Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 24 de julio de 1936: Discurso radiofónico de Queipo de Llano
La radio escupía malamente una voz de barítono exaltada, de acento vallisoletano:
La radio era un aparato de los que proliferaban en los años treinta. El primero de la serie fue fabricado en Filadelfia por Edward Cambs. El de mis abuelos era un Atwater Kent bastante similar a los modelos originarios. Ese día todos escuchaban en silencio la voz ampulosa de quien empezaba a ser conocido como el virrey de Sevilla.
—Soldados rojos que todavía creéis en vuestros jefes masones y marxistas, ¡dejad las armas!, ¡pasaos a nuestras filas! El caudillo redime y perdona. Solo así lograréis alegría en vuestras familias y paz en el hogar…
Luis y Pepe Mañas estaban en la cocina, en la planta baja de la vivienda. Habían cerrado el almacén de ultramarinos. Desde el Alzamiento, la calle quedaba vacía al anochecer, salvo por una patrulla miliciana. Había un silencio inusual en General Ricardos, solo interrumpido por tiroteos esporádicos, el motor de una camioneta, el ruido de un coche lleno de milicianos.
—Esto es una porquería, hijo. ¿Dónde están las mujeres?
—Arriba, rezando.
La planta de arriba la atravesaba un pasillo en forma de ele al que daban los dormitorios y un cuarto convertido en capilla para Mariana y sus primas, con estampillas religiosas enmarcadas y una imagen de la Virgen del Carmen sobre la mesita. El suelo era de baldosas rojas enceradas. El juego favorito de Pepe, de crío, fue tomar carrerilla y deslizarse sobre un trapo patinando por el pasillo. Eso y dejarse caer por la barandilla de la escalera que bajaba a la trastienda.
—Diles que bajen a cenar.
Con el buen tiempo, la familia Mañas comía y cenaba con las ventanas abiertas de par en par. Pero últimamente tenían la costumbre de recluirse, con las contraventanas cerradas. En la cocina, junto al fogón de carbón, había una gran mesa de madera de roble con seis sillas. La radio reinaba sobre una mesita lateral. Los platos y vasos vacíos seguían posados en la mesa. Luis Mañas se levantó y apagó el aparato de radio.
—Otra ciudad ocupada por los militares. Esto no va a ser tan fácil como dice el Gobierno—masculló.


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