Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
31 de julio de 1936: El recuerdo de una chica de catorce años
Celia San Pedro, mi abuela materna, era muy mayor cuando empecé a interesarme por su experiencia de la guerra. Vivía en León, en una casa grande y fría de la calle Condesa de Sagasta, no lejos de la plaza de San Marcos. Para entonces hacía bastante tiempo que enviudó de mi abuelo, Julio Hernández.
Hacia el final de su vida, Celia empezó a perder la cabeza. Mis padres hacían viajes para visitarla; yo los acompañaba cuando podía. La mayor parte del tiempo no nos reconocía. Aquello fue a peor. No hacía más que preguntar por su casa en Sama. Se angustiaba por su madre, sola, sorda, perdida en alguna parte, y por su padre, que no volvía nunca a casa.
En un principio procuramos reconducirla a la realidad. Pero cuando le explicamos que sus padres estaban los dos muertos, el disgusto fue tan tremendo que decidimos seguirle la corriente. Todos sabíamos que mi bisabuelo se tiró los tres años de guerra desaparecido: abandonó a sus dos hijas y a la madre, sorda, en Sama.
Como mucha gente de su generación, Celia hablaba poco de la guerra. En cambio, recordaba a menudo el traumatismo que supuso en el 34 ver cómo arrastraban a los guardias civiles de los pies por la calle donde los mineros los iban acuchillando con saña, mientras alguno de los trabajadores aconsejaba:
—Despacito, que le duela.
Celia tenía entonces catorce años. Ochenta años después todavía afloraban las brutales imágenes en su soliloquio. Los guardias civiles habían resistido con sus familias en la casa-cuartel de la avenida del Primero de Mayo treinta horas, entre el estallido de la dinamita y el tiroteo incesante de los mineros. Esperaban la llegada de refuerzos de Oviedo que nunca aparecieron. De ochenta hombres sobrevivió uno, se dijo que escondido entre las ramas de un árbol
Celia guardaba recuerdos de pasos apresurados nocturnos resonando en aceras mojadas por la niebla, de manos llamando a las puertas pidiendo refugio inútilmente, o esa visión fugaz, al pasar por delante de algún callejón, de un vecino arrastrando un cadáver por las piernas.
Aquel episodio en su memoria senil se solapaba con memorias del 36, cuando se expandía sobre el hambre pasado por las hermanas y la madre, solas las tres, en Sama. Escuchando sus anécdotas, uno percibía, bajo la aparente cotidianidad, el miedo soterrado al vecino, el vacío de las ausencias inesperadas, las delaciones y represalias, la humillación del rapado a las mujeres por pecados que se comentaban en voz baja, la escasez de todo y el hambre omnipresente.
A su padre, un facultativo de minas que trabajó un tiempo como capataz de la mina de Duro Felguera en Llumeres, la sublevación le cogió en casa de unos familiares en Oviedo. El recuerdo de la revolución del 34 y el temor a represalias de los mineros le decidió a buscar refugio en la zona nacional, dejando atrás, prácticamente sin recursos, a una mujer y a dos hijas adolescentes.
El 31 de julio fue la última vez que mi abuela Celia y él se vieron.


Muy interesante y muy … Triste , lo peor , que no parece que algunos no han aprendido. Una penica !