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7 de mayo de 1936: Dos vecinos de Carabanchel

7 de mayo de 1936: Dos vecinos de Carabanchel

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Jueves, 7 de mayo de 1936: Dos vecinos de Carabanchel

Lo que no entiendo es por qué, ahora que volvéis a trabajar, el Lenin decide no regresar a la obra contigo, Ángel.

—Supongo que considera que tiene cosas mejores que hacer, Pepe. Claro que tan mejores no deben de ser si se presenta en la tienda a pedirte dinero.

—Se lo ha pedido a mi madre. Ella atendía el mostrador.

—Lo mismo da. Y haces bien en contármelo. Pero no te preocupes, Pepe, que mañana sin falta lo llevo al Comité. Trae aquí dos manzanillas, amigo.

"Mi padre es militar. Un hombre de orden, religioso. No entiende lo que está pasando y echa la culpa de todo al Frente Popular y a la República"

—No, trae una. Tengo que volver a casa a estudiar, Ángel. Solo quería comentártelo.

—Pues está hecho, no te preocupes. No volverá a ocurrir. Yo me encargo. El problema no es nuevo en la Confederación. Siempre hay alguno que le coge el gusto a la acción directa. Debí verlo venir. Esto al principio cuesta, pero luego… El Lenin se dio cuenta, cuando mató a su primer patrón y ganó la huelga, de que la violencia es efectiva. El problema es que en la Confederación no estamos ahora en esas. No se pueden tomar decisiones por cuenta propia, sin consultarlo con el sindicato. Déjame a mí, Pepe. Yo me encargo.

Aquello tranquilizó a Pepe Mañas, quien terminó su vino de un trago. Había ido a la taberna donde sabía que paraba Ángel Navarrete, y tuvieron aquella conversación desagradable. Pero todo estaba bien. Ángel había reaccionado como esperaba.

—Una curiosidad —dijo, antes de irse—. ¿Y por qué le llaman Lenin a un anarcosindicalista? ¿Por qué sonríes?

—Es por lo que digo, Pepe. Desde un principio, el Lenin era de los que se cansaba de las discusiones teóricas. Enseguida quería cerrar el tema. Decía: «Yendo al grano, ¿qué es lo que hay que hacer y a quién?». Ese gusto por el pragmatismo revolucionario hizo que a alguien se le ocurriera decir que era un Lenin, y se le quedó el mote… Tú descuida que yo hablo con él. Tranquiliza a tu madre y a tus primas, que bastante bien se portaron conmigo cuando sucedió todo. Diles que yo, como responsable de Carabanchel, garantizo que no volverá a ocurrir. Os debo una.

—No nos debes nada, Ángel. Somos amigos.

—Lo somos, pero os debo una, de todas maneras. Y a mí me gusta saldar mis deudas, Pepe. Ponme otra manzanilla aquí, chico. En fin, ¿tú qué tal vas? ¿Qué cuentas últimamente?

—Pues ando con historias en casa. Con mi padre.

—¿Ya estáis a la gresca otra vez? ¿Qué mosca le ha picado ahora?

—Ha sido el asesinato del alférez De los Reyes. Está muy afectado por lo que pasó en el entierro.

—Ese fascista. Nos detuvieron a todos en la obra por su culpa.

—Mi padre es militar, Ángel. Un hombre de orden, religioso. No entiende lo que está pasando y echa la culpa de todo al Frente Popular y a la República.

—A tu padre le pasa lo que a los militares: que cuando cuelgan el uniforme se convierten en tipos insatisfechos, reaccionarios. Al principio viven felices paseándose en uniforme, pavoneándose delante de las chicas. Después se casan. Como la paga sigue igual, el león de los salones se convierte en amargado funcionario. Y la mujer, harta de hacer economías, empieza a envidiar a todos esos tipos listos que saben hacer dinero. Por cierto, ¿no es ese que entra tu tío José, el párroco? Me parece que te viene buscando.

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