Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 7 de julio de 1936: Niceto Alcalá-Zamora
La última imagen suya en España, en la playa de Santander, fue tomada por un fotógrafo ambulante. El expresidente Alcalá-Zamora, fruncido el ceño detrás de sus lentes, luce un sombrero panamá blanco con faja negra y traje completo con chaleco. Sujeta el bastón, con que parece a punto de golpear al fotógrafo. A su lado va su mujer, elegante, delgada, de negro, con un sombrero bien calado. Se le ve el perfil delicado, bonito. Una perla en el lóbulo de la oreja. La encuentro quizá algo encorvada por la edad. De fondo, una franja de mar y, alrededor, bañistas.
Y no era el único político español aficionado a esas latitudes. Ya en 1923, cuando durante la dictadura de Primo de Rivera se pensó en Cambó para ministro de Hacienda, este estrenó su yate de nuevo rico y festejó el pelotazo de la CHADE con unas vacaciones en las costas noruegas. Por alguna razón, los países nórdicos tenían éxito entre los políticos españoles.
Pero por el momento Niceto Alcalá-Zamora y su mujer estaban en Santander, y a la espera de embarcar paseaban contemplando la blanca arena de El Sardinero. Además de espantar fotógrafos, el depuesto presidente estaría reflexionando sobre los designios de la diosa Fortuna y, tal como escribió en su diario, echaba en falta a su perro Toni, «modelo de aquellas cualidades, y ejemplo de lealtad que no he hallado en muchos hombres y aun prohombres, obligados a la gratitud».
Amargado y despechado con Azaña, don Niceto pudo constatar, en sus pocas horas en Santander, cómo se acondicionaba con todo lujo un palacete para alojar durante su reposo estival al nuevo presidente de la República. Villa Piquio era un espléndido mirador ajardinado sobre el Cantábrico, construido en su tiempo por un británico.
—Olvídate de Azaña, Niceto. Piensa que por lo menos estamos juntos. ¿No te parece que ya se respira aquí mejor?
—Al revés. Me parece que aquí hay el mismo tufillo azañista que en todas partes, esposa mía.
Con gran formalidad, el matrimonio continuó con su paseo por la playa. Se levantó un aire fresco. Pese a la amargura que se percibía en las palabras del expresidente de la República, su ánimo mejoraba. Poco a poco se olvidaba de las humillaciones públicas sufridas en Madrid. Todo aquello iba quedando atrás, y Niceto Alcalá-Zamora partía con el ánimo cada vez más limpio de agravios.
Es muy posible que la retirada por el Gobierno de la protección a su casa de Chamberí, con los disturbios crecientes en la capital a causa de las huelgas, lo hubiese animado a tomar la decisión. En todo caso, al depuesto presidente le había agradado ver cómo, el último domingo antes de abandonar la capital, a la salida de misa en la iglesia del Carmen, en Madrid, unos guardias de Asalto todavía se cuadraban ante él.
—Poco a poco lo irás olvidando, Niceto, ya verás —repitió su mujer, cogiéndole la mano.
Era de esas cariñosas milongas que se dicen cuando se desconoce el monstruo insaciable que llevan dentro los hombres de poder.


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