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60 grados norte, de Malachy Tallack

60 grados norte, de Malachy Tallack

En 60 grados norte: Un viaje en busca de mi hogar, el escritor escocés Malachy Tallack nos cuenta su recorrido a través de los territorios de una supuesta frontera del norte que, con inicio en las Islas Shetland, roza Groenlandia, corta por la mitad Canadá, Alaska y Rusia y cruza el sur de Finlandia, Suecia y Noruega para regresar, de nuevo, a las islas del norte de Escocia.

Esta historia, contada en primera persona, explora las nociones de naturaleza y comunidad, de aislamiento y compromiso, de exilio y de memoria.

Este libro, publicado por Volcano, fue considerado por The New York Times como uno de los mejores libros de viajes de 2015. Zenda ofrece un fragmento de esta obra.

EL CAMINO A CASA

Recuerdo aquel día con el cielo plateado cargado de lluvia. Estaba empezando el invierno y acababa de cumplir diecisiete años. Había pasado la mañana en la cama, despierto y enfermo, pero a la hora de comer el aburrimiento hizo que me levantara. Me dirigí a la ventana arrastrando los pies mientras me echaba una bata sobre los hombros. La casa en la que pasé mi adolescencia daba al este, al puerto de Lerwick, la capital de las islas Shetland. Desde mi habitación del segundo piso se contemplaba nuestro jardincito, con su banco verde de pícnic y la celosía de madera adosada a un muro de piedra bajo. A lo lejos divisaba los pesqueros en el muelle y el ferry blanco y azul que iba y venía sin prisa de la isla de Bressay, al otro lado del estrecho.

El archipiélago de las Shetland está situado a sesenta grados al norte del ecuador y, según el mapamundi que había en la pared de la cocina, si miraba lo bastante lejos —más allá del mar del Norte— desde aquella ventana vería Noruega, Suecia y después el Báltico hasta llegar a Finlandia, San Petersburgo, Siberia, Alaska, Canadá y Groenlandia. Si conseguía mirar más lejos todavía, al final mis ojos me traerían de vuelta, por el Océano Atlántico, hasta donde me encontraba ahora. Mientras contemplaba el puerto, medio vestido y temblando de frío, pensaba en aquel viaje. Aunque nunca había viajado por esta latitud, me imaginaba admirando aquellos lugares desde el cielo. Sentí como si me arrastraran alrededor del paralelo suspendido de un cable. El mundo giraba y yo giraba con él, dibujando un círculo que partía de mi hogar hasta llegar de nuevo a él, aterrizando inevitablemente en la parte de atrás de mi cabeza. El vértigo ascendió dentro mí como una bocanada de burbujas que sube a la superficie. Me desmayé durante un instante cayendo de golpe de rodillas en el suelo de la habitación. Agotado, me arrastré de nuevo hasta la cama, donde me quedé dormido y soñé otra vez con mi viaje alrededor del paralelo. Aquel sueño, aquel día, nunca me abandonó.

Mi padre había muerto varios meses antes. Me dejó una mañana junto a un lago de Sussex, cerca de su casa, y me pasé las horas siguientes pescando bajo el sol de agosto. Era el típico día normal y tranquilo en el que no debería suceder nada extraordinario. Pero sucedió. Cuando la tarde fue dejando paso a la noche y comencé a preguntarme por qué él no había regresado, ya estaba muerto. Se había matado en un accidente de camino al hospital donde iba a visitar a mi abuela. Mientras esperaba allí, solo, me aferré a la esperanza todo el tiempo que pude, pero ya me había puesto en lo peor. Y aunque al final me marché en busca de alguien que pudiera decirme qué había pasado y de algún lugar donde pudiera pasar la noche, una parte de mí permaneció allí junto al lago. Una parte de mí que nunca ha dejado de esperar.

Aquella noche todos los planes que tenía se esfumaron y cuando a la semana siguiente volví a las Shetland no tenía nada a lo que aferrarme. Ya hacía años que mis padres se habían separado, y mientras que yo me quedé con mi madre y mi hermano en las islas, mi padre se fue a vivir al sur de Inglaterra, en el otro extremo de las islas británicas. Aquel verano me habían ofrecido una plaza para estudiar música en la escuela de artes escénicas del sur de Londres, así que me fui a vivir con mi padre. Había encontrado mi camino y lo seguí. Cuando murió, justo antes de que comenzara el primer trimestre, aquel camino desapareció para siempre. Mi única opción era regresar al norte y una vez allí no tenía ni idea de lo que haría. Aquel día que me quedé junto a la ventana soñando con el paralelo ya llevaba meses tirado, perdido y medio consumido por el dolor. Estaba buscando alguna certeza. Estaba buscando un camino.

A lo largo de los años, las Shetland le han sabido sacar partido a la latitud. Cuando estaba en el instituto, nuestra asociación de alumnos se llamaba «60° Norte». Después se creó un periódico sobre la industria pesquera con el mismo nombre. Y una emisora de radio destinada a los turistas. Y una revista online. Y una empresa de alquiler de contenedores de escombros. Y una cerveza que producían en Lerwick.

La omnipresencia del nombre se debe por una parte a la falta de imaginación y por otra a una especie de mentalidad de marca: vender nuestro exotismo norteño, o algo así. El paralelo 60 norte es una historia que nos contamos a nosotros mismos y a los demás. Es la historia de dónde estamos y quizás también de quiénes somos. Según lo que les cuentan a los turistas, «las Shetland se encuentran en la misma latitud que San Petersburgo, como Groenlandia y Alaska». Y especifican esto porque parece tener algún significado. Parece que significa algo más del hecho de que las Shetland estén en la misma longitud que Middlesbrough o Uagadugú. Estar en el paralelo 60 norte nos vincula a un mundo más interesante y misterioso que aquel al que suelen estar ligadas las islas. Destacar esta circunstancia significa afirmar que no son un rincón olvidado de las islas británicas, sino que las Shetland también forman parte de algo más, de algo más grande. Tiempo atrás fueron el corazón geográfico de un imperio al norte del Atlántico, totalmente inmersas en el mundo nórdico de un modo que incluso ahora sigue generando nostalgia, más de quinientos años después de que el rey de Dinamarca y Noruega entregara las islas a Escocia. A diferencia de otros espacios políticos y culturales, el paralelo 60 es algo incuestionable y constante, inmune a los caprichos de la historia. Las Shetland pertenecen al norte, a esta línea donde no se las puede relegar a ninguna esquina. En el paralelo 60, el archipiélago ocupa una posición tan central como todos los demás puntos de la línea.

¿Pero qué tienen estos otros lugares de la lista que recitamos a los turistas? ¿Qué compartimos con ellos aparte de la latitud? ¿En qué consiste exactamente este club al que nos enorgullecemos de pertenecer? Al mirar un mapa se puede afirmar que el paralelo 60 es una especie de frontera donde lo que es casi el norte y el verdadero norte se unen. En Europa pasa por el extremo más septentrional de las islas británicas y por el sur de Finlandia, Suecia y Noruega. La línea toca la costa meridional de Groenlandia y cruza por la parte central y meridional de Alaska. Corta la vasta Rusia por la mitad, al igual que Canadá, convirtiéndose en la frontera oficial entre los territorios del norte y las provincias del sur. A lo largo de todo el paralelo encontramos regiones que suponen, hasta cierto punto, un reto para sus habitantes. Tienen que enfrentarse al clima, al entorno, al aislamiento. Y aun así eligen quedarse. Se reconcilian con las islas y las montañas, la tundra y la taiga, el hielo y las tormentas, y se quedan. Las relaciones entre las personas y los lugares —la tensión y el amor, así como las formas que esta tensión y este amor pueden adoptar— son el tema central de este libro.

Pasó más de una década desde aquel día junto a la ventana en el que soñé que giraba alrededor del mundo hasta que finalmente emprendí el viaje de verdad. Había pasado la mitad de aquellos años lejos de las Shetland. Había ido a la universidad, en Escocia y Copenhague, y después había vivido y trabajado en Praga. Había encontrado nuevos caminos y los había recorrido. Y posteriormente había regresado, al final más por elección que por necesidad. Durante aquellos años pensé tan a menudo en el paralelo, imaginando la línea una y otra vez, que cuando finalmente decidí recorrerlo, casi ni me paré a preguntarme el porqué. Ahora, sin embargo, creo saber los motivos.

En primer lugar, sentía curiosidad. Quería explorar el paralelo y ver aquellos sitios a los que estaba atado mi propio hogar. Quería saber dónde me encontraba y qué significaba estar allí. Quería empaparme de todo ese conocimiento y escribir sobre ello al regresar.

En segundo lugar, sentía agitación, esa presión efervescente que me hace desear lo que está en otros lugares, lo que está lejos. Esa inquietud, un placer y una maldición que me ha acompañado casi toda la vida, me genera desasosiego cuando debería estar contento y me produce alegría cuando debería sentirme incómodo. Me lanza al mundo casi contra mi voluntad.

Y, por último, y quizá sea la razón más potente, fue la nostalgia lo que hizo que me marchara. El deseo de volver al lugar al que pertenecía. Mi relación con las Shetland siempre había sido tensa y se había visto socavada por mi propio pasado, así que en cierto modo imaginé que si me iba, siguiendo el paralelo alrededor del mundo, aquello podría cambiar. Emprender tal viaje, en el que el destino final e inevitable fuera mi casa, era un acto de lealtad. Suponía un compromiso que, por primera vez en mi vida, estaba dispuesto a adquirir.

Así que me marché a visitar uno a uno todos los países que cruzaba el paralelo 60. Viajé en dirección al oeste, con el sol y con las estaciones: a Groenlandia en primavera, América del Norte en verano, Rusia en otoño y los países nórdicos en invierno. Pero el primer paso era encontrar la línea.

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Autor: Malachy Tallack. Título: 60 grados norte. Editorial: Volcano. Venta: Amazon

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