Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 20 de abril de 1936: Ramón Serrano Suñer visita a José María Gil-Robles
Me alegro de verle, don Ramón. Siéntese, por favor. ¿Qué le trae por aquí?
El barrio de Salamanca era el barrio por excelencia de los políticos. El domicilio de Gil-Robles estaba en Velázquez 34, unos números más arriba y en la acera opuesta al de Melquíades Álvarez. Más cerca a la puerta de Alcalá que la vivienda de Calvo Sotelo, su portal lo custodiaba una escolta oficial, y hasta allí se acercó hoy otro vecino, Ramón Serrano Suñer. A media mañana subió en ascensor hasta el piso de don José María donde, tras entregar su sombrero a la criada, fue llevado hasta el despacho del líder de la CEDA. En los últimos tiempos Suñer, por su cercanía a Franco, el general más cotizado, mantenía numerosos contactos conspirativos.
—Es lo que tiene querer ayudar a la familia —murmuró, esbozando una sonrisa. Sus rasgos eran finos, aristocráticos.
Un melancólico Gil-Robles lo miró, sentado a la mesa del despacho. Lo rodeaban libros jurídicos, todos muy trillados. Allí parecía apacible y razonable, no el fanático Torquemada que describían sus adversarios. Su elocuencia parlamentaria radicaba en la pasión por la causa que lo poseía y que se manifestaba en esa forma imponente de elevarse hasta el clímax, alzando la voz y acelerando el tempo. Entonces daba miedo. Pero en su casa parecía otro hombre, tranquilo, hasta blando.
Mientras su jefe de partido leía la misiva, Suñer guardó silencio.
—¿Me estás diciendo —se extrañó Gil-Robles— que Franco quiere presentarse por Cuenca?
—Mi cuñado se siente cada vez más preocupado. Está buscando caminos para volver a situarse en el centro de la escena política. Por eso piensa, y yo estoy de acuerdo con él, que sería una buena oportunidad, visto además la naturaleza de la lista que se presenta…
Al decretarse la repetición de elecciones en Cuenca, el Frente Popular había decidido presentar una candidatura exclusivamente marxista. Como respuesta, las derechas preparaban una candidatura «de batalla», se decía. Junto con la CEDA iban a figurar en una lista conjunta personalidades importantes como José Antonio o Goicoechea. Los dos habían perdido el acta de diputado. En el caso de José Antonio, además, salir elegido le permitiría salir de la cárcel.
—Como se sabe vigilado por el Gobierno, he quedado en volar hasta Tenerife para comunicarle en persona los resultados de mi gestión. ¿Qué le pasa, don José María? No parece contento.
—Sí, sí, sí. Me parece una idea excelente —dijo Gil-Robles, poniéndose en pie—. Viaje usted a Tenerife tranquilo, don Ramón. Dígale a su cuñado que figurará en las listas.
Suñer se levantó, satisfecho, y Gil-Robles lo acompañó hasta la puerta. Pero cuando el visitante se fue, quedó dubitativo. Se daba cuenta de que la idea del general Franco no iba a ser tan fácil de llevar a cabo como podía pensarse en un primer momento…
Tenía que comunicárselo de entrada a José Antonio Primo de Rivera, pensó.


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