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10 de julio de 1936: La travesura de Indalecio Prieto

10 de julio de 1936: La travesura de Indalecio Prieto

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Viernes, 10 de julio de 1936: La travesura de Indalecio Prieto

Por ahí, Bernardo. Acelere de una vez, buen hombre, por Dios.

—Estoy esperando el momento adecuado, señor Prieto.

Nada más salir de la curva, el chófer apretó el acelerador del Buick blindado, aprovechando los segundos en que quedaban fuera de la vista del segundo vehículo. El coche de los guardias aceleró, a su vez, aunque con menos brío y un tiempo de retraso. Bernardo conocía bien la carretera, y entre la mayor potencia del Buick y su pericia, les sacó la distancia suficiente. Al alcanzar los primeros edificios de la siguiente población, abandonó la carretera principal y se escondió detrás de un caserío. No muy lejos, las gallinas alborotaban en el jardín. Un perro ladraba. La treta no falló, y pronto vieron pasar de largo a sus perseguidores. Quitándose la boina para acariciarse una cabeza tan despoblada como la de su jefe, Bernardo, el chófer, sonrió, satisfecho.

—Ya está, señor Prieto. ¿Quiere que volvamos atrás?

—Papá, tú nunca has fumado y te sienta mal —dijo Blanca Prieto, que viajaba con ellos y acababa de ver que su padre se rebuscaba en los bolsillos para sacar una cajetilla. Pero Indalecio Prieto, sin hacer caso, encendió el pitillo.

—Hay tantas cosas que nunca he hecho y que me sientan mal últimamente, hija, que fumar es lo de menos. Los hábitos son malísimos. Hay que reinventarse cada día.

"Prieto, normalmente expansivo con su hija, apenas despejó el ceño. Y es que las últimas noticias de la conspiración carlista en Navarra no dejaban de preocuparle"

Tomando la carretera en dirección contraria, Indalecio Prieto volvió a reír y abrió la ventana, para echar la ceniza fuera. En la mayor parte del país hacía un calor veraniego. Pero en el norte, una vez pasada la cornisa cantábrica, el tiempo se volvía imprevisible. Pese a que la escapada le ponía de buen humor, lo cierto fue que, durante el camino, Prieto, normalmente expansivo con su hija, apenas despejó el ceño. Y es que las últimas noticias de la conspiración carlista en Navarra no dejaban de preocuparle. Las relaciones entre Mola y los tradicionalistas, aunque tensas y estancadas, no acababan de romperse, y el que Sanjurjo hubiera cedido la organización a Mola era mala señal: Mola era bastante peor enemigo, más precavido y menos noble. Lo único que le tranquilizaba era la indecisión de Franco, al que desde su mitin de Cuenca no dejaba de adular, y al que buscaba atraer a la causa republicana.

Por su parte, Casares Quiroga seguía sin hacer caso de las reiteradas advertencias que hacían todos sobre una inminente sublevación. Indalecio Prieto tenía la impresión de que era el propio Azaña quien, por medio de Casares, y amparado en su antigua experiencia como ministro de la Guerra, mantenía que el Ejército estaba con la República. Casares no solo insistía en burlarse de todos esos «cuentos de miedo», sino que acabó acusándole —¡a él, a Indalecio Prieto!— de «estar con la menopausia». ¡Ah, si él hubiera sido jefe del Gobierno!, pensó, no sin cierta amargura. Los caballeristas le habían cortado el camino.

—Pero ¿qué hacemos, padre? ¿Por qué hemos salido corriendo?

—Tú no te preocupes, Blanca. Necesito tranquilidad. Los últimos días han sido extenuantes. No he escapado de Madrid, y del agobiante clima que rodea el Congreso, para acabar cenando con mis escoltas.

Don Inda sabía que los de Asalto esperarían en el pueblo de Pedernales, en Vizcaya, un rincón al pie del cabo Machichaco, en la ría de Mundaca, donde tenía casa. Allí aparecería por la noche. Pero antes quería detenerse en Medina de Pomar, en el norte de Burgos. Quería visitar a su cuñada, Luisa Cerezo, y a su concuñado Román Barandica. A los dos los avisó la víspera y, cuando llegaron, estaban esperándoles en la puerta. Los críos corrieron a abrazarlos.

—¡Tío Inda! ¡Prima Blanca!

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