Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 17 de junio de 1936: Los curas de la República
A garrotazos anduvieron, joder. ¿Cómo quieren que luego, en la calle, no se peguen tiros, si ellos no son capaces ni de hablar? Se amenazaron mutuamente. A los comunistas les faltó decirle otra vez a Gil-Robles que moriría con las botas puestas. He oído que Casares Quiroga arremetió contra Calvo Sotelo para vengarse. Todavía le escuece eso de que le haya tratado de señorito jaque de La Coruña. Y enfrente, Calvo Sotelo estuvo estoico y magnífico. Hasta resucitó Gil-Robles. Ayer, por primera vez en meses, lo trataron bien en El Debate.
En el vagón no se hablaba de otra cosa que de la sesión del Congreso: todo el mundo la había leído transcrita en los periódicos. Don José Sesé, tío de Pepe Mañas, cogía el tren en Cuatro Caminos. Quería visitar a un compañero gravemente enfermo en Colmenar Viejo y le había pedido a Luis Mañas, su primo, que lo acompañara. Desde su ventanilla, vio los bancos de la estación. Sobre ellos, en paredes encaladas, carteles de fiestas y corridas. Dentro del vagón, algunos pasajeros se sentaban encima de fardos y talegos. Por fin sonó la campana. Dos o tres pitidos y el tren echó a rodar, entre los chistes de todos sobre el estado de los vagones.
—Están como está el país. Hecho unos zorros.
Avanzaron por Tetuán de las Victorias. Luis Mañas se fijó en los madrugadores que se asomaban a las ventanas. Vio puestos de verduras, cajones de carne extendidos por las aceras. Las ruedas del tren iban aplastando las piedras contra los raíles. El tren soltaba cada vez más humo, con gran estruendo de cadenas. Al rato, al llegar a Fuencarral, una larga espera impacientó a los viajeros.
—¿Y ahora, qué pasa, coño?
—Ha bajado un sacerdote. Le estamos esperando.
Hubo algún comentario anticlerical entre los trabajadores que irritó al tío José. Quien había bajado al andén hablaba con calma con la moza de la cantina. Era un cura bravo: no tenía miedo a llevar sotana.
—¿Qué hacemos tanto tiempo parados? —preguntó alguien, sacando la cabeza por la ventanilla—. ¡Que estamos en la República, tío gordinflón!
Un militar se volvió y amenazó al trabajador con el puño cerrado. Le llamó cabrón, rojo de mierda. Luis Mañas sintió que aquello avergonzaba aún más a su primo. Los dos se sentían avergonzados.
—Luego nos extrañamos de que se quemen conventos —dijo, cuando el tren se puso en marcha.
El tío José calló. Por el camino subieron al tren otros religiosos. Iban a la corrida de toros de Colmenar. Al ir en grupo se atrevían a utilizar sotana, no como él. Por alguna razón, hoy parecían todos igual de cazurros. Uno, con cara de bruto, llevaba bota de vino. Bebía a morro. Otro ponía sus zapatones en el asiento de enfrente y, pese a ser temprano, comía un chorizo. Luis Mañas miró por la ventanilla. Unas paradas más tarde apareció Colmenar Viejo sobre unos cerros. Ya no entraba tanto sol y avanzaron entre canteras con hendiduras abiertas por los barrenos a la sombra de unos berrocales de granito.
Al poco se vio, al frente, la torre de la iglesia. El cielo se iba cubriendo de nubes bajas que sombreaban el campo. Al acercarse a la estación, el grupo de curas se puso en pie. El tío José no pudo sino lamentar el haber venido en compañía semejante.
—Qué lástima de país, Luis. Qué auténtica lástima —murmuró.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: