo mejor, pensó la tripulación, era perder peso. Mandarlo todo al carajo para salvar el pellejo. “Hoy no es día de mojar la pólvora”, dijo Barcáiztegui. Lucharían, hasta el final.

Quienes nacieron en una guerra anterior, quienes crecen en lugares rotos, saben que sólo el combate redime. La frase, que escuché de alguien que sabe de estas cosas, me hace preguntarme en cuál bando pelean los que quieren ajustar cuentas con todos. Que aquello que dejé atrás pueda llamarse país es algo difícil de comprender. Los países no mueren, no enloquecen, no pierden los dientes, no matan ni mueren. A los países nadie puede prenderles fuego, pero a mi nombre sí. Por eso, hoy no es día de mojar la pólvora. “País/ Mis muertos en un altar”. Mientras haya poetas, mientras pueda pronunciar el nombre que alguien más me ha dado, tendré país. Seré algo impreso sobre los surcos de la tierra arrasada. Hoy no es día de mojar la pólvora. Hoy no.

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