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10 poemas de Philip Levine

Foto: Russel Frank.

Philip Levine fue un poeta y profesor de ascendencia judía nacido en Detroit en 1928. Es uno de los poetas urbanos esenciales de su país, a quien su compatriota Edward Hirsch caracterizó como el Whitman irónico del corazón industrial de América. Estudió en la Universidad Estatal de Wayne y posteriormente dictó clases durante más de treinta años en la Universidad Estatal de California. Su poesía retrata la clase obrera americana de mediados del siglo XX con un lenguaje coloquial y preciso que oscila entre la representación de la realidad inmediata y la íntima. Entre sus principales libros publicados se encuentran What Work Is, ganador del National Book Award en 1991, considerado por la crítica uno de los libros de poesía más importantes de nuestro tiempo; The Simple Truth (1994), merecedor del Premio Pulitzer de Poesía en 1995. Otros de sus títulos son Stranger to Nothing: Selected Poems (2006) y The Last Shift (2016), publicado póstumamente. Fue elegido Poeta Laureado de los Estados Unidos en el año 2011. Murió a la edad de 87 años en Fresno en 2015. Presentamos una selección de poemas con traducción de Juan José Vélez Otero, Andrea Muriel, José Miguel Herbozo Duarte y Luna Marina Companioni.

***

14 de febrero

Me despierto en un amanecer de hace treinta
y seis años y veo
sus párpados abrirse
dándome la bienvenida. Me viene
a la memoria cuando me rodeaba
con sus largos brazos, lo recuerdo
hasta que el instante se pierde
entre las horas del olvido.
El resto de nuestras vidas
es el árbol tras la ventana
que gime con el viento. En otras
habitaciones se oye el murmullo
de otras casas, pero no nos importa
y seguimos escuchando
sin preocuparnos hasta que nuestros nombres
se funden con el viento. Una habitación
desnuda, sin cortinas,
en una ciudad perdida hace tiempo,
nos acoge en la extensa
e inconmensurable luz. También
nos acompaña una melodía. La oímos
en las pequeñas lagunas
donde se juntan las aguas del invierno,
en las heladas gotas de lluvia
que caen de los aleros
hasta los charcos que se forman
en los minúsculos llanos. Seis semanas
y el mundo entero habrá reverdecido.

***

El poema del gis

De camino al bajo Broadway
me encontré esta mañana con un hombre alto
hablando con un pedazo de gis
que sostenía en su mano derecha. La izquierda
se encontraba abierta, y mantenía el pulso
ya que su charla tenía un ritmo,
que era un canto o una danza, quizá
incluso un poema en francés, dado que él
era de Senegal y hablaba francés
tan despacio y de un modo tan preciso que yo
podía entenderlo como si
hubiera regresado en el tiempo cincuenta años a mi
salón de clases de la preparatoria. Un hombre esbelto,
elegante a su modo, vestido impecablemente
en los restos de dos trajes azules,
la corbata anudada de modo cuadrado, su camisa blanca
sin manchas aunque sin planchar. Él sabía
la entera historia del gis, no sólo
la de este pedazo en particular, sino también
la del gis con el que yo escribí
mi nombre el día en que me dieron la bienvenida
de vuelta en la escuela después de la muerte
de mi padre. Él conocía el feldespato,
conocía el calcio, conchas de ostras, él
sabía que las criaturas habían dado
sus espinas para volverse el polvo del tiempo
presionado en estos perfectos conos,
él conocía la tristeza en los salones de clases
en diciembre cuando se oscurece
temprano y las palabras en el pizarrón
abandonan su gramática y sentido,
y luego incluso su forma para que
cada letra señale a todas direcciones
al mismo tiempo y no signifique absolutamente nada.
Al principio pensé que su corta barba
estaba escarchada con gis pero cuando estuvimos
cara a cara a no más de 30 centímetros
uno del otro, vi que las barbas eran blancas,
ya que aunque joven, en sus gestos
él era, como yo, un hombre envejecido, aunque
mucho más noble en apariencia con sus altas
mejillas esculpidas, los hombros amplios
y sus transparentes ojos oscuros. Él tenía el porte
de un rey del bajo Broadway, alguien
salido de la mente de Shakespeare o
García Lorca, alguien para el cual la pérdida
se había endulzado en caridad. Permanecimos ahí
por un largo minuto, ambos
compartiendo el último poema de gis
mientras la gran ciudad bramaba alrededor
de nosotros, y luego el poema terminaba, como todos
los poemas lo hacen, y su mano izquierda se dejó caer
abruptamente a su lado para entregarme
el pedazo de gis. Yo hice una reverencia,
sabiendo lo enorme que era este regalo
y escribí mi agradecimiento en el aire
donde podrá escucharse para siempre
debajo del grito endurecido de una concha de mar.

***

Soñando en sueco

La nieve cae sobre los altos juncos pálidos
cerca de la costa, e incluso aunque en algunos lugares
el cielo es pesado y oscuro, un pálido sol
se asoma a través de ellos y arroja su luz amarilla
en la cara de las olas que llegan.
Alguien dejó una bicicleta recargada
contra el retoño de un árbol joven y se adentró
en el bosque. Los rastros de un hombre
desaparecieron entre los pesados pinos y robles,
un hombre lento, con pie grande, arrastra
su pie derecho en un ángulo extraño
mientras intenta llegar a la única casita de campo blanca
que lanza su pluma de humo hacia el cielo.
Él debe ser el cartero. Una bolsa de tela,
medio cerrada, se sienta en una caja de madera
sobre la llanta de adelante. Los discretos
cristales de nieve se filtran uno a uno
borrando la dirección de una sola carta,
aquella que escribí en California y envié
sabiendo que no llegaría a tiempo.
¿Qué tiene que ver con nosotros esta costa
cerca de Malmö, y la blanca casita de campo
sellada herméticamente contra el viento, y la nieve
cayendo todo el día sin sentido
o necesidad? Ahí está nuestra bolsa de tela de las preguntas,
si tan sólo pudiéramos encontrar las cartas para cada una.

***

La simple verdad

Compré un dólar y medio de pequeñas patatas rojas,
las llevé a casa, las herví en sus cazuelas
y las comí en el almuerzo con un poco de sal y mantequilla.
Luego caminé por los áridos campos
al borde del pueblo. A mediados de junio
la luz se agarraba de los oscuros surcos a mis pies,
y en la montaña de robles escuché las aves
reunirse para la noche, los arrendajos y sinsontes
graznaban de aquí para allá, los pinzones aún se precipitaban
a la luz polvorienta. La mujer que me vendió
las patatas eran de Polonia; ajena a mi infancia,
vestida con abrigo de lentejuelas y gafas
que alcanzaban la perfección de todas sus frutas y vegetales
situados al borde de la calle, me incitaba a probar
el más crudo, pálido y dulce maíz, traído,
juró, de New Jersey. “Come, come”, dijo ella,
“Aunque no lo hagas diré que lo hiciste”.

Algunas cosas
las sabes toda tu vida. Son tan simples y verdaderas
que deben ser dichas sin elegancia, metro o rima,
deben colocarse sobre la mesa al lado del salero,
del vaso de agua, de la ausencia de luz aglutinándose
en la sombra de los marcos, deben estar
vacías y desnudas, deben valerse por sí solas.
Mi amigo Henri y yo llegamos a esto juntos en 1965
antes que me alejara, antes que él empezara a matarse,
y ambos a traicionar nuestro amor. ¿Puedes saborear
lo que digo? Son cebollas o patatas, una simple
pizca de sal, el exceso de mantequilla derritiéndose
es innegable, se queda detrás de la garganta como una verdad
que nunca se dice porque el momento siempre es inadecuado,
se queda ahí por el resto de nuestras vidas, impronunciable,
hecha de esa suciedad que llamamos tierra, del metal que llamamos sal,
en una forma para la que no tenemos palabras, y así vivimos.

***

Una historia

Todo el mundo ama las historias. Empecemos con una casa.
Podemos llenarla con cómodas habitaciones y llenar las habitaciones
con objetos: mesas, sillas, armarios, cajones
cerrados que esconden camas minúsculas
donde los niños durmieron alguna vez
o grandes cajones que bostezan para revelar
prendas dobladas con precisión y lavadas a morir,
impolutas, manidas, esperando a ser gastadas.
Debe haber una cocina, y la cocina
debe tener una estufa, quizás una grande y metálica
con un tubo grueso que desaparezca en el techo
y alcance el cielo y exhale sus olores y conjuras.
Éste era el centro de la vida familiar que fue
alguna vez aquí; ¿éste y el fregadero? Amarillento
¿alrededor del desagüe? donde el agua, pura o no,
huía sin explicación, más o menos como el punto
de la historia que prometimos y aún estamos por cumplir.
Algo es seguro: una familia estuvo aquí. Puedes ver
la senda desgastada en el linóleo donde la madera,
grisácea, desde luego pino, se revela.
El padre se quedó allí en medio de su vida
para llamar a los cielos que imaginó le escuchaban
más allá del techo. Cuando nadie le contestó
puedes ver dónde su zapato golpeó una
y otra vez, aun cuando había sido educado
en nunca exigir. Y no es que la vida fuera especialmente cruel:
tenían agua que subía del pozo fácilmente,
una estufa que daba calor, una madre que permanecía
ante el fregadero a todas horas y miraba añorante
a donde los bosques alguna vez lanzaron voces
de pequeños osos ¿ellos también una familia? y la canción
de los pájaros que huyeron hace tiempo cuando los bosques se rindieron,
un árbol a la vez, ante la llegada de los obreros
con jarras de café. El lugar desgastado en el alféizar
es donde la madre reclinaba la cabeza cuando nadie miraba,
esas dos crestas manchadas eran asideros
en los que ella confiaba; nunca la decepcionaron.
¿Dónde está ella ahora? ¿Crees que tienes derecho
de saberlo todo? ¿Los niños tan pequeños
como para habitar armarios, tan grandes como para tener
habitaciones propias y abandonarlas, el padre
con su mano derecha alzada contra el cielo?
Si esas preguntas son demasiado personales, entonces díganos
dónde están los bosques? Alguien tuvo que saberlo
porque el continente estaba vestido de árboles.
Todos leímos eso en la escuela y sabemos que es verdad.
Aun así, todo lo que vemos son casas, filas y filas
de casas hasta donde alcanza la vista, y donde la vista se desvanece
en la nada, en el nuevo mundo que nadie ha visto,
donde tiene que haber más que polvo, partículas
de tierra ardiente, transportadas por el viento,
la tierra que perdimos, y nada más.

***

La música del tiempo

La joven mujer que cose
Junto a la ventana murmura una canción
Que no conozco; apenas oigo
Unas pocas notas, y cuando los camiones
Descienden por la calle llena de huecos
La música se ha ido. Antes de las
Sombras que proceden de la
Gran catedral, puedo verla
Una vez más trabajando, y luego
Oigo en el repentino silencio
del anochecer una música silente
salida desde su habitación. Hago a un lado
mis papeles, me lavo y me visto
para comer en uno de esos lugares
de comida marina en las avenidas
cerca del puerto, donde más tarde
irán a dormir los mendigos. Después
camino por horas por el Barrio
Chino pasando por las puertas
Abiertas de los pequeños bares y huecos
Desde donde las voces de los viejos
Ladran canciones pasadas de moda
Sobre el desamor. “Esto es el mundo”,
Pienso, “esto es lo que aquí me trajo
Hace unos años”. Ahora puedo
Volver a mi cuarto de soltero,
Puedo echarme despierto en la oscuridad
Revisitando todos los sucesos triviales
Del día que ha pasado; un día comienza
Cuando el sol aclara las oscuras cúpulas
Del dios de alguien más, y yo despierto
En una inundación de polvo a mi venido de
ninguna parte, y de ninguna parte viene
la voz real de alguien más.

***

Baby Villon

Me dice que en Bangkok le robaron
porque es blanco; en Londres porque es negro;
en Barcelona, judío; en París, árabe:
en todas partes y en todo momento, y él se defiende.
Levanta siete pequeños dedos gruesos
para mostrarme que está clasificado séptimo en el mundo,
y no hay pasión en su voz, no hay ira
en los planos ojos marrones salpicados de sangre.
Me pide que cuente todo lo que puedo recordar.
De mi padre, su tío; el habla de la guerra
en el norte de África y lo que vino después,
la pérdida de su padre, la pérdida de su hermano,
las ventanas de la panadería se rompieron y el pan fresco
espolvoreado con vidrio, el olor cálido del centeno
tan fuerte que comió hasta que su boca se llenó de sangre.
«Aquí viven, aquí viven y no mueren»
Y señala su cabeza negra y cresta
con rizos negros de cabello. Me toca el pelo
me dice que nunca debería menospreciar
las cerdas rígidas que protegen la cabeza del luchador.
Tristemente sus dedos deambulan por mi cara
y él dice lo justo que soy, lo suave.
Estamos para terminar esta primera y última visita.
Rígido, 116 libras, cinco pies y dos,
no más grande que una niña, él sostiene mis hombros,
besa mis labios, sus ojos todavía abiertos
mi hermano imaginario, mi primo,
yo hecho de otra manera por todo su dolor.

***

Por Un Duro 

Nochebuena, 1965

Por un duro tenías una noche al resguardo.
(Un duro era una moneda de cinco pesetas
con el perfil de Franco, la narizota respingona
como si él solo hubiera recibido
el aliento de Dios. En el 65
sólo él recibía el aliento de Dios).
Por un duro podías tumbarte en el vestíbulo
del Hotel Splendide con tu traje de los domingos,
dormir bajo las luces, y levantarte a tiempo
para bendecir la llegada del Hijo. Por un duro
lo podías tener todo, coches, mujeres,
una comida de siete platos y vistas al mar,
con las camareras inclinándose
al preguntar con reverencia: “¿Más mantequilla?”. Por un duro
compré un paquete de Antillanas y le di uno
al único viajero de la terminal desierta,
un soldado de uniforme. Cuando se agachó
para encenderlo, vi el cogote pálido,
desarreglado. Aún debe estar allí, esperando.
El hotel ya no está, el edificio sí,
un hospital veterinario y un comedor de animales
dirigido por el señor Esteban Ganz, vestido
para trabajar esta mañana con bata blanca,
corbata negra y bambas sucias. Modestamente
me muestra tres cachorros de lobo, pintos,
salvados de la muerte, los feroces gatos silvestres,
recorriendo impacientes la gran jaula como tigres, el tucán
debilitado por un virus desconocido, pero ahora
ya recuperado y acicalándose. Colores bulliciosos:
rojos, verdes y dorados resplandecientes,
idóneos para anuncios que proclaman la paz inter-
galáctica cuando llegue el momento.

***

No pidas nada

En lugar de recorrer solo la noche
saliendo de la ciudad hacia los campos
dormido bajo un cielo oscurecido;
el polvo que levantan tus pasos
se transforma en una dorada lluvia
que cae sobre la tierra como
el regalo de un dios desconocido.
Los sicomoros en la orilla del cauce,
los pocos álamos del valle,
contienen su aliento mientras cruzas el
puente de madera que no te lleva
a ningún lugar en el que hayas estado, pues
este paseo se repite una o más veces al día.
Es por eso que ves en la distancia
más allá de la primera cumbre de colinas bajas
donde nada crece, hombres y mujeres
a horcajadas en mulas, en caballos, algunos
a pie, toda la familia perdida que
nunca rezaste para ver, reza por verte,
salmodiando y cantando para atraer
la luna al último rayo de sol.
Detrás de ti las ventanas del pueblo
parpadean, las casas se cierran;
hacia adelante las voces se disipan como
música en agua profunda y desaparecen;
incluso los veloces, inquietos pinzones se han
convertido en humo, y el único camino blanqueado
en luz de luna conduce a cualquier lugar.

***

La voz de mi hermana

Medio dormido en mi silla, escucho
una voz temblar en la ventana,
el mismo llanto de miedo que sentí
por vez primera junto al Guadalquivir
cuando me despertó el viento y la lluvia,
cuando llamé a alguien ausente,
y escuché la respuesta. Eso fue en España,
veintiséis años atrás. Su voz,
la de mi hermana, viene de nuevo
a preguntar cómo seguimos sin ella.
Esa noche junto al gran río
me vestí en la oscuridad, solo
dejé a mi familia y caminé congelado hasta
la llegada del atardecer, al borde oriental
de las montañas. No encontré respuesta
o aprendí a no preguntar, porque
el viento responde si uno espera
lo suficiente. Gira en una dirección,
luego en otra, los árboles se tuercen,
se levantan, la vasta hierba se ondula y reverencia,
todas las voces que has escuchado
las escuchas otra vez hasta saber
que nada has escuchado. Así espero,
inmóvil, y mientras se calma el viento
crece silenciosa mi pequeña, perdida
hermana, tímida como en vida.
Recuerdo haber regresado esa noche
en Sevilla, pasados los rieles,
tratando de aferrarme a cada palabra
pronunciada por ella, aunque se escaparan
de mis labios sus palabras. Las máquinas
humearon en el frío. El centinela
de gorra marrón se sacudió
para despertar, y sin fuego,
llanto humano o canto de ave,
el día se quebró sobre todas las cosas.

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