Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 6 de agosto: Mola en Burgos
Anochecía en Burgos cuando los últimos peatones que cruzaban la plaza Alonso Martínez vieron cómo, en la terraza de Capitanía General, sobre las columnas que flanqueaban dos portalones bien custodiados, una figura uniformada disfrutaba del frescor de la noche, junto a la bandera bicolor que ondeaba allí. No era la única: desde que se constituyó la Junta de Defensa Nacional las bicolores asomaban en todos los balcones. No había día que no se aclamase a los sublevados.
Desde el principio él había lanzado sobre el Alto del León, en Guadarrama, una cantidad de recursos que desbordaban sus posibilidades. Pretendía marchar cuanto antes sobre Madrid, y el acceso más fácil era ese puerto. Al no progresar se vio obligado a adoptar una actitud defensiva, y ya empezaba a pensar en planes a largo plazo.
¿Creía el general Mola que ganaría la guerra? Es difícil de decir. Pero lo que no estaba dispuesto era a pactar ni a rendirse. Eso lo había comprobado el general Cabanellas, a quien trajo a Burgos para evitar que en Zaragoza pactase el gobierno municipal con republicanos (Cabanellas, masón, era el sublevado más liberal); y sobre todo Martínez Barrio, con quien tuvo una conversación por radio la noche del Alzamiento, mientras aún estaba en Pamplona.
—General, se me ha encargado evitar los horrores de la guerra civil y cuento con que usted me ayude —dijo el político sevillano—. Necesito que la tropa a sus órdenes se mantenga dentro de la más estricta disciplina, bajo obediencia del Gobierno. España necesita tranquilidad, orden, concordia. Pasadas las horas de fiebre, el país agradecerá que le hayamos evitado un largo horror.
Martínez Barrio era muy consciente de su responsabilidad histórica. Mola habló con menos engolamiento, pero con su habitual tensión.
—Agradezco a usted mucho, señor Martínez Barrio, sus palabras. Con la misma cortesía y nobleza, voy a contestarle. No dudo de su buena fe, pero yo veo el porvenir. Con el Frente Popular vigente, con los partidos activos y las Cortes abiertas, no hay ni puede haber Gobierno capaz de restablecer la paz social.
—Yo estoy dispuesto a conseguir lo que usted cree imposible, general. Pero para ello necesito la obediencia de los cuerpos armados. ¿Cuento con su concurso?
—No, no es posible, señor Martínez Barrio. Lo siento. Es tarde, muy tarde.
Eso había murmurado Mola, con fatalismo. Y hoy tomaba aire con fuerza. Tras muchos días de insomnio, en un estado de excitación permanente, era la primera vez que tenía algo de calma. Tras el fiasco del golpe de Estado, lo cierto era que, entre la capacidad de Juan Yagüe y la osadía de Queipo de Llano en Sevilla, habían logrado sublevar una buena parte del territorio peninsular, y ahora correspondía antes que nada consolidarlo. La anhelada marcha sobre Madrid, por el momento, debía esperar.


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