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5 poemas de Fruta hendida, de Edda Armas

5 poemas de Fruta hendida, de Edda Armas

Kalathos ediciones incorpora un título a su catálogo. Fruta hendida, el nuevo poemario de la venezolana Edda Armas, se suma a lista de novedades en España. El libro reúne 43 poemas —escritos entre 2014 y 2018— en los que la memoria y las heridas se conjugan en un viaje interior que también retrata el paisaje espinoso que rodea al sujeto lírico.

Zenda ofrece a sus lectores 5 de estos poemas de Edda Armas. 

Cinco poemas de Fruta hendida, de Edda Armas

AFRUTADOS

Veo las frutas en la cima
siendo recompensa en días áridos
de indivisas despedidas
y sueños a la mitad.

Reseca la boca
tientan con lujuriante aroma
alcanzada en tu refugio
donde ya ni a salvo estás,
embestida de apetitos y renuncias.

Elige una, aunque áspera te sea.

La más distante o la más esférica,
y álzala con su azul erotizado por la nostalgia
en el invisible ritual
de invertir el infortunio.

CELAJE NARANJA

Pertenezco a la tribu de los que escuchan
en el celaje naranja las llaves del misterio,
resonancias entre el objeto y la palabra
con el lazo simple de lo que espuma
en los espacios blancos de la página.
Algo vuela y cae en tierra, auscultadas
las mínimas sonoridades entre las grietas.
Reconocerse es trabajo silencioso en soledad.
El celaje atraviesa la concavidad del cielo
abanicando salvajes naranjas y turquesas
arenas oro en la rugosidad del césped,
donde meditas y alzas la mirada bien arriba,
mientras rebuscas en los fondos de memoria
rastros de rostros
puntas de lo poco quieto
los focos percutantes del deseo
la voz del padre
a la hora del grillo.

ENLUTADOS

Hablas en voz alta con los otros (…)
Y en la noche se te permite resistir. Resistir.

Harry Almela

Sin aire transitas el asco, las noches ansiosas, tés
en el triste roce a oscuras, cuando el alma espera
soñar el riesgo entre los quicios del decir o el callar,
mientras afuera llueve y el agua pasa y las naves
parten lentas como cuerpos de silenciosos adioses.
Pero te propones trazar con el compás los puntos
y las comas al dolor; sellos de las cartas que jamás
llegarán a las manos de su destinatario, tornándose
humo de fogatas; y es en esos grises que memoria
haces de formas que te enlazan en el árbol familiar.
Silbas los nombres de los ya ausentes y canela
masticas en aquello que te da pertenencia y
los aromas te arropan al hondo deseo de hendir
el cuerpo del árbol en flores y frutas.
La daga adentra rasgando su lugar en el solitario.
Extiende límites al umbral del dolor. Son surcos
convulsos: el goce, lo que está en ascuas, el chis
del quiebre, el pequeño soplo: fuelles del eco que
zarandean la barcaza que, enlutados, nos carga.

ELEGIR CONFRONTA

En tus labios se forman palabras desconocidas
y lo invisible gira en torno a ti suavemente.

Antonio Gamoneda

Tal vez toque elegir entre el viso de los labios
al hablar o el silencio que los sella,
para que los malos entendidos cesen.
Los desencuentros son armas fatales.
Peor que tragar la raíz de la mandrágora
es la opacidad del alma que no se comunica.
Carnero blanco al comparecer en el juicio
de nuestras angustias,
confrontados sin la certeza de la oreja que escucha.
Irremediable atasco de crueles preguntas,
que la desconfianza y la incertidumbre
arrastran, instalan, perpetúan.
Elegir confronta,
y sé, que de estar aquí, fueses tú, estrategia.
Quién las extendería sin rabia con soluciones,
apaciguándolas, en el blanco estar.

AL PARTIR, EL BESO

Abate el no desprendimiento en la última hoja
que del árbol cae.
No intuyes nunca las vueltas que darás.
Tal vez nos volvamos a ver, le dices al que parte.

Tal vez el adiós no nos separe jamás.
Y prefiero pensarlo así, labrando otros puntos
de encuentro.
Sujetarse al vacío que deja
armar la próxima estación.

Mirar desde ese lugar el gesto del niño
que te sonríe en la cola del supermercado
cuando su pequeña mano agita un adiós.

Vuelves a las vueltas. La fila te apila.
Te miras en ese espejo.
Acumulas lo que dejarías ir.
Se muere el verano cuando te vas
-oyes en la voz de Sabina-
y se repite la misma canción,
y te alistas para el cambio de paisaje
asumiendo la sordera necesaria.

Entonces el espejo recompone la mirada.
Agudiza el encuadre vertical sí abres
el oído medio, foco alternativo.

Las cejas son nubes de tu meditación.

Los pájaros en estación vuelven a lo apetecible,
en la distante estancia del extrañar.
Partir es hora marcada en la vida.
Coreas el mantra, y vistes el día de arcano mayor.

Nunca sabes la última vez
de cualquier cosa,
ni el beso al partir,
aún menos del resonar de tu propia sombra
en la misma calle de tus andanzas
a las que íngrimo volverás a
ferrado a tus libros de cabecera.

a quienes parten

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Autor: Edda Armas. Título: Fruta hendida. Editorial: Kalathos. Venta: Casa del Libro

Foto de portadas: cortesía de Ricardo Armas

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