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12 de febrero de 1936: Transplante de árboles en Madrid

12 de febrero de 1936: Transplante de árboles en Madrid

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Miércoles, 12 de febrero de 1936: Transplante de árboles en Madrid

Vamos, muchachos. Queda el tercero.

Desde primera hora de la mañana, aquella cuadrilla trabajaba en la Plaza Mayor. Hacía poco que el Ayuntamiento había puesto en marcha las obras de remodelación, y la plaza se había convertido en un hervidero de actividad. Imposible adentrarse más allá de las vías de los tranvías, donde los de Carabanchel y Cuatro Vientos daban la vuelta repletos de viajeros. Toda la explanada era una zanja y las obras no avanzaban al ritmo previsto. Primero había que arrancar los árboles, después hacer desaparecer arriates, parterres, y por último adoquinar el piso. Había que dejar la plaza desnuda, para que al turista le fuera posible recrearse, sin obstáculos, en la geometría barroca de Gómez de Mora. Entonces podría apreciarse desde cualquier punto la estatua ecuestre de Felipe III, que se alzaría como único hito, y el tráfico rodado no encontraría barreras.

"La Puerta del Sol tenía fama de ser la plaza más bulliciosa de la capital. A escasos días de las elecciones, la propaganda electoral era la verdadera protagonista"

Pero por el momento los trabajos andaban en la primera fase, y cinco hombres arrancaban una de las acacias aún en pie. Llevaban media mañana en el tajo. Junto a ellos, una camioneta esperaba cargada con otros dos árboles ya desenraizados. Cuando el tercero cedió, la mitad de la tarea quedó hecha.

—Es el último por hoy. ¡Ánimo!

Lo cargaron en la trasera de la camioneta. Lo sujetaron lo mejor posible. Un par de trabajadores se acomodó entre hojas y ramas. Otros tres subieron a la cabina y emprendieron el camino, por la calle de la Sal, hacia Recoletos.

La Puerta del Sol tenía fama de ser la plaza más bulliciosa de la capital. A escasos días de las elecciones, la propaganda electoral era la verdadera protagonista. Sobre la cafetería La Mallorquina, bajo el anuncio de Anís del Mono, como si vigilara la plaza, había un gran cartel con la imagen de Gil-Robles: Estos son mis poderes. Al otro lado de la esquina con Arenal, un cartelón del Partido Republicano Radical procuraba contrarrestar el efecto. La plaza la tomaban tranvías con racimos de obreros y soldados. Los cables eléctricos y raíles formaban un complejo entramado de líneas paralelas. Unas obras del Metro frente al edificio de Gobernación dificultaban el paso de la camioneta. Un guardia intentaba organizar el tráfico. Los transeúntes cruzaron carentes de disciplina y alguno corría detrás de un tranvía que no quería perder…

El trasiego continuó por Alcalá, donde las oficinas de los bancos daban paso a viandantes más elegantes y afanosos, empleados, oficinistas. El Gran Casino acogía a empresarios que celebraban el cierre de tratos en sus salones. Su fachada lucía, a la altura de la calle de Sevilla, gran cantidad de propaganda electoral: Obrero español: ¿Queréis que vuestro jefe sea Dimitrov? No lo toleréis. ¡Alzaos contra los negreros de Rusia! Más allá de donde caía la sombra de las dos cuadrigas del Banco de Bilbao, en la esquina de la calle de Cedaceros, el New Club recibía a diputados que a las cuatro correrían al pleno del cercano Congreso. Los cafés Ivory y Maison Dorée estaban atestados. Más tranquilo, en cambio, andaba el Círculo de Bellas Artes. A aquellas horas solo destacaba, acomodado en su poltrona, como cada mañana, el conde de Romanones, que vigilaba el tráfico mientras repasaba la prensa.

"Cibeles, a su vez, era un verdadero pandemónium de coches y tranvías. La fuente los saludó como testigo mudo de los tiempos modernos"

Cibeles, a su vez, era un verdadero pandemónium de coches y tranvías. La fuente los saludó como testigo mudo de los tiempos modernos. Los carteros con bolsas cargadas de correspondencia salían y entraban del palacio de Comunicaciones. Al fondo, la puerta de Alcalá presidía una de las vistas más reconocibles de la capital. Allí, junto al palacio de los marqueses de Linares, se detuvo la camioneta. El paseo de Recoletos era el lugar indicado para trasplantar las acacias y los obreros se bajaron del vehículo.

—Vamos a descargarlos. Toca terminar el trabajo —indicó el jefe de la cuadrilla.

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