Inicio > Historia > 1936 día a día > 6 de noviembre de 1936: Un gobierno que huye

6 de noviembre de 1936: Un gobierno que huye

6 de noviembre de 1936: Un gobierno que huye

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Viernes, 6 de noviembre de 1936: Un gobierno que huye

El convoy gubernamental fue detenido en plena noche por uno de los ciento treinta controles de carretera, a la altura de Tarancón. La columna la mandaba el anarquista Francisco Del Rosal. Eran faístas. Tenían orden de detener a cualquiera que huyera y, pese a las protestas del ministro Álvarez del Vayo, los obligaron a bajar para conducirlos a punta de pistola hasta una habitación de la casa más cercana. Allí permanecieron retenidos.

Solo Indalecio Prieto y Pedro Rico, hasta hace nada alcalde de Madrid, tomaron una silla. La corpulencia de Prieto parecía poca comparada con los ciento treinta kilos de Pedro Rico, el alcalde más gordo de toda la historia de España.

—Ustedes serán ministros, pero su obligación, como dirigentes, es permanecer al lado del pueblo. Al huir desmoralizan a los combatientes.

Eso dijo el jefe anarquista. Y ni las protestas de los ministros comunistas, ni las del cenetista Juan López Sánchez, sirvieron de nada. El miliciano, que les trajo cantimploras con agua, los miró.

—Así se las gastan los peces gordos de Madrid, ¿eh?

"El Gobierno de Largo Caballero, con la CNT integrada en él, se había reunido por la mañana en palacio para discutir la evacuación. Las fuerzas de Varela estaban a las puertas de Madrid"

Su tono molestó a los gobernantes. Trajeados y serios, permanecieron en pie, enfundados en sus abrigos, tosiendo alguno, en espera de que reapareciera Del Rosal. Por la ventana rota de la habitación desangelada entró el frío de la noche. Allí estaban, además de Pedro Rico y Prieto, Largo Caballero, Federica Montseny y García Oliver. Oliver era el más molesto. Refunfuñaba que los anarquistas nunca debieron abandonar Madrid, que él y los tres ministros cenetistas pensaban volver a la capital…

El miliciano se sentó en una silla junto a la puerta. Posó su fusil sobre las rodillas. Se encendió un pitillo. Los miró con sorna. A los confederales les sentaba como una patada en el estómago enterarse de que los miembros del Gobierno abandonaban Madrid. Alguno propuso ejecutarlos en el acto. Se discutió el asunto. Al final su jefe optó por retenerlos mientras consultaba por teléfono con alguna autoridad de la CNT.

Eso ofendió mucho a la Montseny.

—¿A quién vas a encontrar con más autoridad que yo?

Pero el hombre quería hablar con Cipriano Mera. En espera de que lo localizasen, los ministros, muy serios, discutieron en voz baja. Ninguno se sentía orgulloso.

Hoy era una jornada dramática. El Gobierno de Largo Caballero, con la CNT integrada en él, se había reunido por la mañana en palacio para discutir la evacuación. Las fuerzas de Varela estaban a las puertas de Madrid, que debía ser defendida por las mismas milicias desmoralizadas que se retiraban de los frentes.

Había riesgo de encontrarse en cuestión de horas en manos de Franco, y en el Consejo de Ministros se opusieron a la evacuación los ministros de la CNT. Ellos se resistían a estrenar cartera aprobando la retirada, e hicieron constar su oposición. Pero Prieto dijo que la decisión debía de tomarse por unanimidad, sin héroes ni villanos.

"Largo Caballero creía que un Gobierno que representase a las fuerzas antifascistas y contase con material ruso bastaba para ganar la guerra. Por desgracia, la unión de partidos era imposible"

—Nunca debimos abandonar Madrid. Nos hemos precipitado —masculló García Oliver.

—Al contrario —dijo Largo Caballero, cogiendo otra silla. Tenía setenta años—. De haber evacuado hace un mes, no estaríamos en estas.

Hasta hacía nada él mismo creía que un Gobierno encabezado por él, que representase a las fuerzas antifascistas y contase con material ruso, bastaba para ganar la guerra. Por desgracia, la unión de partidos era imposible. Y los tanques soviéticos, como se vio en Seseña, sin el acompañamiento de tropas entrenadas resultaban inútiles: se habían perdido demasiados. El armamento per se no gana batallas. Días atrás Largo Caballero había sugerido a Prieto unificar la cartera de Guerra bajo su mando. Pero Prieto, comprendiendo que pretendía endosarle la responsabilidad de la pérdida de Madrid, lo rechazó. Los únicos que no abandonaban el barco, sino que se subían en el peor momento posible, eran los anarquistas. Eso se consideraba una jugada hábil de Caballero.

Ahí estaba el Gobierno de la República, casi al completo, retenido, mirándose unos a otros con malhumor, cuando de repente se abrió la puerta y apareció un ceñudo Cipriano Mera.

—He llegado lo antes posible. Os podéis ir.

—Pero Cipriano… —se quejó el jefe del control.

—¡He dicho que los sueltes! Una cosa es discrepar de que la CNT se integre en el Gobierno, otra ser responsables directos de que caiga la República. Son cobardes, pero no somos nosotros quienes debemos enjuiciarlos —continuó Mera. Y se volvió hacia los gobernantes—. ¡Idos! Pero no olvidéis, cuando estéis en Valencia, que la suerte de la República depende de vosotros.

Todas las entradas de 1936 día a día

Entrevista con José Ángel Mañas sobre 1936 día a día

0/5 (0 Reviews)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios