Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 30 de abril de 1936: Sobre la Guerra Civil
Cuando se piensa en la gravedad de lo sucedido durante el entierro del alférez De los Reyes, resulta difícil no preguntarse por qué aquello no tuvo el efecto que tuvo dos meses más tarde el asesinato de Calvo Sotelo.
¿Por qué no arrancó la Guerra Civil con el tiroteo durante el entierro del alférez De los Reyes? Estaban prácticamente los mismos elementos.
De entrada, el mimetismo. Todos los revolucionarios, tanto de izquierdas como de derechas, tenían en mente el ejemplo de la Revolución rusa del 17 y lo ocurrido en Alemania e Italia, tres revoluciones antiparlamentarias triunfantes. Los tiempos estaban definitivamente en contra del viejo parlamentarismo. Por ello, en muchos libros de texto se estudia, y con razón, la guerra civil española como el arranque de la Segunda Guerra Mundial. Fue el primer campo de batalla en el que se enfrentaron las nuevas ideologías totalitarias que luego se unirán contra las democracias europeas.
Tenemos además la crisis económica —el crac del 29 estaba todavía a la vuelta de la esquina— y las difíciles condiciones sociales de una España con una economía agraria, retrasada. Un país donde gran parte del campesinado vivía en condiciones casi feudales, a la merced de grandes terratenientes, era un caldo de cultivo inmejorable para el extremismo, que en el campo español se dio principalmente como anarquismo. No olvidemos que en 1936 la CNT tenía un millón y medio de afiliados. Bastante más del doble que la UGT. La fracasada reforma agraria del bienio social-azañista contribuyó a fomentar el clima revolucionario.
Y si a eso le añadimos una vertebración política frágil en un país donde hubo, en el siglo anterior, tres guerras civiles, con los rescoldos que eso deja, digamos que las condiciones eran óptimas para que se diera un estallido social ya desde abril.
Hoy son muchos los libros que analizan la multitud de causas que se dieron cita para precipitar una sociedad que en los años treinta podía considerarse como una de las más dinámicas de Europa, con una renta per cápita más que razonable gracias al estímulo económico que había supuesto su neutralidad durante la Primera Guerra Mundial, y al esfuerzo de las clases medias para ponerse a la altura de Europa, en el abismo de la contienda civil.
Pero el aspecto que me gustaría resaltar es otro. Todos comprendemos que el parlamentarismo supone el traspaso pacífico de poderes, dentro de la legitimidad democrática que ordenan las urnas. Ese traspaso es siempre delicado, pero cuando es aceptado se convierte en un eslabón que con el tiempo cobra solidez de cadena. Si nos fijamos en la más antigua tradición parlamentaria, la británica, ¿quién, después de doscientos años va a tener la decisión suficiente para romper con ella?
En España, a falta de una verdadera tradición parlamentaria, ya de por sí frágilmente recuperada en tiempo de la Restauración, la ruptura que supuso la dictadura de Primo de Rivera no ayudó. Aquí, el peso de la tradición se inclinaba hacia la guerra. ¿Quién, con un sistema tan frágil y el recuerdo aún fresco de anteriores contiendas, las tres guerras carlistas, llegaba a tomarse en serio las Cortes? La falta de tradición parlamentaria y la falta de educación democrática —llamemos a las cosas por su nombre— de los actores políticos tampoco ayudó. Y como guinda tenemos la ley electoral de Azaña, que fomentaba los bandazos en la composición de la Cámara y favorecía exageradamente a la candidatura más votada, sustituyendo el natural equilibrio sociológico entre derechas e izquierdas por la extremada bonificación al ganador.
En definitiva, en tiempos agitados por las nuevas ideologías y una crisis económica galopante, con una sociedad empobrecida y desvertebrada, el navío parlamentario español, que no era lo suficientemente sólido, empezó a hacer agua por todas partes durante los meses que precedieron al dieciocho de julio y después se hundió trágicamente en el gran desastre de una guerra civil.
¿Era irremediable esto? Yo estimo que a finales del mes abril de 1936, por lo menos, todavía no se lo parecía a los protagonistas.


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