Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 16 de abril de 1936: El entierro del alférez De los Reyes
Ahí llegan.
A la hora fijada, las inmediaciones del cuartel de Bellas Artes se vieron invadidas por una multitud de militares de todos los cuerpos. La gente quería rendir un último tributo al muerto y de paso manifestarse contra el Frente Popular. La seguridad del acto estuvo a cargo de los guardias de Asalto.
El duelo lo presidían el subsecretario de Guerra y el general Pozas, inspector general de la Guardia Civil y director general de Seguridad. Entre los asistentes no faltaron Gil-Robles y más políticos de la derecha. Las muchas coronas se colocaron en dos coches fúnebres que abrían la comitiva.
Desde el principio, hubo nerviosismo entre el público.
Ya de inicio los guardias de Asalto habían desarmado a un pistolero que pretendía atentar contra alguna de las personalidades. En el barullo resultó contusionado el jefe superior de policía. Por eso, aunque la comitiva debía ir por Serrano hasta la plaza de la Independencia, para mayor seguridad se decidió modificar el itinerario y marchar a lo largo del paseo de la Castellana.
Era donde estaban trabajando Ángel Navarrete y su cuadrilla en un edificio a la vuelta de la calle Miguel Ángel.
—Parad un momento. Observad a los militares y a los señoritos fascistas juntitos de la mano. Que luego no venga nadie a decirnos que no son la misma cosa.
—¡Viva la República! —gritó uno de los compañeros, puño en alto. Otro alzó la paleta.
El féretro lo llevaban a hombros oficiales de la Guardia Civil. Tras él seguía la presidencia, un gran número de uniformes y mucho señorito de derechas.
Cuando la comitiva asomó lentamente por la Castellana, ocupando la calzada central, volvieron a darse vivas a España y a las fuerzas armadas. Al llegar la cabecera del entierro a la esquina con Miguel Ángel, frente a la estatua del marqués de Duero, desde el edificio en obras se hizo una descarga cerrada contra el cortejo.
—¡¿Qué cojones ocurre?! —exclamó Ángel Navarrete.
Y se asomó a uno de los huecos en la fachada del tercer piso.
Abajo, la gente corría en todas las direcciones. Visto desde lo alto, parecían hormigas. Algunos caían alcanzados por el fuego de pistolas ametralladoras. Los guardias de Asalto y muchos civiles también sacaron pistolas. Empezaron a abrir fuego contra los agresores. Hubo un tiroteo, y en medio de la confusión se lanzaron al asalto de la casa en construcción. La invadieron y obligaron a los obreros a salir a la calle, después de cachearlos.
—¡A nosotros déjennos en paz, que no tenemos nada que ver! ¡Han sido unos señoritos! —bramó Ángel Navarrete—. ¡Provocadores fascistas! ¡En la obra no se dieron sino vivas a la República!
Pese a sus protestas, los subieron en una plataforma de Asalto para conducirlos a la Dirección General de Seguridad. Esta ya arrancaba, cuando llegó la ambulancia de la Cruz Roja para trasladar a los heridos a las Casas de Socorro.
Uno de los heridos, que ingresó ya cadáver, era Antonio Sáenz de Heredia, primo de José Antonio. Otro, un joven carlista herido de un balazo en el vientre por un entonces aún desconocido teniente Castillo.
—¿No queríais violencia? ¡Pues tomad violencia!
Eso les espetó Azaña a sus socios del Frente Popular, esa misma tarde, cuando se reunió el Congreso y llegaron a las Cortes semivacías las noticias de la algarada.


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