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1 de septiembre de 1936: En la tienda de ultramarinos

1 de septiembre de 1936: En la tienda de ultramarinos

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Martes, 1 de septiembre de 1936: En la tienda de ultramarinos

Mujer, las lentejas son las mejores que nos han llegado. Vienen de Motilla del Palancar.

—¿Te puedo pagar con los vales, Mariana?

—Qué remedio. El Ayuntamiento obliga.

—Pero luego, a vosotros os los cambian por dinero, ¿no?

—Vamos cada sábado. A veces nos los cambian y a veces no. A lo mejor nadie paga ya la luz ni el alquiler, pero la comida todavía parece que vale algo.

"Era ya un clásico que a medianoche les despertara algún camión o automóvil que iba camino del cementerio, donde al poco se oían disparos. Esos ruidos se repetían tanto que Pepe sentía verdadero terror cuando llegaba la primera hora de la madrugada"

Mariana, en el mostrador, atendía a la vecina que entraba en la tienda y se llevaba las legumbres que podía: estaba limitada la cantidad por persona. A la puerta, un miliciano de la CNT controlaba que las mujeres que hacían cola cumplían las consignas sin pelearse. Junto a Mariana estaba Pepe Mañas, que ayudó cogiendo las cantidades de los sacos que le indicaba.

Madre e hijo tenían mala cara y falta de sueño. Era ya un clásico que a medianoche les despertara algún camión o automóvil que iba camino del cementerio, donde al poco se oían disparos. Esos ruidos se repetían tanto que Pepe sentía verdadero terror cuando llegaba la primera hora de la madrugada. No solo porque era el momento de los bombardeos fascistas, sino por las ejecuciones, que no cesaban. Como explicaba la vecina, el guardián del cementerio de San Isidro, que era cuñado suyo, le había rogado encargarse de sus hijos.

—Dice que vivir junto al cementerio es terrible, entre disparos, gritos y llantos. Eso impresiona a los niños. Pero lo peor es atender a las familias que aparecen cada mañana buscando a sus muertos. Con la falta de ataúdes, tiene que meter en la fosa común a los cuerpos que nadie reclama.

—¿No los entierran los milicianos?

—A veces. Pero cuando lo hacen, la fosa es superficial. Siempre queda una mano o una pierna al descubierto y tiene que ir mi cuñado a rematar la tarea.

Pepe Mañas escuchaba. Todo el mundo procuraba, en medio del horror, mantener la normalidad. Tras dos meses de guerra aún había provisiones suficientes para que funcionasen las tiendas. Seguían abiertos restaurantes, bares, tabernas. Después del cierre general de finales de julio, el Gobierno había ordenado la reapertura y pretendía que el comercio funcionara en medio de una situación en la que coexistía el dinero legal con un sistema de vales muy extendido sobre todo entre los milicianos. Era inevitable que se falsificasen. Y por supuesto los milicianos tenían tendencia a entrar en las tiendas con fusil y pistola. Costaba cobrarles sin que le tildaran a uno de contrarrevolucionario. La protección, por amistad, de Ángel Navarrete, era lo único que daba cierta tranquilidad a los Mañas.

—Muchas gracias. Salud.

—Igualmente. ¿Quién va ahora? —dijo Mariana.

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