Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 24 de octubre de 1936: El bofetón a Miguel Hernández
El palacio de Zabálburu o de Heredia-Spínola, en la calle marqués del Duero, pegado a Cibeles, era coetáneo de los palacios del marqués de Linares o del conde de la Fuente Nueva de Arenzana. Todos quedaban en las primeras manzanas entre Recoletos y Serrano. Este fue proyectado por José Segundo de Lema, según la estética del racionalismo neogótico puesto de moda por Viollet-le-Duc a finales del XIX. Tenía aires medievalescos en puertas, ventanas, rejerías y marquesinas, patio de carruajes y un balcón gótico que presidía el chaflán que da a la que es hoy la calle Pedro Muñoz Seca, la vista más reconocible del edificio.
Esa noche, en el palacio requisado se organizó una fiesta de disfraces para mujeres antifascistas. María Teresa León, ejerciendo de anfitriona, iba de un grupo a otro con un delicado antifaz en la mano. También Rafael Alberti, que desde que se destruyó su ático en el barrio de Argüelles, vivía con ella allí. La pareja gestionaba todo lo que tenía que ver con la Alianza de Intelectuales Antifascistas, en coordinación con Bergamín, su presidente.
La publicación de El Mono Azul era su principal actividad. Pero la estética obrera y beligerante de la revista tenía poco que ver con una fiesta donde todos aquellos señoritos en mono y alpargatas se disfrazaban de aristócratas (varios de caballero de la Orden de Calatrava) y donde corría uno de los excelentes Riojas subidos de la bodega del palacio en copas que sujetaban alegremente, provocando la indignación de nuestro miliciano uniformado, recién llegado del frente.
Miguel Hernández era ya famoso. Era el poeta cabrero, hombre del pueblo, todo un símbolo. Los periódicos lo retrataban leyendo poesías en el frente. Su rostro, cetrino y parecido al de los restantes milicianos —nada que ver con la rubia melena cosmopolita de Alberti—, empezaba a ser tan celebre como sus versos.
Viéndolo enmurriado, el encapado León Felipe, disfrazado de duque Nicolás, llegó con dos copas de vino, le ofreció una, se sentó a su lado. Miguel aceptó sin despejar el ceño fruncido ni despegar la vista de María Teresa León. La compañera de Alberti estaba en medio de un grupo de mujeres disfrazadas que se reían juntas.
—Dime una cosa, Miguel —dijo León Felipe—. ¿Es verdad que vienes del frente? ¿Qué has estado haciendo allí?
—Cavar trincheras…
El narigudo Bergamín, vestido de mono, igual que Alberti, entró en la sala. Al ver a Miguel Hernández se acercó a saludarlo, pero Miguel se puso en pie sin cogerle la mano.
—¿Adónde vas, Miguel?
Miguel se dirigió al encerado que presidía la sala. Agarrando una tiza escribió algo que logró que se hiciera un silencio sepulcral. Alberti miró a Bergamín y a León Felipe, que se encogió de hombros.
En cambio María Teresa León, abandonando el grupo de mujeres, se acercó al poeta miliciano y le cruzó la cara con un tremendo bofetón. Lo que había propiciado su enfado era lo que se podía leer en mayúsculas en la pizarra: “AQUÍ HAY MUCHA PUTA Y MUCHO HIJO DE PUTA”.


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