Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 13 de mayo de 1936: Largo Caballero se explica
No entiendo por qué te pones así, niña. No entiendo que me pongas esas caras y que me sirvas el cocido como si yo te hubiera hecho algo.
—¿Qué más comenta la gente?
—En la Casa del Pueblo dicen que era el momento de Prieto. No solo porque los socialistas son el grupo más numeroso en la Cámara, sino porque don Inda, con su discurso en Cuenca, se ha ganado las simpatías de mucho centrista. Hasta tiene buena prensa en la derecha…
—¿Eso se dice? Pues, niña, siento tener que explicarte que no he sido yo quien ha bloqueado la propuesta del compañero Prieto. La gente se olvida de que hay una tradición de democracia interna en el PSOE. Olvidan que se acordó no hace tanto y por mayoría aplastante que los socialistas no participarían en el Gobierno junto con los republicanos. No queremos repetir errores del primer bienio. Bien sabes tú cómo nos manipuló Azaña. Además, ¿cómo demonios voy a aceptar un Gobierno presidido por el simpático don Inda, para enfrentarme luego en el Parlamento con la representación de mi propio partido?
—No lo sé, padre. Yo lo único que le digo es que ha cambiado usted mucho desde la muerte de madre. ¿Ve cómo calla? Dígamelo, anda, confíemelo, por lo menos a mí. Yo no se lo diré a nadie.
—Mira, Carmen, hija, tienes razón. La muerte de tu madre, en otoño, me hizo mucho daño. Nunca me he repuesto. Fue la puntilla a una existencia difícil. Tengo sesenta y seis años bien trabajados, con varios penosos encarcelamientos por medio. Pero hasta el otoño pasado eso nunca me afectó. Me bastaba oír a los afiliados coreando mi nombre a las puertas de la cárcel para pensar que valía la pena. Todavía guardaba un resquicio de confianza en la bondad de la gente. Sin embargo, desde que murió tu madre lo veo todo negro, no, negrísimo. Lo siento como una tremenda injusticia. Sé que la seguiré en breve y he comprendido que no tengo nada que perder. Pero estoy harto de que me pisen. Y más de que lo haga Prieto, que de socialista solo tiene el nombre, porque se ha enriquecido más que cualquiera con su periódico y ahora no es sino un burgués. Está feliz con su amiguito Azaña y esos republicanos como Casares Quiroga y el resto, todo burguesitos de la misma calaña, señoritos con ideas avanzadas pero señoritos que viven en el barrio de Salamanca. Y yo estoy harto de maniobreros parlamentarios. Pienso que de verdad ha llegado la hora de que el proletariado tome el poder, todo el poder. La revolución está a la vuelta de la esquina. Y quien debe dirigirla soy yo desde la calle, y no Prieto desde un Parlamento burgués. Se acabó el momento del reformismo. Hay que dar un paso más, como en Rusia. Ya no merece la pena ser menchevique y hacer el juego a la burguesía. Hay que apoderarse del Estado de una vez por todas.
—Usted verá lo que hace, padre. Pero mientras tanto muchos militantes consideran un grave error permitir que lidere el Gobierno Santiago Casares y la gente del partido de Azaña, que no representan a casi nadie.
—Ya llegará nuestra hora, hija. De todas maneras, te diré una cosa.
—¿El qué, padre?
—Que Azaña sabía perfectamente que yo nunca aceptaría que Prieto fuera el presidente del Gobierno. Él contaba con ello desde un principio.


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