Condeno la noche y sus perros de caza es una declaración de principios contra la abulia, la desesperanza y la mediocridad que abruman los sueños y los deseos del hombre común. El ambiente laboral, la burocracia, el sistema son asimilados aquí como una jaula en la que las ilusiones languidecen y mueren. Ronny Ramírez construye aquí una épica de la oficina, que recuerda a los «Poemas de la oficina», de Mario Benedetti, en la que la voz poética va «agrisándose», opacándose, en medio de la rutina que impone la sobrevivencia material.
Zenda comparte cinco poemas de Condeno la noche y sus perros de caza, un libro de Ronny Ramírez (Colección Carta de Ruta).
***
DIENTES DE LEÓN
El que no quiera trabajar, que tampoco coma.
2 TESALONICENSES 3:10
Me suplican que cuide mi empleo porque la calle está dura.
Me lo dicen con lágrimas que aprietan como cálculos en un riñón.
Estoy entre los que suplican
porque he estirado mi sueldo
hasta que me tiemblan las rodillas
y conozco el terror de amanecer como un parásito.
Recuerdo los días en que solo tragaba
y lloraba por despecho,
mientras mi madre seguía callando
y repartiendo víveres
con una sonrisa que parecía
una delgada e infinita lonja de queso.
Recuerdo las horas muertas
que flotaban en la computadora
y se extendían a mi cuarto oscuro;
los fantasmas inútiles que me perseguían y condenaban
por consagrarme a Judas el cobarde,
Judas el sucio.
Nunca revisé las facturas que carcomían el viejo gavetero
ni reparé en lo que tuvo que sentir mi madre
cuando no pudo sacar algo de la nevera.
Era el hijo que engordaba y rehuía de la luna furiosa,
la cruz que levantaban con pena
y resentimiento.
Ahora sirvo mis mejores horas en bandeja de oro,
dócil y simple como tenaz obrero de factoría,
recto y servil como elemento diligente y cuadrado.
Me dicen que trabajar es una bendición
porque la vida es un animal de pellejo duro.
Me lo dicen como si me dieran el cuchillo
para arrancarle la piel;
pero solo sostengo el alfiler que necesito para dormir
y repetir cuánto agradezco el derecho de poder comer,
aunque no pueda dejar de maldecir el hastío
de tener que tragarme, también,
cada uno de mis sueños.
***
SUEÑO CON UNA CASA
Quiero una casa donde pueda tender la luna
como un calcetín de Navidad,
pero las monedas bailan en mi alcancía
hasta volverse polvo.
Termino el día vegetando en mi escritorio,
quemando facturas que saltan
de gavetas y ventanas
y encadenando deudas que se arrastran como cascabeles.
Quiero una casa donde echar raíces
y celebrar el paso de los años,
un espacio modesto donde atesorar
los cometas felices;
un lugar sagrado donde crecer, además,
entre olas y peñascos.
Pero no basta sumar más horas
sobre mis hombros o dormir con la corbata.
Espero que el banco me sonría otra vez
y me suelte su jauría de ratas
para quedar absorto en otra tasa de ensueño,
apostar la mitad de mi vida
en una hoja bien planchada,
aun cuando apenas sobreviva
bajo el péndulo que me acorrala
y me zanja los bolsillos.
Debo tirar los dados hasta que mi sueño estalle
como una botella en el refrigerador.
Debo firmar un pacto de muerte y sonreír
porque una casa por fin estará a mi nombre.
***
LAS SOMBRAS DEL PARQUE SOLITARIO
En otras circunstancias, el parque me acogería
y los árboles podrían ser mis amigos.
Pero el parque no me reconoce
y los grandes árboles
se tornan inmensos y sombríos.
Alguien pasa corriendo al otro lado de la cancha
y solo cae una hoja de un laurel cercano.
Ando raudo por el camino que oscurece
y temo a las ramas que crepitan de repente
a la sombra de mis pasos.
Está lloviendo, y el parque solitario
tiene rumor de mística y muerte.
Aquí quedó varada
la risa de un niño que nunca volvió a casa
y cuyo último recuerdo solo se mueve en el columpio vacío.
Aquí trotaron mujeres que pensaban
en qué harían esa noche o al día siguiente
o en un par de años,
sin sospechar que iban a correr la misma suerte
de un pequeño barco en el ojo de un huracán:
nadie las volvería a ver
después de torcer por un túnel
de recodos frondosos y blancos.
Aquí también yació un hombre sin pasado
que terminó girando en la deriva de su propia sangre.
Solo venía a dispersar la mente
y relajarse con el juego de luces y sombras
en los tejados verdes y centenarios;
tal vez recostado en la hierba
e intentando fijar la mirada
en el polvillo que queda suspendido entre las ramas.
Pero una bala, una sola,
que llevaba mucho tiempo buscándolo,
pudo encontrarlo y darle un fin que nadie esperaba.
La verdad es que hubo un tiempo
donde se confiaba en la soledad del paisaje,
donde había algo de eucaristía
en los atardeceres lánguidos.
Ahora nadie puede, por ejemplo,
hacer el amor al cielo raso
sin que algún alma en pena y en desdicha
y ridícula y triste
siga el legado de un tal asesino del zodiaco
y manche las flores silvestres
con la sangre de los jóvenes enamorados.
Ahora las fiestas deben estar cronometradas
porque cerca de las luces alegres
merodean depredadores nocturnos.
Las familias deberían poder celebrar
un cumpleaños hasta el amanecer
y los niños deberían poder jugar y crecer sin ser vigilados.
Pero el caso es que me duele
tener que caminar apresurado
y no poder recoger la gotita de lluvia
que me habrán guardado los framboyanes,
porque alguien —y no un Pennywise—
debe estar acechando desde los desagües
y debe estar recolectando huesos, cabello
y dientes de gente perdida.
Quisiera estar tendido en una red
llena de rocío,
atrapado en una telaraña de ficciones,
y no sentir este alivio inmenso
de llegar finalmente a la carretera
de vehículos indiferentes y veloces;
pero la verdad es que existen personas
con intenciones más oscuras
que la noche que se avecina.
***
LA BELLA DURMIENTE
A una niña que se acurrucaba y dormía a un lado de la acera
El sol asomaba, lento y rasante,
entre las infinitas sábanas
y la niña se plegaba
al seno de una nube
como Venus recién nacida
en un lecho de blancas rompientes.
Yo iba apresurado,
impelido por el viento largo y frío,
cuando me volví sobre la pequeña diosa,
tendida y regocijada en su sueño.
Soñaba, quizás, sin advertir
a los íncubos y roedores que se escabullían
en su sombra,
sin sospechar del sátiro que resoplaba
y seguía su rastro.
Apenas pude entrever
cuán apacible se hallaba entre sus velos,
cobijada, la princesa,
por edredones de islas mágicas y remotas.
Las pisadas raudas y errantes
que cruzaban de cerca
debían tener pluma de ángel,
el humo que ascendía y rondaba
el ámbito del cielo
debía tener el aroma de un buen desayuno,
porque la niña se acurrucaba y sonreía
como si aguardara un regalo.
Pero no era un príncipe quien se acercaba,
sino un animal hambriento.
En pleno bullicio de la calle,
el mundo que se sacudía y despertaba
no tenía el hechizo de las viejas historias
ni del pájaro trovador.
Había furiosos carros
que no eran tirados por corceles de sedosa crin,
multitudes que carecían de brillo
para hacer de valerosos personajes,
edificios altos y lóbregos
que nada tenían que ver
con palacios o castillos.
Parecería que de aquellos cuentos dorados
solo sobrevivieron los monstruos
que jadean y se arrastran a la superficie
en busca de criaturas pequeñas y perdidas.
Yo seguía viendo a la bella durmiente
desde un autobús que estaba por partir,
y su figura me pareció de repente
la de un polluelo que se llena de hormigas.
Era un gran lienzo echado a perder,
un cuadro trágico y hermoso sin firmar,
y yo me llevaba su recuerdo
como la hoja de un árbol
que se tragaría el concreto.
Seguía amaneciendo en torno
a la pequeña diosa que se tendía sobre el abismo,
y el destello de su poder se desvanecía
como el murmullo del mar por la carretera.
La princesa que se aferraba
a su canción de cuna
como a un barquito de papel.
La niña que reía y soñaba con sábanas limpias
hasta llegara el camión de la basura.
***
ELEGÍA POR EL CAPITÁN QUE SOÑABA
Del proceloso viaje el barco arriba, victorioso, con su trofeo.
¡Exultad, oh, costas! ¡Repicad, oh, campanas!
Pero yo, con paso fúnebre,
camino por la cubierta donde yace mi capitán,
frío y muerto.WALT WHITMAN
¿Cómo puede amanecer
si ya no me guía el ángel y sus cuentas de oro?
¿Cómo volver a la carrera del día
si no bastan las lágrimas, no basta la flor?
¿Cómo decir mañana o paraíso frente al mar
si no quedan más que cruces bajo el cielo?
Yo, que no me atrevo a tocar
tu epitafio sangriento,
condeno la noche y sus perros de caza.
Yo, que aprieto el lirio inútil,
arranco las raíces de sueño que te rodean
y levanto una línea de fuego sobre la página
que te hunde entre sus sábanas blancas.
Tú, que cedías entre lunas y violines
soñabas que te aferrabas al lomo de una nube
y sonreías al océano, las auroras y sus caminos secretos.
Tú, cometa salvaje, capitán frente a la deriva
de abismos y tormentas,
tigre o isla,
¿cómo volver a tu fotografía sin preguntar
en qué estrella, en qué libro, en qué viaje
te sorprendió la sombra susurrante
y su hilo de ceniza?
¿Cómo descifrar ahora ese acertijo
entre las nubes,
que baja y ronda como rumor de hierba seca
sobre tantas historias de rocío,
abandono y herrumbre?
¿Cómo sostengo la risa, el perdón,
la cálida confidencia de tus ojos
bajo los años que se bifurcan como maleza
y caen como llovizna de nieve?
Yo, que sollozo frente al sol
y retomo el paso fúnebre,
voy dejando pétalos.
Tú, que tantas veces caíste
contra las embestidas de las olas
y te negaste a replicar con un canto de cisne,
hoy naufragas de pie y con calma
entre restos de madera que aún resplandecen
henchidos de fe.
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BIO
Ronny Ramírez (República Dominicana, 1994). Poeta, ensayista y narrador. Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Ha publicado el poemario Condeno la noche y sus perros de caza (Luna Insomne Editores, 2024); una selección de poemas titulada Parque solitario (Proyecto Editorial La Chifurnia, El Salvador, 2025). Escribe una columna cultural en el periódico dominicano Acento. Textos suyos aparecen en distintos medios nacionales e internacionales. En 2023, fue seleccionado por la UNESCO para participar en cursos de literatura y edición en La Habana, Cuba. Participa de forma recurrente en actividades literarias en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo (FILSD), el Centro Cultural de España Santo Domingo (CCESD) y el Centro Cultural Banreservas. Ha obtenido premios y menciones en certámenes como el Premio de Cuento Joven Pedro Peix 2020, el Premio de Ensayo Joven Max Henríquez Ureña 2021 (Feria Internacional del Libro Santo Domingo); el Concurso Internacional de Cuento 2021 (Casa de Teatro); y el I Concurso de Reseñas de Latin American Literature Today (LALT) 2023.



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