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1 de mayo de 1936: Indalecio Prieto habla en Cuenca

1 de mayo de 1936: Indalecio Prieto habla en Cuenca

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Viernes, 1 de mayo de 1936: Indalecio Prieto habla en Cuenca

Todos sabéis que ha desaparecido de la candidatura de esta bella ciudad de Cuenca el nombre del general Franco, y yo me felicito por ello, pero no diré ni media palabra en menoscabo del ilustre militar. Quien os habla hoy lo ha conocido de cerca, cuando era comandante. Lo vi pelear en África. Para mí, el general Franco, que entonces estaba en la Legión a las órdenes de Millán Astray, llega a la fórmula suprema del valor: es el más sereno en la lucha. Rendiremos este homenaje a la verdad. Ahora bien, tampoco debemos negar, cualquiera que sea nuestro posicionamiento político, que entre los elementos militares existen oficiales deseosos de alzarse contra el régimen republicano. Y el general Franco, por su juventud, por sus dotes, por su red de amistades en el Ejército, es hombre que en un momento dado puede acaudillar un movimiento de este género. Y si esto fuera así, si las fuerzas de la derecha, en vez de reñir la batalla en el terreno limpio de las ideas, buscan cobardemente un caudillo militar que encabece una subversión, ¿qué es entonces lo que persiguen aquí sino la investidura parlamentaria y la inmunidad consiguiente, una especie de red para limitar los daños en caso de fracaso?

Indalecio Prieto se había desplazado a Cuenca junto con un pequeño grupo de diputados socialistas afines. Quería inclinar los ánimos en la famosa votación repetida y al llegar ya se veían, a las puertas del teatro Cervantes, los restos humeantes del casino y la sede de Acción Popular. Ambos locales fueron asaltados por los manifestantes obreros que recorrieron por la mañana Cuenca, y en uno de los hoteles se atrincheraban a esas horas todavía las principales personalidades monárquicas.

"Un país podía soportar la convulsión revolucionaria, pero no la sangría constante del desorden público sin finalidad revolucionaria inmediata"

El teatro estaba lleno hasta la bandera, repleto de camisas rojas o azules. A uno y otro lado del orador, en el escenario, montaban guardia los chicos de la Motorizada, jóvenes chíbiris que lo acompañaban y no perdían de vista ninguna puerta. Por su parte, el compañero Prieto, o don Inda para sus amigos, delante del micrófono, con una mano en el bolsillo de su chaleco, pasó a tratar de la candidatura de José Antonio y denunció la operación para sacarlo de la cárcel.

Pero lo que le traía más a pecho no era eso.

—Se nos acusa, al Frente Popular, de ser la antipatria, de que odiamos lo español. Pero yo os digo que no es cierto. A medida que la vida pasa por mí, yo, aunque internacionalista, me siento cada vez más profundamente español. Siento España en mi corazón, y la llevo hasta en el tuétano de mis huesos. Todas mis luchas, todos mis entusiasmos, todas mis energías, derrochadas con prodigalidad, las he consagrado a España. Y si yo y otros socialistas nos hemos arriesgado a salirnos de la legalidad durante la revolución de Asturias, no fue para precipitar un futuro que ni siquiera hubieran llegado a ver, sino por altruismo. Y por eso yo digo: ¡viva Asturias!, sí. ¡Viva Asturias, que lo oigan bien, porque ella simboliza el verdadero patriotismo y el amor al futuro de esta tierra!

Indalecio Prieto se golpeó el pecho con entusiasmo.

Al calmarse los aplausos, recuperó el tono comedido. Recordó que un país podía soportar la convulsión revolucionaria, pero no la sangría constante del desorden público sin finalidad revolucionaria inmediata, ni el desgaste del poder político. Y al tiempo que se encendían las luces, iluminando a los asistentes, de pie ante las butacas, abandonó el teatro por el pasillo central, rodeado por los motorizados y por el grupo de diputados que se precipitó a felicitarle.

—¡Bravo, don Inda! ¡Un discurso formidable! —exclamó Juan Negrín, un médico educado en Alemania y discípulo de Ramón y Cajal en Madrid. Robusto, de buena estatura, con lentes, bigote negro y aspecto de hombre de negocios—. ¡Es el discurso de un futuro jefe de Gobierno!

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