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5 poemas de Alicia Aza

Que Alicia Aza Campos es una de las poetas esenciales de su generación es algo que cualquier lector avisado ya conoce si ha leído Arquitectura del silencio o cualquiera de las obras principales de la madrileña. Ahora, con Al final del paisaje, nos encontramos ante la indagación de los límites de la identidad desde ese tono reflexivo, profundo y sosegado tan propio de la autora y que nos invita a profundizar en la trascendencia de la memoria como eje vertebrador del yo desde un claro posicionamiento humanista. Estamos ante un poemario que es como una pintura cargada de matices y que va a sorprender a los lectores habituales de Alicia Aza porque, con una musicalidad distinta pero sin perder los rasgos poemáticos que la caracterizan se ha arriesgado y ha sabido construir una nueva obra en la que se imbrican el verso más exquisito con seis textos en prosa poética hondamente reveladores de la realidad que habitamos y de la condición humana en estos tiempos de penumbra donde todo se percibe desde una desolada soledad.

(Remedios Sánchez)

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LINDES

Retirarme de tus lindes

tornadas extensas salinas con el tiempo

y concurridas de anodinos estanques

donde tu mirada reposa turbia y sin descanso.

Escapar a la caligrafía de los  surcos

cavados en su interior por el alba

y dejar que el rastro del deshielo

marque la línea del horizonte,

si es que fuera posible divisarla

entre el liquen crecido en mis pupilas.

 

Fue la niebla en mi cuerpo pantanoso,

lirio en el camino erosionado

y ahora viene el viento a despertar la espiga

en la mujer dormida al calor de la leche amarga.

 

Es el campo cercado el que nos muta

y transforma nuestro instinto callejero

en tierra mojada del verano luminoso.

ROSAS II

Separé la rosa de mis pechos

para no llamar a la muerte

mientras me perdía

en lo desconocido de ti

y supe que era del todo mío.

ESTANQUE

Me quedé al raso sola en el asfalto

una fuente de nombres vaciaron

el agua que regaba amaneceres.

No vendrá más la luz en primavera,

ni mi nombre será quien nos abrace

en la oscuridad dueña de los sueños.

Como yegua que para rehusando el salto,

la esperanza detiene su andadura

y solo es ya un reflejo en el estanque

en cuya orilla oíamos campanas.

IV

No sé en qué lugar nos perdimos ni quien llegó antes al abismo. Los cuerpos y su desnudez avanzan por un paisaje de cristal. Los órganos no encuentran anatomía en la que asentarse y el amor se quedó encerrado en el olvido de una fortaleza.

Quizá nos extraviamos en la espiral del tiempo que guarda la memoria. La memoria es un pájaro. Nunca he comido un pájaro. Si lo comiera masticaría trozos de memoria, los dientes cortarían recuerdos y la lengua degustaría imágenes. Somos lo que la memoria nos permite, solo eso. Nunca he cogido un pájaro en mi mano. No soy dueña de mi memoria. Los pájaros encerrados me dan miedo. Se golpean contra las paredes y evocan la locura.  El amor se quedó encerrado. Recuerdo entonces a Breton. El olvido no es posible en su palabra. La escritura salva la memoria. Leer regenera. Con las palabras cada uno construye su amor y su locura. El miedo es la memoria y el amor encerrados. El miedo se escapa de las palabras. Es un escalofrío de los órganos del cuerpo. Transgrede el paisaje de cristal y en su transparencia no caben los secretos.

La memoria es confusa. Ella nos construye. Me confundo en mi lengua. Soy la lengua que besa, la lengua hecha memoria que ama. Lengua que lee la palabra que me hace libre. Soy lengua en la oscuridad que no revela el secreto. En la oscuridad no hay transparencias. O quizá sí. Entonces aparecen las sombras y tras ellas el juego de pensar.  El ajedrez es el juego del caballo, la reina y el rey en sus torres. Son figuras pensantes en la fortaleza. Esa donde olvidamos el amor desbocado. La fortaleza es la tabla de negras y blancas por donde avanzan los caballos. Construir una figura, un contorno a través de la luz que decide a quién derrotar en la sombra. Elegir es dibujar un movimiento y asentarlo. Elegir es tener fortaleza.

Soy la mano abierta. En mi palma, el dibujo de las patas de un pájaro. Paso la lengua por la palma de mi mano. Allí está la línea de la vida en las patas del pájaro. La lengua la  borra. Si me trago la lengua, me trago la memoria y aparece la palabra muerte. Para el vivo la muerte es solo una palabra que encierra expectativa y adolece de plazo. La muerte es la ausencia de memoria en la palma de la mano.

Los pájaros esta vez han muerto. La lengua no puede lamer sus patas dibujadas en la palma de mi mano. No vienen a posarse en los cables de alta tensión que me rodean.

El erotismo es tensión. Como lo es el dibujo realizado por los  pájaros que bajan a beber donde yo me baño. Los cables son un pentagrama que construyo en el cielo. Yo soy un cuerpo desnudo en el agua que espera bajo del pentagrama. La espera es pura sensualidad. Los pájaros eran las notas musicales. El erotismo de las negras y blancas. Como en la tabla del ajedrez hecha fortaleza donde olvidamos el amor y en ella se hundió la memoria de lo que una vez fuimos y ya no recordamos.

Soy un cuerpo desnudo en el agua transparente que no recuerda y espera.

LIRIOS

Y pasaron los días, y me invadió la sombra,

traspasando la línea incandescente

donde oculto el tesoro de tu mirada.

Me dejé ir, rozando las orillas

del río desbordado de sentidos,

y las piedras de musgo

donde una vez viste mis ojos

rodando sin memoria hacia tu siembra.

Me perdí de mis tierras verdes,

de los bosques que me celebran,

de la humedad del rocío en las mañanas

y del rumor del laurel junto a las olas.

Recuerdo ahora la luz

reflejos en mi cuerpo de las vides

en un atardecer sobre las peñas

y yo una celosía

ardiendo entre los lirios

sobre los que tú te vencías.

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Autor: Alicia Aza. Título: Al final del paisaje. Editorial: Valparaíso. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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