Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 10 de octubre de 1936: Otra vez el camión
¡Salud! Identífícate, compañero.
—No me hace gracia esa expresión, compañero. No me creo que trabajes en la CNT sin carné de afiliado. Hoy no hay nadie que no esté afiliado. ¿Sabes lo que pienso? Qué perteneces a la Quinta Columna. Me temo que te voy a pedir que te subas al camión, compañero. ¡Llevadlo a la checa de Bellas Artes, que lo identifiquen!
Mañas ni siquiera protestó. Se subió al camión. Había un puñado de hombres de aspecto abatido. De alguna manera estaba deseándolo. Después de todo, ¿qué más podía perder? Solo le quedaba la dignidad. Haciendo acopio de ella, se dio cuenta de que era el único detenido con traje y zapatos —de cuero, gastados pero decorosos. Igual por eso le paraban. Los demás llevaban mono proletario, alpargatas. Eran cinco. Todos cabizbajos.
Mañas tragó saliva y pensó en las uñas de su padre, sucias de la grasa del fusil, tras el forcejeo con su asesino. Pensó en la gente que había perdido la vida en las últimas semanas, y viendo las caras asustadas a su alrededor —dos de los trabajadores cuchicheaban— comprendió que había provocado él mismo su detención.
En realidad, más que el carné de un partido o sindicato que podían suscitar sospecha o antipatía, bastaba pasar por delante de los controles mirando al frente con confianza. Lo normal era que ni te cerraran el paso. Él lo sabía. Aun así había dirigido una mirada desafiante a aquel miliciano. Lo hizo a conciencia: en cierto sentido buscaba que lo detuvieran. Eran demasiadas noches sin dormir. Cansaba mucho agachar la cabeza.
Y ahora allí estaba.
El camión arrancó y pasó por delante de la secretaría de Abastos, en el entonces paseo del Cisne. Por suerte, su amigo Ángel Navarrrete, pistola al cinto, salía en ese momento. Al verlo en la parte trasera, hizo señas al conductor de que parara.
—¿Quiénes son esos hombres y dónde los lleváis, compañero?
—Son sospechosos que no se han identificado correctamente. Van a la checa de Bellas Artes.
—Bajad al que va con el traje ahora mismo.
—Pero…
—Me has oído perfectamente. Bájalo de inmediato. Ese trabaja en Abastos. Es amigo. O a lo mejor es que quieres tener un problema tú conmigo, compañero…
El tono de Navarrete se volvió amenazador. Y además ya salían del Comité de Abastos otros tres otros milicianos con fusiles que se agruparon cerca. El anarquista, tras mirar a Pepe Mañas, acabó por asentir.


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